Archivo diario: 20 enero 2010

Terremoto

Cada vez que sucede una catástrofe natural que deja miles de muertos en algún lugar del planeta, generalmente siempre en países pobres, sin recursos y olvidados por el resto del mundo, me invade la misma amalgama de sentimientos que a menudo no sé bien cómo canalizar.

Primero, como ser humano y hasta donde mi capacidad empática me lo permite, siento pena. Una pena inmensa cuando veo las imágenes tremendas en las noticias o leo las crónicas de la devastación en los periódicos y me imagino lo que debe de ser estar en el lugar de esas personas con todas sus pérdidas.

Después me emociono con la solidaridad que emerge en estas situaciones entre las víctimas, con las historias y con los testimonios personales. La solidaridad es algo que siempre me ha erizado la piel porque, la sincera y la que no busca nada a cambio, no es otra cosa que el reflejo de esa bondad interior de las personas en la que yo sigo empeñada en creer.

La pena y la emoción dan paso a la rabia. Rabia porque siempre las catástrofes naturales se ceban con los más desfavorecidos, rabia por no poder controlar el azar caprichoso, rabia por los contrastes y por los matices ya que al igual que estas situaciones hacen aflorar lo mejor del ser humano, también la violencia y la crueldad más absoluta aparecen al mismo tiempo, en una mezcla loca y casi imposible de imaginar.

Y tras la pena, la emoción y la rabia, muchas veces siento vergüenza. Vergüenza del sistema que rige el mundo, vergüenza de los gobiernos ricos que envían toneladas de ayuda humanitaria, efectivos humanos, realizan donaciones más o menos cuantiosas, organizan con sus políticos visitas de reconocimiento a las zonas afectadas y llenan los medios de comunicación de palabras de aliento y solidaridad, pero que rara vez mueven un dedo si no hay cientos de miles de muertos de por medio, permitiendo eso sí, sin que sea demasiado evidente, que los países más pobres del mundo sigan siendo cada vez más pobres, sigan endeudados y endeudándose hasta el tuétano y continúen inmersos en un círculo de pobreza del que, sin ayuda externa y efectiva (que no efectista), es casi imposible salir.

¿Quién se acuerda de los haitianos, de los tutsis y los hutus, los indonesios y de tantos otros si no hay una catástrofe humanitaria de por medio? ¿Y quién se acordará de ellos cuando pase el boom mediático y las luces comiencen a apagarse?

Pues mal que nos pese, casi nadie (y apréciese el “casi” en lo que vale).

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Terremoto

Supongo que, dado todo lo ocurrido últimamente, un post de tema “Terremoto” implicaría hablar necesariamente de Haití. Pero, si bien pienso mencionarlo, no quiero escribir sobre eso hoy. Por una razón simple: no puedo entenderlo. Que esto no se malentienda: no soy ninguna estúpida ni ninguna insensible. Pero no creo que ninguno de nosotros puede meterse realmente dentro de la piel de un haitiano en este momento. Algunos de ustedes, como han relatado, tienen experiencia en el tema de los sismos: yo no tengo ninguna (una de las razones por las que mi país me parece extraordinario). Sin embargo, dudo considerablemente que aquellos que han sentido la tierra temblar bajo sus pies hayan quedado como los haitianos. Sin nada. Rotos, desnudos, sangrando y oliendo a muerte y a gritos y a lágrimas secas.
De hecho, nunca he vivido ninguna situación que se le acerque siquiera. Por eso no lo entiendo. Puedo imaginarme (uno siempre puede imaginarse), pero nadie entiende hasta que vive. El hombre es así.
No me gusta hablar de lo que no entiendo, y mucho menos escribir. Me siento falsa, sucia. En algún lugar leí que nunca se debe escribir pretendiendo. Un escritor no escribe para su mamá, ni para su novia, ni para su perro, ni para sus amigos, ni para esa abstracción llamada “lector” que, como abstracción que es, ni siquiera se digna a existir. Tampoco debe escribir para sí mismo. Debe escribir para un dios omnipotente que traspasa como láser, al que es imposible mentirle. Pero estoy divagando.
¿Qué puedo, entonces, decir sobre los terremotos, si mi experiencia es nula y me niego a hablar de lo que no entiendo?
Bueno, es algo estúpido, pero supongo que siempre puedo hablar sobre la palabra en sí. Terremoto. Etimológicamente significa “Movimiento de la Tierra”. Curioso, ya que “terremoto” transmite mucho más que “Movimiento de la Tierra”, ¿no? Terremoto es una palabra cargada. Cargada de gritos desgarrados y de lágrimas secas. De sudor, de jadeos, de suspiros, de ruidos sordos y de ruidos ensordecedores. De caídas, de carne abierta, de piernas sangrantes y machucones…
E igualmente que “Movimiento de la Tierra”, las tantas otras palabras derivadas de terremoto, como sismo, epicentro, error geográfico, placas tectónicas, etc., suenan simples, importantes pero simpáticas, intocables, pensables y abstractas. No es lo mismo (y no me salgan con tecnicismos) hablar de un sismo que de un terremoto. La propia formación de la palabra suena distinto. Terremoto suena agresiva, ruidosa, ardiente. Sismo suena a leve movimiento, algo casi agradable.
Pero perdono a los tecnócratas de las palabras ininteligibles y frías. Porque ellos son los que tienen que hablar todo el día de sismos y epicentros. Y es más fácil hablar de algo que suena leve movimiento, a hablar con palabras que suenan a gritos desgarrados y a lágrimas secas, a corazones destrozados, palabras que huelen a muerte y a tierra, que se pegotean en la piel y que hacen que cueste respirar. Las palabras técnicas son importantes, aunque sólo sea para los tecnócratas.
Por eso pocos periodistas hablan de sismos. A ellos les gusta más lo que suena a gritos, lo que huele a muerte. Lo que huele a noticia, a fin de cuentas… Ellos hablan del terremoto que sacudió Haití. Y yo también: no quiero hablar con palabras a las que les cuelga escarcha. A mi también me gusta que mis palabras causen ardor en la sangre.

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