Archivo diario: 13 enero 2010

Mi experiencia on-line

Esta mañana, camino del trabajo, he visto una chica increíblemente guapa. Su figura, su cara, el pelo, la indumentaria, el estilo al caminar y moverse, todo, la hacía candidata a ser una mujer ideal. Caminaba por la acera tras ella, y la casualidad ha querido que entráramos en la misma cafetería. Yo no pensaba en tomar un café, pero de repente he sentido la urgente necesidad de un cafelito. En ese momento y en ese establecimiento. He entrado detrás de ella y he conseguido un hueco en la barra a su lado. Con la primera tontería que se me ha ocurrido he logrado entablar una intrascendente conversación. Tenía una voz preciosa, unos ojos increíbles y una sonrisa que desarmaba. Hasta su nombre sonaba bien. A lo largo del corto café he observado que se tocaba el pelo con reiteración, y otros signos convencionales del lenguaje no verbal que me han animado a pensar que le interesaba… Finalmente he conseguido su teléfono (¿será su número realmente? Eso espero) y la promesa de volvernos a ver en breve. Creo que me he enamorado…

¿O no?

¿Qué le falta a esta situación, ficticia, por supuesto, para ser un enamoramiento real? He percibido que existía química entre nosotros. Las feromonas nos eran favorables. Hay un conocimiento físico, un deseo sexual latente… Pero sin duda algunos me dirán que no me puedo haber enamorado porque “no la conoces”. No la conozco, cierto, aunque de momento me sobran motivos para seguir viéndola y si es posible, practicar el deporte más popular del mundo, al que nadie pone pegas (bueno, casi nadie…). Sin embargo, me surge una duda. Nunca terminas de conocer a una persona del todo, y además, los seres humanos somos cambiantes ante situaciones diferentes y evolucionamos con el tiempo. ¿Cuándo puedo, entonces, decir que conozco lo suficiente a alguien como para poder afirmar que sí estoy enamorado? ¿A partir de qué punto es lícito decir que estás enamorado? ¿Qué grado de conocimiento es necesario y suficiente? Por mi parte, ni idea.

¿Cuáles son, pues, los requisitos para poder decir que estas enamorado de alguien? Francamente, lo ignoro. Creo que cada uno lo definirá en función de cómo se siente interiormente con respecto a ese alguien. Y es posible que en las mismas circunstancias, con los mismos sentimientos, una persona diga que está enamorada y otra que no.

Entonces, ¿es posible el enamoramiento a través de la red que conlleva la ausencia de una faceta al parecer tan importante como la física? La lógica me llevaría a decir que no es posible. Que sí es posible conectar muy bien con alguien, estar encantado de conocer a esa persona, querer saber más, desear estar todo el rato charlando con ella, y por supuesto ansiar conocerla cara a cara. Pero algo falta. Además existe un peligro, muy grande, de autoengaño, dicen, pues suele suceder que todas aquellas facetas que no conocemos, que aún no conocemos, las rellenamos con nuestra imaginación y, por supuesto, siempre a nuestro mejor gusto. Por tanto, diría que hasta no pasar la prueba de fuego, de comprobar el componente real y estar con esa persona y recibir sus (llamadlo como queráis) feromonas, vibraciones, olores, lo que sea, no sería posible decir que estás enamorado, por muy bien que la llegues a conocer on line.

Quizá, me preguntaríais ahora por mi experiencia personal…Comencé a relacionarme con la gente, de manera virtual, allá por el lejano año de 1991, a través de lo que a imitación del “minitel” francés, se llamó aquí “ibertext” (pantalla de 12 pulgadas, mini teclado incorporado, modo texto exclusivamente, sin imágenes, y 80 caracteres por línea, conexión telefónica a coste de llamada interurbana) y posteriormente, a partir del 95,  mediante el bodrio-invento español, remedo y acceso a internet, que se denominaba “infovía”.

Solo texto, por tanto solo conversaciones, sin fotos ni otras posibilidades. El quedar con alguien implicaba total incertidumbre, pues hasta para reconocer a la persona dependías de la descripción que ella hubiese hecho de sí misma… y en fin. Normalmente quedabas en una cafetería y tenías que haber dicho como ibas a ir vestido para que te reconocieran y como os podéis imaginar las sorpresas fueron mayúsculas. Para bien y para mal.

