Archivo diario: 19 diciembre 2009

¿Quién dijo que no podía?

Ya desde pequeño la manipulación de su cuerpo, sus apetencias e ideas se conformaban en relación a los deseos de sus progenitores.  Si bien en determinados momentos las órdenes impuestas estaban cercanas a lo que quería, él no lograba centrarse en un aprendizaje que, cada día, era más riguroso y exigente. Al fin y al cabo solo quería divertirse y eso lo lograba en contadas ocasiones. A pesar de su corta edad su experiencia era ya amplia. Diversas habían sido las disciplinas practicadas producto, en su mayor parte, de los variados cambios de horario de las clases de apoyo, la catequesis, el inglés o, pues aquí también se producían, de los compromisos sociales de sus padres.

La edad es inexorable y llegó un momento en que debía decidirse –y aquí de nuevo sintió la presión familiar- por una determinada actividad. Destacaba en lo que hacía, eso era cierto, pero ninguno de los expertos ponía la mano en el fuego para certificar que ese progreso le llevase a cimas muy altas. Sólo su padre mantenía una fe ciega en él, aunque esa ceguera realmente era el deseo de convertirse él mismo en el padre de alguien famoso.

Pasaron los años y la frustración de su padre se hizo realidad cuando él decidió que no continuaría con ninguna de las actividades. Prefirió, al igual que otros muchos, que quería divertirse de otra forma sin que esto supusiese que, en ocasiones, no lo hubiese hecho antes. Pero todo se truncó por causa de una despedida de soltero en la que él, a regañadientes, había aceptado continuar con la juerga si bien debían desplazarse al pueblo vecino, distante tan solo doce kilómetros.

Por sus mejillas no cesaban de deslizarse infinidad de gotas segregadas de sus párpados. Su cabeza erguida y la mirada fija en un paño de tela, que graciosamente ondeaba por mor del viento reinante, compungía todo su corazón. Sus puños se encontraban fuertemente cerrados, esta vez no por la rabia que había sentido en otras ocasiones. Por el sitio en que le habían instalado, y del que necesitó de cierta ayuda para subir, se sentía transportado hacia el cielo. Quizás era allí dónde quería estar para poder mostrarle, a su padre, el orgullo que sentía. Su madre, defensora a ultranza de cualquiera de sus antaños deseos, lloraba desconsoladamente sin que pudiera ser calmada en esta actitud por ninguno de los otros familiares allí congregados.

Por los altavoces de estadio se hicieron escuchar, en varios idiomas, tanto su nombre como el de otras dos personas también próximas, aunque en nivel inferior de altura. Tuvo que inclinar la cabeza para, a la vez que saludar respetuosamente a quién le ofrecía la mano y le dedicaba unas emocionantes palabras, dejar que colgase sobre la misma una cinta de colores que se deslizaba por una pequeña argolla incrustada en un pedazo de metal. Sus párpados continuaron manando líquido cuando una música –a la que en otras muchas ocasiones había criticado como pachanguera- hacía ondear de entre las gradas multitud de banderas.

¡Cuántos sacrificios para poder conseguir todo esto! –pensaba y se decía a sí mismo., pero mi fuerza de voluntad lo ha logrado. En las pantallas de televisión, sobre un primer plano de su emocionada cara y el transfondo de la bandera nacional, apareció un rótulo: Medalla de oro y Campeón Paralímpico de 1.500 metros.

JOSE MANUEL BELTRAN

Este pequeño relato está dedicado, especialmente, a todas las personas que sufren cualquier tipo de discapacidad. En algunas ocasiones esa discapacidad, o quizás mayor, la sufren muchos de los que dicen considerarse «normales». Me refiero a la discapacidad sobre la inteligencia. Si alguno quiere leer un poco más, teclear este link.

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