Ana

Había estado con ella, con Ana, casi doce años. Empezaron muy jóvenes y fueron recorriendo juntos el camino de los descubrimientos. Inseparables. En el colegio, en el instituto, todas las tarde cuando iniciaron la universidad.  Por supuesto, se juraron amor eterno e hicieron miles de locos, inocentes y felices planes.

Ella, mejor estudiante, consiguió una beca para estudiar un postgrado en el extranjero, un extranjero lejano desde el que no era barato volver. Cartas, teléfono, internet, todo fue un buen medio para mantener el contacto, el día a día.

Él creyó que ella había vuelto cambiada. Era lógico, más de un año sin verse, y la primera vez que se separaban… Pero sí, algo era distinto. Intentó continuar como antes, crear nuevas rutinas que les sirvieran de bases comunes para su relación. Ella correspondía, pero sin brío, sin ganas, dejándose llevar.

Poco a poco, el desánimo fue prendiendo en él. Sabía que algo iba mal, muy mal y cuando ya no puedo cerrar más los ojos le preguntó a ella.

Ella, triste, le contó la verdad sobre su nuevo amor, aquel que había encontrado durante su ausencia. Le intentó explicar que lo suyo había sido un amor infantil, que eran amigos más que amantes, que lo lamentaba, que era lógico, que habían empezado muy jóvenes… Que ahí terminaba todo.

Incrédulo, triste, él examinó, revisó, todos los planes, todos los sueños e intentó encerrarlos en un baúl olvidado en algún rincón de su mente. Pasó el tiempo, superó la depresión… Supo que su amada se casó, tuvo un hijo…

Siguó viviendo. Al fin, un día, conoció a una chica. La casualidad quiso que, si te fijabas bien, si tenías memoria, o buscabas las fotografías, encontrabas un cierto, un gran  parecido con su antigua amada. Similar estatura, color del pelo, timbre de voz… Su nombre era Mercedes.

Él volvió a sonreír. Volvió a incorporarse a una vida que tenía desdeñosamente abandonada. Se atrevió de nuevo a abrir el viejo baúl y desempolvar poco a poco los envejecidos sueños, pintándolos de nuevo de vivos colores para que tuviesen la apariencia de recién estrenados.

Estaban juntos, se llevaban bien y se entendían a la perfección. Hablaron de casarse, tuvieron hijos,  crecieron,  y  poco a poco el inexorable tiempo fue pasando, haciéndoles envejecer juntos. Al cabo de muchos años, él, apaciblemente,  murió a una edad avanzada, dejando a Mercedes triste, sintiéndose muy sola. Habían tenido una vida tranquila pero llena. Habían sido felices. Él había sido un buen hombre, un buen marido que la mimó, la cuidó y la quiso mucho. Lo que nunca se explicó Mercedes fue porqué él, desde el primer momento, le cambió el nombre. Dijo que el suyo no le gustaba, que le era difícil pronunciarlo y siempre, toda la vida, la llamó Ana.

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6 comentarios

Archivado bajo Aspective_

6 Respuestas a “Ana

  1. Anda la leche!!!!! el final me ha dejado descolocada 😀 Original versión del efecto placebo 😀

  2. jajajajaja, pues sí que es original sí, no veía yo la conexión hasta ese momento jajajaja

  3. Obsi

    mmmmmmmmmmm, espero que la tal Mercedes no se enterase nunca de eso :).

  4. Hola Aspective,
    Me ha parecido estupendo el relato, perfectamente engarzado con el tema propuesto. Original y con un final poco imaginable.
    Perfecto ciudadano. Un abrazo,

  5. Guau. La palabra de Sonvak lo describe bien: es descolocante. Un relato que parece romanticón, pero el final es incómodo, medio de thriller, medio triste.
    Bien logrado, creo yo.

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