Archivo diario: 22 diciembre 2009

El regalo de Gorio

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¿Blanca? Navidad

El tema de la semana me hizo soltar una risita y mirar hacia afuera. Efectivamente vi muchos colores, pero no blanco, nunca blanco. De hecho, lo que sí pude ver a través de la rendija que dejé abierta de la persiana, fue a mi perro, echado a la sombra, bufando, intentando soportar el calor.
Y pienso, ¿por qué en TODO el mundo se habla de la Blanca Navidad? Y me contesto: no seas estúpida. ¿Por qué más va a ser sino por el marketing? El amargado y famoso marketing, que controla nuestras vidas, nuestros gustos, nuestra mente y nuestro corazón sin que nos demos cuenta.
Para empezar, la Navidad se ha fijado el 25 de diciembre por conclusiones sacadas por teólogos. Lo que se festeja en Navidad, esto es, la natividad de Jesucristo, no pudo haber sido en invierno. Lo dicen las fuentes. Lucas relata que el hijo de Dios nació en una noche estrellada, rodeado de pastores que velaban la tierra y el ganado, que María parió en un establo una noche clara. Discuten los expertos: puede haber sido en primavera, dicen algunos. Fue en verano, dicen otros. Imposible saberlo. Pero sí saben algo: en invierno no fue.
¿Por qué debo escribir, entonces, sobre una Blanca Navidad? Nunca he vivido una. Mis Navidades las he vivido todas cenando a la intemperie con mi familia un buen asado, saliendo a la calle con copas de champagne a ver los fuegos artificiales a las doce, brindando mucho más tarde con mis amigos antes de salir a bailar, así, sin necesidad de siquiera un buzo de abrigo. Pero hablamos de blanco, porque allá arriba, sin ofender, se habla de blanco.
Y hay muchísimo más. Por ejemplo, hace casi cien años, allá arriba surgió una tradición. Una tradición que, como muchísimas hoy en día, surgió nada menos que del marketing. Surgió es el verbo equivocado: debería estar diciendo “se creó”. Hablo de ese gordito que supuestamente vive en el polo, aburrido, muerto de frío, y que no tiene nada mejor que hacer que pasarse todo el año vigilando que los niños se porten bien para llevarles un par de regalos.
Si cuando tenía seis años hubiese sabido que Papá Noel no era otra cosa que una figura abstracta e inexistente inventada por la Coca Cola (que remodeló viejas leyendas moribundas, y les puso nuevas ropas, acorde a los colores de su multimillonario logo) no me hubiera quemado la cabeza con mis más tempranas dudas existenciales y teorías de justicia social. ¿Por qué –le preguntaba a mis padres, tironeándoles de los pantalones- Papá Noel les trae cosas lindas y grandes a los niños que ya tienen juguetes lindos y grandes? Debería ser al revés. Porque hay niños que no tienen casi juguetes, como Mauricio, y Papá Noel le trajo unos muñequitos que venden en U.S.A. (el supermercado más sucio de la ciudad, donde todo lo que venden se rompe… qué ironía su nombre, ahora que lo pienso). Mis padres se quedaban desconcertados ante mis jóvenes y ácidas preguntas. No me acuerdo qué me contestaban, pero sí que sus respuestas nunca me convencían.
Ahora que estoy del otro lado, la Navidad me provoca sentimientos encontrados. Sí, me alegra, como a la mayoría: es una fecha para pasar con tus seres queridos, para divertirte, bla, bla, bla. Pero también me provoca cierta tristeza. Ver que todos alaban algo que no existe, que no entienden. No hablo de Dios. Porque la Navidad ya no se trata de Dios. Se trata de comprar regalos, de complacer a todos, de armar el arbolito, de comprar las luces, mierda, se quemaron, de comprar luces nuevas, y chirimbolos, y comprar y comprar y comprar. Se trata de alabar al nuevo Dios de la humanidad: el Dios Mercado. Éste sí que es todopoderoso: nos mueve a su voluntad. Ni siquiera sus inventores pueden con él.
Hemos creado un monstruo.