¿Y entonces el amor virtual? Nunca he estado buscando una relación amorosa a través de la red. A lo largo de estos ¿19 años? (¡caray!) he conocido bastante, mucha gente. Sobre todo al principio, pues la novedad anima. Incluso llegamos a componer un grupo muy agradable con quedadas más o menos habituales. Sin embargo, del tema que nos ocupa hoy, la experiencia que tengo es mucho más breve. Con todas las limitaciones, excepciones, consideraciones, etc. vistas anteriormente, diría que sí, que una vez me sucedió. Me cogió de improviso, con el pie cambiado, por sorpresa, casi a traición, sin esperarlo ni por supuesto buscarlo. Y fue creciendo poco a poco. Raro, diferente. Como empezar la casa por el tejado. Por supuesto con muchas carencias de conocimiento como en cualquier relación (y en este caso eran las físicas, limitadas a alguna foto), pero creo que pese a todo, sí, le podríamos llamar amor. Virtual. Y respondería, por pura lógica, que creo que sí, que existe. Con una serie de peculiaridades y siempre, como cualquier relación, con ansias de progreso, de avance, de crecimiento. De completar ese conocimiento del otro, de terminar de saber lo que no sabes y por supuesto de obtener también una respuesta sexual. Como en cualquier otra relación.

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Amor virtual

(Tarde, lo sé, pero acá está el post. O el intento de post, ja)

Fue amor a primera vista.
Se conocieron en una de esas páginas web que se dedican a enamorar a la gente, a enredarla, a engatusarla, con el solo objetivo de eventualmente sacarle una buena pasta del bolsillo. No puede decirse, sin embargo, que Katherine no supiera en lo que se estaba metiendo cuando entró por aquel link tan llamativo y brillante. La joven era conciente de que esos sitios eran como arcos con flechas a punto de dispararse, y que ella era un potencial blanco a ser destapado; también que los arqueros tenían una puntería increíble y gran facilidad para reconocer aquello que llamaban un “blanco fácil”, y que ella, enamoradiza como era, era uno facilísimo. Aún así entró, sólo para husmear.
Nunca se imaginó que allí lo encontraría a él.

Lo primero que vio fue su foto –porque de nada vale emocionarse con una descripción para luego encontrarse con la cosa más fea y antiestética del mundo-. De todo lo que Katherine había visto alguna vez, no recordaba nada igual. Era delgadísimo, pero de apariencia importante, casi imponente. Resaltaría en cualquier lado, de eso estaba segura. Su cuerpo era de un vivo color negro; su mirada, clara, consistente. Atraída y, a decir verdad, bastante tentada ya, Katherine se dedicó a leer la descripción. Quedó asombrada. Parecía inteligentísimo, brillante. La ayuda perfecta para alguien tan ocupada como ella. El brazo derecho. Tal vez, se atrevió a pensar, hasta la otra mitad. La lista de cualidades positivas era interminable: laborioso, serio pero jovial, generoso, buena memoria, buena disponibilidad para cualquier actividad…
«La mitad de las cosas debe ser un gran saco de mentiras», se espetó a sí misma Katherine, en un intento de pinchar su propio globo y bajar nuevamente a tierra firme. «No te emociones, Kat, ya sabes cuán falsas son estas cosas. Tal vez hasta la foto es modificada».

Pero pasados unos días, la chica se dio cuenta de que no podía dejar de pensar en él. Soñaba con tocarlo, con acariciar esa superficie suave y sensible que había visto en la fotografía; tenía ganas de sentir su textura, de apretarlo, de mimarlo…Se babeaba pensando en todo lo que podía hacer con él…
Lo necesitaba. Ojalá nunca hubiera hecho clic en aquel link…
De pronto, se encontró a sí misma caminando hasta la dirección que figuraba en la página web. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que lo había visto? No lo sabía, pero poco interesaba. Quería verlo, y ya estaba decidida.
Iría hasta donde él estaba y lo poseería, lo haría suyo para siempre.
La dirección no quedaba lejos, así que no demoró en encontrarla.
Y allí estaba. Detrás de una prolija y pulcra ventana que los separaba, simplemente parado ahí, sin mirarla, pero (Katherine lo sabía) esperándola pacientemente.
Giró la perilla y entró, sin más.
—Aquí estás—le dijo. —Por fin, por fin, aquí estás.
— ¿Señora?
Katherine levantó la mirada hacia la mujer que le había hablado, sólo entonces dándose cuenta de que no estaba sola.
—Es bonito, ¿verdad?—le dijo a Katherine, guiñando un ojo.
—Lo quiero.
—Puede arreglarse.

Media hora después, Katherine salía a la calle, radiante. Por fin. Por fin tenía su Iphone.

