Archivo diario: 23 diciembre 2009

¿Blanca Navidad?

¿Blanca Navidad?

Desde hace ya varios años, por motivos personales No celebro la Navidad, es más es la peor época del año, tanto que cuando se va acercando me pongo enferma y estoy deseando que llegue el 6 de enero por la noche. Es entonces cuando respiro más tranquila…
La Navidad era fabulosa, al menos para mí, cuando nos reuníamos todos los hermanos con mis padres y compartíamos los buenos platos que mi madre se esmeraba en preparar. Había cariño, unión y felicidad, pero las cosas cambian y ya no hay na de na, así que aunque no quería dejar de participar en el tema de la semana, no puedo ni deseo hablar de lo que llaman «la blanca Navidad», ni blanca ni de cualquier otro color, para mí son unos días muy tristes. Sin embargo respeto a todos los que quieren y pueden celebrarla y por eso os dejo un vídeo que espero os guste. Y por supuesto que os deseo una Feliz Navidad a tod@s , una cosa no quita la otra…

SANDRA

 

9 comentarios

Archivado bajo Sandra

Mi blanca navidad

Yo pertenezco a ese cada vez mas nutrido grupo al que la navidad, blanca o de cualquier color, le trae al pairo. Y no es amargura, ni infelicidad, ni resquemor, ni querer ir contracorriente ni nada parecido es que, simplemente, y carente de espíritu religioso (al menos del convencional),  no veo el resto de días del año el reflejo del “espíritu navideño”, ni de la mayoría de los sentimientos, los deseos y las cosas tan bonitas que se dicen y se hacen habitualmente en tan señaladas fechas, lo que hace que mi sentido crítico sobre la raza humana se agudice en esta época del año, siempre con las necesarias excepciones, por supuesto.

Sin adentrarnos en profundidades, que hoy estoy algo espesa, y descendiendo a lo mundano, os cuento que a mi, al contrario que a mucha gente, no me gustan las ciudades en navidad. Las luces que adornan, ¿he dicho «adornan»?, las calles, incluidas las pudientes, no me inspiran absolutamente nada y nunca logran que me meta en el ambiente que pretenden crear.  Me espantan los papá noel colgados de las fachadas de los edificios, las luces de colores intermitentes en las ventanas de las casas, odio el espumillón (aunque creo, por lo que me cuentan, que este ornamento ya está pasado de moda) y demás adornos navideños con los que el mundo en general se empeña en disfrazar sus viviendas para la ocasión. Siempre he dicho que si alguien en estas fechas entra con una bola navideña en mi casa se la tiro a la cabeza.

Las masas inundan las calles en navidad y por ejemplo algo tan sencillo como  pasear se vuelve un verdadero suplicio. Aglomeraciones en todas partes, bolsas golpeándote por todos lados, villancicos machacándote los oídos y un frío de mil demonios, aunque de esto es cierto que no tiene culpa la pobre navidad. Pararse con cualquier conocido y empezar y terminar las conversaciones con el consabido “felices fiestas”, “feliz navidad”, “feliz año” me hace sentir ridícula, y no porque no albergue esos deseos en mi interior, que sí, sino porque no puedo evitar que me suenen a cliché.  Al final y cuando ya no tengo más remedio, me quedo en el “igualmente” que es más discreto y me permite cumplir mi objetivo de felicitar las fiestas a la menor cantidad de gente posible sin tener que dar explicaciones de mi supuesta y mal entendida falta de educación. De la fiebre consumista que lo invade todo en estas fechas, sólo diré que a mi los regalos me saben mejor en primavera y si además no se ha tenido que utilizar una tarjeta de crédito me vuelvo loca de alegría y el poso permanece anclado en mi memoria para siempre.

Hay personas que  sólo se acuerdan de una una vez al año y  esa vez es precisamente en navidad. Envían el socorrido sms  el día 24 o el 31 y listo, ya se es buena persona y se ha cumplido con las reglas de la educación, la bondad y el saber estar.  Pues no señores, no es tan sencillo. Y ya no digo nada de los colapsos en el móvil con los mensajes en cadena con cero gracia la mayoría y que recibes repetidos tres o cuatro veces al día. Mi segundo objetivo en estas fechas es que las compañías telefónicas no se forren a mi costa, que ya bastante lo hacen el resto del año.

Durante la blanca navidad  cenar tranquilamente en un restaurante  es misión harto imposible y si lo consigues, mantener una conversación en un tono de voz normal requiere un esfuerzo titánico. Cuando por fin logras  hacerte con una mesa resulta que tienes al lado a 24 personas con matasuegras y gorritos  de colores que impulsados por el espíritu navideño, no paran de berrear y hacer aspavientos y cualquiera dice nada, porque claro, estamos en navidad. No digamos ya si después de la cena  pretendes tomarte una copa en tu bar de cabecera, ¿se fabrica un alcohol especial para estas fechas?, ¿por qué la blanca navidad está siempre poblada de triunfitos, chiringuitos, tractores amarillos y bombas? Me produce escalofríos sólo pensarlo. En navidad el cine tampoco es una opción, centros comerciales atestados y cartelera poblada de animalillos que hablan, comedias de temática navideña simples y totalmente carentes de gracia o las consabidas películas de corte bíblico, con ese color tan especial y esos doblajes imposibles. De la televisión ya no digo nada porque, salvo excepciones, el resto del año tampoco lo es, aunque sí merecen especial atención por infumables esos programas enlatados con los que todas las cadenas nos deleitan durante varios días y que le suben la moral a cualquiera. Menos mal que yo tele la justa y gracias a Dios o a quien sea que aún quedan librerías en donde uno sigue siendo libre para elegir.

