Archivo diario: 9 diciembre 2009

Tu rostro

En ocasiones, cuando tengo la guardia baja y las defensas rendidas, de nuevo veo tu rostro. Lo veo en la penumbra de aquel rincón impensable, era la primera vez, y cien ojos invisibles nos contemplaban. Fue un roce fugaz, un amago y un adiós extemporáneo. Sin embargo tu rostro quedó impreso en mi retina, indeleble en mi memoria,  como el sutil contacto que tuvimos.

Veo también esa sonrisa, deliciosa, amable,  que surge de repente y cambia el día y el ánimo, que cual piedra filosofal, transmuta el entorno y surge un edén donde estaban el frío cemento y el sucio asfalto. Mientras, tu lengua, pícara, juguetona, se esboza levemente entre tus dientes y muestra la niña traviesa que aún habita en ti.

En ocasiones, cuando el sueño va ganando terreno a la vigilia y la oscuridad reina en derredor, creo ver el brillo de tus ojos, de los cuales los míos no pudieron apartarse aquella vez. Quizás es el titilar de los astros nocturnos asomándose por mi ventana y el sueño, o la ilusión, me empujan a la confusión  y sólo veo lo que tanto ansío ver de nuevo.

En ocasiones, cuando la brisa arrecia y la siento firme en el rostro, veo, imagino, sueño, que son tus manos que se acercan a mi cara y la acarician,  como aquella vez, deteniéndose un segundo en su camino, y permitiendo que ese suave contacto de tus dedos  lo sintiera cálido y dulce y me hundiera en un gozo  relajado, cerrando los ojos, intentando extender hasta el infinito el momento.

En ocasiones, cuando el invierno media y su fin aún no se insinúa, veo en los alcorques de mi jardín, húmedos, mojados por la escarcha, el crecimiento pausado y lento de los frutos de los limoneros que planté para inundaran con su perfume mi casa y así estuvieras siempre presente, siempre conmigo, envolviéndome en tu aroma.

En ocasiones, sin embargo, veo la verdad. Miro, con desesperación, en todos los lugares donde alguna vez te encontré, te busco ansioso, loco, angustiado. Pero no estás. Sé que no fuiste una ilusión pues mi imaginación no pudo inventar, pobre de ella, la sensación de aquel beso, de aquel abrazo. Pero no estás. Igual que la magia o la casualidad te hizo llegar hasta mí, de repente, sin avisar, sin estar preparado para ti, un día, sin que nada despertara mis alarmas, tal y como anunciaste que podría suceder, desapareciste, te fundiste en una nada inmensa que no puedo abarcar con mi búsqueda.

Fiel a tu compromiso me dejaste un mensaje. Dijiste una única palabra.  La que nunca quise escuchar. La que me dejó deshecho y roto: Adiós.

14 comentarios

Archivado bajo Aspective_

Chusmeríos de oficina

Aunque lo tengo prohibido, en ocasiones veo los documentos de los clientes que vienen a la oficina; claro está, medio a escondidas. Aunque nadie se fija lo que hace el otro: todos están con la cabeza en sus problemas, sin conversar, mirando el vacío…tal vez pensando en las cuentas, o en la tarta de zapallito esperando pacientemente en la heladera, o en el recital del niño, que mira si no llego, o en la impotencia del marido o en la candente noche anterior con aquel desconocido, si Pepe se llega a enterar, o en el hermoso día de playa que está haciendo afuera… En fin, en cualquier cosa menos en esta espantosa oficina de escritorios grises y piso negro y opaco y ventanas pequeñas.
Así que como me aburro de muerte y soy el encargado del viejo y maltrecho fax, a veces me pongo a husmear.
No siempre son cosas internas: como este es un telecentro, el envío y la recepción de faxes es uno de nuestros servicios. A veces llegan y nadie va a buscarlos en un buen rato, y bueno. No me culpen: si trabajaran en una oficina de telecomunicaciones en un pueblo de 20.000 personas, sabrían cómo me siento y hasta qué nivel llega mi frustración.
Se ven cosas curiosas en este tema del fax. Una vez llegó un dibujo de un niño con una notita en un margen, que decía: “Para Papá”, claramente escrito por él. Nadie lo recogió. Me imagino que el nene se habrá subido a un banquito y comenzado a apretar botones. Me imagino una historia triste en los ojos del niño.
Y hoy por la mañana llegó algo que me asustó. Una carta de despido para el Franky, el mejor compañero de todos, con el que me voy a tomar cerveza los viernes. El único al que le queda algo de personalidad aquí; es joven y la burocracia no se lo ha comido ni le ha chupado la vida.
Era un fax interno, en el que definitivamente no debí haber metido mi narizota. Pero lo vi. Tras cavilar casi dos horas sobre qué hacer, corrí a decirle al Franky. Gran error. Mi maldito superior estaba en el cubículo de al lado pasando unos mails.
Están decidiendo qué hacer conmigo. El Franky, siempre bromista, maldito desgraciado, dice que ya que están en eso del recorte del personal, me van a pelar a mí en vez de a él, por soplón.
Y yo que quería ser buen tipo. La próxima dejo que lo garquen, y que se vaya a la mierda.

(La próxima doblo el fax enseguida de recibirlo. Mierda. Voy a extrañar el Internet gratis.)

DANIELA

7 comentarios

Archivado bajo Daniela_