Archivo diario: 27 enero 2010

Ana

Había estado con ella, con Ana, casi doce años. Empezaron muy jóvenes y fueron recorriendo juntos el camino de los descubrimientos. Inseparables. En el colegio, en el instituto, todas las tarde cuando iniciaron la universidad.  Por supuesto, se juraron amor eterno e hicieron miles de locos, inocentes y felices planes.

Ella, mejor estudiante, consiguió una beca para estudiar un postgrado en el extranjero, un extranjero lejano desde el que no era barato volver. Cartas, teléfono, internet, todo fue un buen medio para mantener el contacto, el día a día.

Él creyó que ella había vuelto cambiada. Era lógico, más de un año sin verse, y la primera vez que se separaban… Pero sí, algo era distinto. Intentó continuar como antes, crear nuevas rutinas que les sirvieran de bases comunes para su relación. Ella correspondía, pero sin brío, sin ganas, dejándose llevar.

Poco a poco, el desánimo fue prendiendo en él. Sabía que algo iba mal, muy mal y cuando ya no puedo cerrar más los ojos le preguntó a ella.

Ella, triste, le contó la verdad sobre su nuevo amor, aquel que había encontrado durante su ausencia. Le intentó explicar que lo suyo había sido un amor infantil, que eran amigos más que amantes, que lo lamentaba, que era lógico, que habían empezado muy jóvenes… Que ahí terminaba todo.

Incrédulo, triste, él examinó, revisó, todos los planes, todos los sueños e intentó encerrarlos en un baúl olvidado en algún rincón de su mente. Pasó el tiempo, superó la depresión… Supo que su amada se casó, tuvo un hijo…

Siguó viviendo. Al fin, un día, conoció a una chica. La casualidad quiso que, si te fijabas bien, si tenías memoria, o buscabas las fotografías, encontrabas un cierto, un gran  parecido con su antigua amada. Similar estatura, color del pelo, timbre de voz… Su nombre era Mercedes.

Él volvió a sonreír. Volvió a incorporarse a una vida que tenía desdeñosamente abandonada. Se atrevió de nuevo a abrir el viejo baúl y desempolvar poco a poco los envejecidos sueños, pintándolos de nuevo de vivos colores para que tuviesen la apariencia de recién estrenados.

Estaban juntos, se llevaban bien y se entendían a la perfección. Hablaron de casarse, tuvieron hijos,  crecieron,  y  poco a poco el inexorable tiempo fue pasando, haciéndoles envejecer juntos. Al cabo de muchos años, él, apaciblemente,  murió a una edad avanzada, dejando a Mercedes triste, sintiéndose muy sola. Habían tenido una vida tranquila pero llena. Habían sido felices. Él había sido un buen hombre, un buen marido que la mimó, la cuidó y la quiso mucho. Lo que nunca se explicó Mercedes fue porqué él, desde el primer momento, le cambió el nombre. Dijo que el suyo no le gustaba, que le era difícil pronunciarlo y siempre, toda la vida, la llamó Ana.

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Efecto Placebo

Por falta de tiempo y de inspiración (bueno, de inspiración no porque hoy precisamente podría hablar de algún que otro efecto placebo ), a lo que iba, hoy me vais a disculpar y voy a tirar de archivo que para algo está, digo yo. Había una fotografía estupenda para ilustrar el relato pero no la cuelgo porque no encuentro la referencia del autor y alguien puede molestarse y nada más lejos de mi intención :).

Todas las mañanas a las 7.40 se tomaba veinte minutos para ella misma.Tumbada sobre la cama cerraba los ojos y permanecía inmóvil, con los pies en la almohada, dejando su cabeza ligeramente suspendida en el aire y su melena pelirroja tocada por la brisa fresca de la mañana. Durante esos minutos y con las notas de Clair de lune (http://www.youtube.com/watch?v=-LXl4y6D-QI&feature=related) de Debussy resonando en la habitación blanca a través del gramófono heredado de su abuela, desactivaba cualquier mecanismo de freno y una mezcla de pensamientos, sensaciones e imágenes penetraban en su cabeza sin orden ni concierto. Así, volvía al silencio más absoluto de los fondos marinos con una botella a la espalda, a la sorpresa y a la traición de un ballo in maschera, sentía impotente el desaliento que emanaban los grandes ojos negros de los niños hambrientos de un suburbio de Adis Abeba, descansaba en un templo budista y ascendía casi sin oxígeno la arista norte del K2. Broker en Nueva York, geisha en una casa de té en Kyoto y trapecista del Circo del Sol. Orianna Fallaci en Beirut y Frida dejándose pintar por Diego. Primera bailarina del Bolshoi en la época dorada, moradora del World Trade Center aquel septiembre, mujer en Afganistán, groupie en los sesenta. Vivía la pasión de Anna Karènina por Vronsky y su desazón vital justo antes de saltar a las vías del tren, la perseverancia de Marie Curie, la angustia en Mauthaussen y la podredumbre humana y el horror en Deir Yassin. Se impregnaba con la dignidad de Ana Bolena justo antes de sentir el filo frío de la espada y sentía la adrenalina de Charles Manson minutos antes de la locura. Era, en un momento Alicia en el país de las maravillas en su océano de lágrimas y al segundo Dorothy en el camino de baldosas amarillas, el Principito y su rosa en el asteroide B 612 y a la vez la Holly imaginada por Capote ante el escaparate de Tiffany´s. Y entonces sonaban los primeros acordes de Moonriver…