Ya veis cómo fluye mi espíritu navideño y la verdad es que mientras estoy escribiendo esto me doy cuenta de que debo de ser un poco rarita, porque, y aunque no muy a cuento,  me viene a la cabeza que tengo también una idea bastante particular sobre entierros y funerales, pero eso da para otro post por lo menos y no es cuestión de divagar.

Mi blanca navidad ideal podría ser en un lugar en donde no se celebrase la navidad a poder ser en un país pacífico y con sol, ya puestos a pedir. Rodeada de las personas que quiero y que me quieren y a las que acompaño durante todo el año, aquí y en la distancia, sufriendo con sus penas y disfrutando como una enana con sus alegrías. No decir “feliz navidad” ni “felices fiestas” si en verdad no lo siento, que de tanto repetirlo y de tanto oírlo, acaba por perder el sentido, como casi todas las cosas que se repiten por inercia. Pero sobre todo me gustaría ser todo el año mejor persona de lo que debo ser en Navidad y repartir paz, amor, felicidad y buenos deseos a todo el mundo también el resto de días del año. Ser mejor amiga, mejor compañera, mejor hija, mejor hermana y mejor todo y saber perdonar y rectificar a tiempo. Ganar en coherencia en algunos aspectos. No odiar, no enfadarme, dejar el orgullo a un lado en ciertas ocasiones y ser un poco más consciente de lo que ya lo soy de que la vida son dos días y vivirla en consecuencia.

Y llegados aquí y aún a riesgo de que os forméis una opinión equivocada y penséis que la primera hipócrita de todas soy yo, os diré que en esta blanca navidad romperé mis reglas unas cuantas veces con otras tantas personas, enviaré algún sms de «felices fiestas», me pararé en las calles con mi “igualmente” en los labios, quedaré con mi gente para el tradicional brindis del día veinticuatro antes de la cena, me tomaré una copita o dos el treinta y uno para recibir el año nuevo y algo haré para que los míos sepan que Melchor, Gaspar y Baltasar han pasado por casa. Y todo porque si no tendría que irme a vivir a una isla desierta y yo como la que más necesito del calor y el abrigo humano para vivir. Eso sí, me niego y me negaré siempre en estas y en las navidades que me queden por vivir, a poner cara de “qué maravillosa es la blanca navidad” mientras oigo de fondo el Corazón Latino el Devuélveme la Vida o me taladran los tímpanos con el chiringuito, el tractor o la barbacoa. Por ahí sí que no.

Y terminando de comer y del primer día de mis vacaciones navideñas  me quedo con las dos horas de charla con mi hermana, con sus abrazos, con sus palabras, con su ilusión y con el brillo que sale de sus ojos cuando me habla de lo que hace a diario en su trabajo, de sus proyectos  y de sus ganas.

6 comentarios

Archivado bajo obsidianablack

La solitaria navidad en compañía

Se acercaban las Fiestas. Esa blanca navidad de los villancicos, la pandereta, la lotería y las interminables cenas familiares y con amigos y compañeros. Mucha alegría, risas, alcohol, lucecitas, regalos…

Sin embargo ellos lo percibían de una forma distinta. La Navidad era época de separación, de ausencias, de no sentir la presencia del otro a tu lado. Significaba la ruptura de las diarias rutinas, esas que les mantenían en contacto, las que les permitían verse, mirarse, abrazarse  y amarse, buscando siempre lugares escondidos, lejos de los ojos curiosos de los transeúntes.

La llegada de las Fiestas les obligaba a estar a cada uno con su respectiva familia. Nochebuena, Fin de año, Navidad, Reyes… tantas reuniones…  pero solos, sin el amado. Había que poner buena cara, sonreír y cantar e intentar disimular la añoranza, la tristeza de la ausencia, aunque la mente siempre estuviera flotando alrededor de su recuerdo.

Cada brindis volaría silenciosamente en la distancia hasta el otro. Cada beso, cada abrazo sería secretamente entregado al amado no presente. Justo en estas fechas, justo cuando más querrían estar el uno junto al otro, murmurándose sus ilusiones, sus esperanzas de futuro, siempre inciertas pero ilusionantes, la blanca navidad les separaba.

Llevaban realmente poco tiempo juntos. Se habían descubierto por casualidad e iniciado una relación, a la que aún no se habían atrevido a poner nombre, que les había llevado hasta esta su primera navidad juntos pero, sin embargo, físicamente lejanos, separados.

Noche de amor, de paz. En un murmullo inaudible añadían “y sin ti”. Deseaban estar con el otro y egoístamente, olvidarse del resto del mundo, vivir su amor recién estrenado, disfrutar de las interminables horas de mirarse simplemente a los ojos descubriendo en ellos promesas de felicidad futura. Pero  no era posible. La realidad se había impuesto y cada uno estaba finalmente en su casa, con su familia, como decía la tradición que debía ser.

Los nuevos amantes, separados, intentaban sonreír, e ilusionados, esperaban el rápido final de esa blanca navidad.

9 comentarios

Archivado bajo Aspective_