DANIELA

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“Amor” virtual

He aquí mi limitada experiencia en el asunto.

He conocido a varias personas a través de la red a las que no he visto nunca en mi vida y con los que charlo de vez en cuando, intercambio opiniones sobre los temas que me interesan, comparto lecturas, músicas y experiencias (este blog, a salvo de Sito al que conozco personalmente, podría ser un ejemplo) y no creo que se trate de “rosas que no huelan a nada” como leí en aquel artículo sobre las redes sociales el otro día. En toda mi vida y teniendo en cuenta que empecé a utilizar Internet hace unos quince años aproximadamente (gluppppsssss!!!!) he quedado con cinco personas del sexo opuesto a los que he conocido a través de la red. De estos cinco, sólo uno con una expectativa real de iniciar una posible relación. De los cinco citados, con dos no mantengo ningún tipo de contacto hoy en día, entre ellos el de la posible relación, y con los otros tres hablo telefónicamente o vía Internet con bastante asiduidad y quedo para comer, cenar o a una copa cuando pasan por mi ciudad o yo paso por la de ellos.

Yendo al de la posible relación, que es la historia que se ajusta más al tema de la semana, nos conocimos hace unos años a raíz de nuestra afición a la escritura y a través de nuestros respectivos blogs. Después de los normales comentarios mutuos a nuestros escritos, vino el msn y más tarde, un tiempo de interminables conversaciones telefónicas, y cuando digo interminables digo sin fin. Mis facturas de aquellos meses saben bien de lo que hablo. Luego, y ante la necesidad de levantar un poquito el velo del misterio y poner una imagen física a tanta palabra, nos intercambiamos unas cuantas fotos. Era y supongo que lo sigue siendo, un gran conversador, una persona con una cultura que apabullaba, detallista, muy ágil mentalmente, ingenioso, sensible, con una vida personal, familiar y sentimental demasiado agitada y tormentosa que me fue contando poco a poco como si me estuvieran leyendo un libro de aventuras antes de dormirme. Una persona que, con sus tropiezos, algunos de ellos bastante significativos, luchaba por encontrar lo que en definitiva todos buscamos, el equilibrio, el bienestar interior, la felicidad o como cada uno quiera llamarle. Llegó un momento en el que ya no pudimos posponer el conocernos personalmente. Era sí o sí. Y allá me fui, un poco a la aventura y expectante. Y resultó que pasamos unos días juntos y resultó que me di cuenta, casi desde el minuto uno, de que no funcionaría porque por mi parte, y aunque me pareció en aquel entonces totalmente increíble después de todo lo que habíamos hablado, no existía la misma química en persona que a través de la red o del teléfono. Se lo expliqué procurando ser cuidadosa (siempre me he sentido muy incómoda en ese lado y he agradecido el tacto y la sensibilidad cuando me ha tocado estar en el contrario) y lo entendió. Los días siguientes me sentí extraña y algo triste, no tanto por la decepción en sí, porque ambos sabíamos que esa era una posibilidad, como por mi reflexión posterior.

Aunque soy de las que piensa, como casi todo el mundo supongo, que en estos temas la química es bastante importante, y es precisamente una de las cosas que distingue la relación entre dos buenos amigos y la relación de una pareja, siempre he creído (o a lo mejor me ha gustado creerlo) que, en ciertos casos, las llamémosles “barreras” físicas, pueden derrumbarse o superarse si existe un buen armazón interior. A mi me gustaba la persona, me gustaba el armazón y el interior, había complicidad y me reía pero me faltaba lo que hace falta que exista para que uno desee tocar, sentir y perder la cabeza por completo con y por la otra persona. Me sentí frívola, fría y superficial por darle tanta importancia a esta cuestión y por perder una posible oportunidad de colocar ese granito de arena en mi búsqueda personal por ese motivo. Por otro lado y reflexionando sobre lo positivo de la experiencia, me ayudó a entender a alguna persona esencial de mi pasado a la que en su momento, y aunque en circunstancias y escenario algo distinto, no llegué a comprender del todo.

Nunca volví a saber nada de mi “amor virtual”. Un mail bastantes meses después agradeciéndome aquellos días y al que me pedía expresamente que no contestara y nada más. Casi nunca me arrepiento de las decisiones que tomo y de esta tampoco lo he hecho. Guardo un exquisito recuerdo de aquel tiempo, que, entre otras cosas, me trajo soplos de aire fresco en un momento personal en el que andaba bastante escasa de oxígeno para respirar.

En definitiva y como veréis no hay mucha diferencia con lo que sucede in real life.

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