El minuto diecinueve era siempre el mismo todas las mañanas. La habitación se quedaba en silencio y tumbada sobre la cama, inmóvil, con los pies en la almohada dejando su cabeza ligeramente suspendida en el aire y su melena pelirroja tocada por la brisa fresca accionaba el freno y su mente se vaciaba de toda imagen y sensación. Con extremada lentitud avanzaba un único pensamiento que se adhería a su piel sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo. Únicamente era capaz de formularlo en su lengua materna y sólo era intensamente consciente de él a las 7.59 de cada mañana: “Sometimes I can hear my bones straining under the weight of all the lives i´m not living”.

A las 8.00 se incorporaba, tomaba un té de frutas del bosque, su preferido, cerraba la puerta de su apartamento y se encaminaba hacia el número cuarenta de la calle San Feliu en donde cada mañana desde hacía quince años, con la misma media sonrisa en los labios, servía aquel café aguado y conversaba amablemente con los viejos clientes del Café- Bar “La ilusión”.

Y a pesar de que era consciente de que se trataba de un efecto placebo, esos diecinueve minutos diarios de imaginación, le salvaban la vida.

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Experimento casero

Hace un tiempo, basándonos en la interesante teoría del efecto placebo, una amiga y yo nos encargamos de aplicar rigurosamente el método científico visualizando un objetivo puntual: comprobar que la hipótesis tantas veces discutida sobre los efectos del alcohol en ciertos adolescentes son, en ciertos casos, pura y exclusivamente psicológicos.

– Cambiale el vaso- sugerió Virginia, ya bastante entonada. La fiesta había empezado hacía poco más de media hora; pero para Virginia era más que suficiente para haberse bebido ya lo equivalente a seis medidas de whisky, si hablamos de graduaciones.

– ¿Te parece?- pregunté. -Si se entera se re quema.

Virginia se tambaleó y luego me miró con una sonrisa boba estampada en la boca.

– Dale. Así comprobamos. Te juro que esa mina nunca se ha empedado en la vida, nadie se empeda con un vaso de vino. Es todo mente. Vas a ver.

Me sacó el vaso de la mano y comenzó a servir Coca Cola. A eso le agregó Sprite, luego soda y después jugo de lima.

– ¿A qué sabe?-interrogué con curiosidad, observando con la cabeza ladeada la extraña mezcolanza efervescente y amarronada. La chica probó un sorbo y cerró fuerte los ojos. Haciendo una mueca de asco, y sin abrirlos, comentó:

-Está espantoso.

-¿Pero parece que tuviera alcohol?

-No se va a dar cuenta.

Efectivamente, la víctima (o más bien, nuestra viva evidencia) bebió el espantoso menjunje creyendo que estaba vaciando una botella de algo extraño y exótico, que la daría vuelta como una media. Se mareó, dijo estupideces, habló arrastrando las palabras, y hasta vomitó.

Paso a paso, Virgina y yo dejamos todo anotado, con la nomenclatura acorde para la ocasión.

1) Investigación.

Teoría del efecto placebo. Monografía Facultad de Medicina 2008. Estudio de la Universidad de Michigan, “Efecto placebo varía según la forma en que el cerebro anticipa recompensas”,  julio 2007…

2) Observación.

Objeto en observación: Juana Santamarta.

3) Hipótesis:

Juana Santamarta segrega alguna especie de hormona que la hace creer que está borracha, cuando el alcohol apenas roza sus labios.

4) Experimentación:

Se reemplaza la Coca con Fernet por una mezcla de bebidas analcohólicas efervescentes, a efectos de crear un sabor peculiar e irreconocible, para que la observada comience, como sucede comunmente, su segregación de hormonas mentirosas.

5) Resultados

La observada presenta síntomas típicos de la borrachera. Náuseas, mareos, inhibición del sistema nervioso central, respuestas lentas y poco trabajadas, falta de reflejos y coordinación, etc.

6) Conclusiones

Finalizando la investigación, concluimos que dos cosas pueden haber sucedido:

a) La teoría del efecto placebo, y por ende la nuestra, queda comprobada.

b) La mezcla exagerada y repugnante de bebidas analcohólicas le causó a la observada una terrible indigestión, lo que hizo que presentara síntomas de la índole mencionada.

 

Al fin y al cabo, nos pasamos la noche tan entretenidas que nos olvidamos de todo. A Virginia hasta se le olvidó tomar…

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