Archivo diario: 12 diciembre 2009

Observaciones ciegas

Instantes antes gritó: ¡Me has arruinado la vida!. Le observé y, al final, se lanzó al vacío. En todo el remolino de gente, dos mujeres se afanaban con gran sutileza en apropiarse de las carteras de algunos de los allí reunidos. Unos niños, ajenos a la escena, jugueteaban ante la despistada mirada de sus madres. El mayor imponía su fuerza física ante los otros para conseguir ser él quien ganase el juego, por supuesto, alejado de todo tipo de reglas.

El barrendero y otro ayudante -el cual no era necesario- deslizaba su cepillo por la calle, a lo sumo en tres ocasiones seguidas, para inmediatamente interrumpir su tarea y fumarse un nuevo cigarrillo. El ayudante le reía las gracias. A simple vista parecían una pareja bien avenida pero, según iba subiendo el tono de la discusión, los gestos de él denotaban un acusado machismo.

Pasó muy cerca de mí. Seguía vistiendo con la sotana tradicional pero ese disfraz se volatilizó cuando un mendigo le solicitó una pequeña limosna. En el metro, unos jóvenes increpaban y manoseaban a una asustada chica aparentemente de origen africano. Nadie se preocupaba por ella. Al cambiar de vagón, todos los asientos estaban ocupados. Dos ancianos se esforzaban, como podían, en no perder el equilibrio una vez puesto el tren en marcha. Los asientos continuaron ocupados por las mismas personas, todas ellas de menor edad.

Estaba a punto de atravesar el paso de cebra junto a otros muchos transeúntes que aguardaban el cambio del semáforo. Allí mismo se quejó de un fuerte dolor en el pecho, cayendo al suelo. Rogó, por favor, que de uno de sus bolsillos sacaran unas pastillas para colocárselas debajo de la lengua. El semáforo cambió y todos los transeúntes siguieron su camino. La cola, para la demanda del puesto de trabajo, era larga. Le pidieron el curriculum y dijo no tener ninguno. Solo portaba una excelente carta de recomendación del director de la prisión. La respuesta fue inmediata. Su carta no fue admitida y el puesto de trabajo quedó para otro.

Ahora, ya no puedo contar más. Son muchas más las observaciones de situaciones tan o más desagradables como las relatadas. Nos llaman a la consulta con excesivo retraso sobre la hora prefijada. Es extraño pues es una clínica privada. La enfermera, descuidadamente, no ha terminado de abrocharse todos los botones que resguardan su apreciada pechera. Su pelo también está alborotado. El doctor está mostrando las pruebas y yo le escucho claro y atento. Sin poder llegar al final mi madre se pone a llorar. -No te preocupes, mamá. Yo ya he visto lo suficiente-.

-Señora, su hijo nacerá ciego. Lo siento mucho.

JOSE MANUEL BELTRAN

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