Terremoto

Cada vez que sucede una catástrofe natural que deja miles de muertos en algún lugar del planeta, generalmente siempre en países pobres, sin recursos y olvidados por el resto del mundo, me invade la misma amalgama de sentimientos que a menudo no sé bien cómo canalizar.

Primero, como ser humano y hasta donde mi capacidad empática me lo permite, siento pena. Una pena inmensa cuando veo las imágenes tremendas en las noticias o leo las crónicas de la devastación en los periódicos y me imagino lo que debe de ser estar en el lugar de esas personas con todas sus pérdidas.

Después me emociono con la solidaridad que emerge en estas situaciones entre las víctimas, con las historias y con los testimonios personales. La solidaridad es algo que siempre me ha erizado la piel porque, la sincera y la que no busca nada a cambio, no es otra cosa que el reflejo de esa bondad interior de las personas en la que yo sigo empeñada en creer.

La pena y la emoción dan paso a la rabia. Rabia porque siempre las catástrofes naturales se ceban con los más desfavorecidos, rabia por no poder controlar el azar caprichoso, rabia por los contrastes y por los matices ya que al igual que estas situaciones hacen aflorar lo mejor del ser humano, también la violencia y la crueldad más absoluta aparecen al mismo tiempo, en una mezcla loca y casi imposible de imaginar.

Y tras la pena, la emoción y la rabia, muchas veces siento vergüenza. Vergüenza del sistema que rige el mundo, vergüenza de los gobiernos ricos que envían toneladas de ayuda humanitaria, efectivos humanos, realizan donaciones más o menos cuantiosas, organizan con sus políticos visitas de reconocimiento a las zonas afectadas y llenan los medios de comunicación de palabras de aliento y solidaridad, pero que rara vez mueven un dedo si no hay cientos de miles de muertos de por medio, permitiendo eso sí, sin que sea demasiado evidente, que los países más pobres del mundo sigan siendo cada vez más pobres, sigan endeudados y endeudándose hasta el tuétano y continúen inmersos en un círculo de pobreza del que, sin ayuda externa y efectiva (que no efectista), es casi imposible salir.

¿Quién se acuerda de los haitianos, de los tutsis y los hutus, los indonesios y de tantos otros si no hay una catástrofe humanitaria de por medio? ¿Y quién se acordará de ellos cuando pase el boom mediático y las luces comiencen a apagarse?

Pues mal que nos pese, casi nadie (y apréciese el “casi” en lo que vale).

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7 comentarios

Archivado bajo obsidianablack

7 Respuestas a “Terremoto

  1. Obsi, había escrito un pedazo comentario que flipas… y al final lo he borrado. Iba todo en relación con el vergonzoso sistema que rige el mundo… Y te daba la razón, claro :D, pero después comencé a divagar obteniendo un resultado final en el que me condeno por pertenecer al grupo que permanece en su burbuja sin hacer nada 😦 Me preocupo por sobrevivir con los míos y no hago nada por aquellos que mueren de hambre cada día…

    Es cierto que si alguien de mi entorno necesita mi ayuda la va a obtener pero ¿es eso suficiente?… porque eso no sirve para cambiar el hecho de que existen países tercermundista cuando ni tan siquiera debería existir el término “tercermundista”… 😦

    Y paro de escribir, porque sino este comentario acabará siendo tan largo como el primero que borré…

    En fin, el post muy bueno… Yo me quedaré reflexionando sobre el tipo de ser humano que soy…

    Besazos!!!!

  2. Obsi

    Pues eso mismo he pensado yo cuando he terminado y lo he leído.
    besillos

  3. Sonvak y sus divagaciones jeje.
    Muy bueno Obsi, la verdad que todas las catástrofes caen en el el olvido en un plazo máximo de 4 meses. Al cabo de un año, en todo caso, se conmemora el aniversario. Pero al día siguiente de nuevo al olvido. Muy triste.

  4. totalmente de acuerdo, pero totalmente avergonzado porque quien más y quien menos nos acomodamos con nuestra situación privilegiada. es muy común que cuando visitas y viajas a una región desfavorecida y ves en primera persona el hambre y las desdichas que sufre mucha gente, te cambia la vida a través de tu conciencia y es cuando de verdad comienza uno a implicarse con los problemas reales de este mundo. quizás habría que obligar a los políticos y mucha gente más a vivir unos días en una de estas regiones para que cambien su forma de actuar.

  5. Daniela

    Mi proceso es prácticamente el mismo, acentuándose en la parte de la verguenza. Es triste, pero tienes razón. Y coincido también con Sito: aparentemente, estamos descubriendo que la solidaridad no es algo innato como pensábamos. Hay que aprender a ser solidario. Y sólo se aprende con la experiencia, parece.

  6. Pingback: Bitacoras.com

  7. Hla Obsi,
    Estoy absoluta y totalmente de acuerdo contigo. He publicado hoy, sin haber leido tu post antes (me disculpo por ello) pero creo ir en la misma línea.

    Excelente reflexión crítica ciudadana. Un besazo,

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