Totus revolutum

Melitón se hincó de hinojos en el confesionario. Tras las consabidas introducciones oficiales en el saludo, propias de la confesión, tardó más de quince minutos en expresar verbalmente todas las barbaridades por él cometidas hacia otros miembros de la sociedad. Muchas de ellas, si el interlocutor fuese otro, llevarían consigo la inmediata presencia de su persona ante un juez. No se puede decir que no se encontrase azorado al relatar los hechos, sin embargo, sabía que ese era un lugar seguro pues nada de lo allí expuesto podría ser revelado, salvo que su interlocutor fuese en contra de la ley eclesiástica.

Tras la detallada exposición, una voz procedente del interior del confesionario le ordenó apartarse del mismo para, en otro lugar de la iglesia y también de hinojos, purgar sus culpas por medio de la oración de cinco Ave Marías, diez Padre Nuestros y el rezo completo de un rosario, si bien éste podría hacerlo de regreso a su casa.

Melitón se dio por satisfecho pues, previa a su entrada a la iglesia, pensaba él que su letanía sería mayor. Así es que, cumplidas las órdenes impuestas por el sacerdote, todo su cuerpo y alma se encontraban regeneradas en el bien e impolutas de todo tipo de pecado. Ese era el maravilloso efecto de la confesión: salir ante Dios con una vida nueva.

En el exterior, muchas habían sido las personas que habían pasado por las manos torturadoras de Melitón. Su puesto, responsable jefe de la Brigada de Investigación Social de la comisaría de San Sebastián, le confería un poder más allá de lo que marcaba la ley –de la que también él se suponía debía encargarse que se cumpliese- y que quedaba amparado, no por desconocimiento sino más bien por propio interés, por las máximas autoridades políticas. Así era, y en el pasado han sido, todas las operaciones de la policía secreta y política de regímenes autoritarios.

A primeros de diciembre de 1.970, en Burgos, las bajas temperaturas climatológicas –propias por otro lado de este lugar- no impedían la celebración de un juicio sumarísimo contra dieciséis personas acusados, seis de ellos bajo pena capital, del asesinato de tres personas, atentados, robos y, sobre todo, de pertenecer a la banda terrorista ETA.  La trascendencia de esta decisión, en los últimos compases del régimen franquista y próxima la muerte del dictador, produjo un gran revuelo internacional así como manifestaciones y actos de solidaridad en todo el país –incluidas huelgas generales de organizaciones obreras-  así como el apoyo de buena parte de la Iglesia Católica, pues dos de sus miembros se encontraban también entre los juzgados y de la Universidad.

La única defensa del régimen era la de seguir demostrando al mundo que sus leyes, su doctrina y la defensa de la Patria seguía en pie. En fechas previas al juicio se realizaron numerosas detenciones políticas no solo en Guipúzcoa sino también en Madrid, dónde diecinueve miembros de la clandestina oposición y entre los que se encontraban, el profesor Enrique Tierno Galván así como Pablo Castellano y Nicolás Sartorius pasaron a manos de la policía política. En Barcelona, más de trescientos intelectuales y artistas se encerraban en el Monasterio de Monserrat y, en San Sebastián, fueron doscientos los detenidos cuando ya se aplicaba una medida extrema como es el  Estado de Excepción.

Los abogados de los detenidos, entre los que figuraban unos jóvenes Peces Barba, Solé Tura y  Juan María Bandrés no pudieron impedir que el tribunal militar, aún cuando todos los detenidos eran civiles, dictase sentencias con seis condenados a muerte y el resto con penas entre 6 y 70 años. No solo fue la presión desde dentro del país sino también la internacional, incluido el Vaticano, la que abogaba pidiendo la clemencia del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco. A pesar de su ya delicado estado de salud, el 30 de diciembre se reunió el Consejo de Ministros en El Pardo. Intervinieron todos los ministros y, pensando más bien en como afectaría la aplicación de esta sentencia a las relaciones internacionales, a la vez que entendían que la medida de gracia en la concesión del indulto debilitaría a ETA, dejaron en manos de Franco la toma de decisión.

El mensaje de fin de año, televisado por toda la red del Estado, fue la oportunidad que encontró Franco para dar la noticia. La concesión del indulto debió de proporcionarle el mismo efecto placebo que sintió Melitón. Por suerte, para una inmensa mayoría de los españoles, la noticia de su muerte -por lo que representaba en sí- produjo el mismo efecto placebo.

JOSE MANUEL BELTRAN

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8 comentarios

Archivado bajo José Manuel Beltrán

8 Respuestas a “Totus revolutum

  1. ¿Seguro que no eres escritor profesional?…

  2. Jajajaja. Querida ciudadana Sonvak, créeme por favor. Ya quisiera yo, si por asegurar mi jubilación se tratara porque, en estos tiempos en los que vivimos, ni siquiera ésta puedo tenerla asegurada.
    Es menester, como decía el profesor Tierno Galván, manifestar -ante las dudas surgidas- que no lo soy.
    Sin embargo, ya solo tu pregunta me adula.
    Un besazo, ciudadana.

  3. … quería decir, halaga.
    Otro beso, ciudadana.

  4. Será porque nunca me he confesado ( ante un hombre de iglesia ) y por ellos desconozco los efectos placenteros que deben suponer aliviar una maltrecha conciencia. Ahora bien ciudadano especial, a tí puedo confesarte mi admiración por la forma tan, como dice Sonvak, de escritor que has hilado el efecto placebo con un hecho histórico del cual he tenido que informarme detenidamente al leer tu relato.
    Besitos y gracias por tu particular forma de escribir, Ciudadano.

  5. Yo nací en el 70, ¿qué año no?

    El post excelente caballero

    Un abrazo

  6. Muchas gracias Nuria,
    Yo espero que, si de confesar ante la Iglesia es tu decisión, lo sea para reparar errores cometidos no para aliviar el alma o la conciencia.
    Al igual que a Sonvak te agradezco tus halagos y, es cierto, he querido hilar una reflexión sobre el tema propuesto con un hechos históricos reales.
    Un Beso, ciudadana.

  7. Otro para tí, Gorio. Si es que, con esos datos que das de tu fecha de nacimiento, al que le timáis por viejo es a mí… jajaja.
    Un abrazo, ciudadano.

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