Sin embargo, todavía queda algo de humanidad en la Navidad. Todavía une a las familias un poco; los niños siguen iluminando las noches con sus sonrisas esperanzadas, mirando de reojo al árbol a cada rato a ver si no aparecieron los regalos, y sigue siendo divertido tirar bombitas brasileras (porque es lo único que me animo a tirar) cerca de los autos para que se disparen las alarmas… Además, hay que aprovechar, porque ¡nunca se come como en Navidad!
Intentemos disfrutarla, mientras podamos. A veces los mejores festejos no tienen sentido ni razón…
¡Feliz Navidad a todos!

DANIELA

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Navidad versus Primavera

En Navidad  el tiempo es de fiar. Sales de casa por la mañana y hace frío y con un poco de suerte nieva y hay una niebla chulísima. Cuando vuelves a casa por la tarde seguirá haciendo frío y es posible que durante todo el día no haya parado de jarrear.
En primavera hace un calor asqueroso, pero no te puedes confiar. Lo mismo hace calor por la mañana y cuando vuelves por la tarde ha caído la mundial de lluvia, se ha levantado un viento huracanado y llegas a casa con una tiritona.
 
En Navidad sabes qué ropa tienes que ponerte: toda la que haya en el armario. Calcetines chulos de colorines, botas guays resistentes al agua, un abrigo gordo con el que pareces un muñeco michelín, unos guantes preciosos, bufanda y además todos mis gorros. Todo el mundo va igual: forrado. 
En primavera llega el confusionismo estilístico. ¿ Qué te pones? ¿Manga corta con medias? ¿ Manga larga sin calcetines? ¿ Tirantes será demasiado? Mejor botas no, pero sandalias tampoco, ¡Dios mio! necesito zapatos de entretiempo..pero..¿qué coño es entretiempo? Un stress. Sales a la calle y te das cuenta de que no solo tú no sabes que ponerte, en 20 metros de acera ves a gente con botas y forro polar y otros con sandalias y tirantes.
En Navidad estoy pletórica de energía. Nada me da pereza. Quiero hacer cosas, salir de compras, ver amigos, ver a mi familia, ver incluso a mi familia política, ir al cine, a exposiciones, a ver las luces de Navidad, a pasear forrado de ropa. Soy actividad permanente.
En primavera no quiero hacer nada, no quiero comer, no quiero levantarme de la cama, todo el mundo me cae mal, mi trabajo me horroriza, mi familia me da pereza, mis amigos son plastas, no quiero salir de casa, no quiero pasear, no quiero hacer nada, mas que estar en mi sofá leyendo y esperar a que llegue el otoño o a que me toque la lotería y poder irme a vivir a algún sitio sin primavera. Si me dejaran hibernaria.
 
En Navidad hay regalos. Para hacer y para recibir. Me gustan los regalos, comprarlos y darlos. Me da igual que sea materialista, que sea consumista, que sea un invento de los grandes almacenes y desde luego no tolero eso de: mejor te lo compro la semana que viene que empiezan las rebajas. ¡cutre!
En primavera en los escaparates no hay más que ropa de verano que no puedes ponerte y con la que además te visualizas y dices: ¡ dios mio!…este año a la montaña.
En Navidad estoy más guapa, me favorecen los gorros.
En primavera quiero ser invisible, no me favorecen los bikinis.
 
En Navidad la ciudad está preciosa, me encantan las luces de colores, los adornos y los árboles. Los escaparates están decorados y los dulces de navidad son apetitosos aunque yo jamás coma ninguno.
En primavera la ciudad se instala en un calor asqueroso que te va a aplastando contra el suelo y a tu alrededor millones de partículas de polen vuelan haciéndote estornudar, rascarte el paladar con la lengua y tener los ojos rojos como dos tomates.
Navidad es en diciembre siempre. No hay cambios. Diciembre es un mes chulo y de confianza.
Primavera es cuando le apetece, desde marzo hasta junio, se concentra en mayo. Un mes feo y que me cae mal.
En Navidad está de moda decir: que pereza de Navidad. Yo digo: ¡ ole, ole, Navidad! 
En primavera la gente dice: que ilusión…la primavera. Yo digo: putaprimaveradeloscojones….
En Navidad estoy más feliz que una perdiz.
En primavera soy horriblemente desgraciada, desagradable y hostil.
 
Adoro la Navidad.
Odio la primavera.

 

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