Archivo diario: 5 diciembre 2009

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, de forma descarnada, poco después de descubrirse el paradero del cuerpo. Hasta entonces, y aún a pesar de la poca edad de Alicia, el tratamiento del suceso había sido el habitual, es decir, unas pocas líneas.

Alicia, de tan solo seis años de edad, fue vista por última vez a eso de las seis de la tarde. Jugaba con otras amigas en el parque cercano a su casa al supuesto cuidado de su abuelo, quién aparecía más entretenido en la partida de ajedrez que, de forma habitual, disputaba con su amigo Ramón en uno de los bancos del parque. Las amigas de Alicia solo recordaban que ella fue quien se decidió a cruzar el seto para recoger la pelota, torpemente lanzada por una de ellas, y que se alejó de la zona demarcada de juego. Alicia no volvió y es allí donde la tragedia empezó a fraguarse.

Es verdad que J.R.C., a esas horas,  se encontraba en esa misma zona como también es verdad que fue él quien ayudó a Alicia a sacar la pelota de un pequeño zarzal ubicado al otro lado del seto. Pero, por mucho empeño que puso su abogado ante el juez especialmente nombrado, con hincapié en la inexistencia de pruebas fehacientes el veredicto fue de culpabilidad. Valieron más las presiones de los medios de comunicación, así como la de los familiares –éstas de por sí lógicas por su dolor- que se veían incrementadas por las de los curiosos, vecinos y todos aquellos que se dejaban manipular por la pasión y no por la razón. El cuerpo de Alicia apareció salvajemente golpeado y el dictamen del forense detallaba que también había sido objeto de abuso sexual con penetración.

Doce años y cuatro meses. Ese era el tiempo que hacía desde que ocurrieron los hechos. El mismo tiempo que JRC, primero en prisión provisional durante año y medio, y después con condena firme llevaba recluido en la cárcel de Guadalajara. La cárcel es ya de por sí un suplicio pero para un violador lo es mucho más: es un peligro superior al del exterior. JRC siempre afirmó de su inocencia aunque este detalle era superficial: todos los condenados dicen que son inocentes, por lo que podría seguir anunciándolo durante otros doce años más hasta completar su condena. Toda una vida por delante, toda una vida perdida entre rejas sabedor él que no tuvo nada que ver con el asunto.

El abogado de JRC, fiel a su convicción profesional así como a la personal con su cliente, no cejó ni un instante durante todo este tiempo. Sí, lo logró. Ahora se trataba de darle la misma o mayor publicidad que la que tuvo en su día. Fue él quién convocó a todos los medios que, por supuesto, se hicieron eco de la sorprendente noticia.

La pequeña ventana del confesionario se abrió. Una voz lánguida susurró: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

–          Padre, yo me confieso.

–          Dime, hijo.

–          No sé hasta que punto la presión social fue superior a mi conciencia como profesional. Cometí un grave error que ahora quiero reparar ante Dios.

La confesión se hizo extensa pues así lo necesitaba quién, arrodillado, no sabía como exculparse. Al final cumplió con la penitencia impuesta. Tres Padre Nuestro y dos Ave María. Después de ese deber se dirigió hacia la salida. Allí, las cámaras de televisión y el resto de los periodistas y fotógrafos asediaron al penitente.

–          Juez, ¿es verdad que ha quedado demostrado que JRC, a quién usted condenó por la muerte y violación de Alicia, es inocente?

El juez solo les dio una respuesta.

–          Yo ya me confesado ante Dios y ya he cumplido con mi penitencia.

Han pasado dos años desde que JRC salió de la cárcel. Todavía sigue pensando que la sociedad no terminará nunca de pagar la deuda que mantiene con él, sobre todo porque él también confesó en su día, lo que ocurre es que él decía la verdad.

JOSE MANUEL BELTRAN

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