Archivo diario: 24 noviembre 2009

El cine

Es, está bien, una forma de entretenimiento. Una fuente de trabajo. Una inversión, y una diversión. Una actividad para hacer en familia, con amigos, en pareja. El cine une. Pero también unifica, y sobre esto quiero hablar.

El cine es algo más que algo que hacer una tarde lluviosa o un domingo de invierno o la noche de un sábado luego de cenar. Es, como cualquier otro medio masivo, un sistema que, de usarse de la manera conveniente, puede ser tanto una herramienta como un arma.

El cine exporta cultura, masifica, homogeiniza, incrusta mensajes en el cerebro. Hay películas con moraleja, y películas con mensajes subliminales que se nos clavan en alguna parte de la mente como se clava una nota con un alfiler sobre una lámina de corcho. Y en la mente no hay viento que vuele las notas: es difícil sacarlas de ahí si se carece de experiencia y de pensamiento crítico.

Como la televisión, la radio o Internet, el cine tiene razones de ser. Misiones. Estas pueden ser didácticas, catárticas, moralizadoras… Igual que las tragedias y las comedias griegas de los tiempos antes de que la historia se dividiera en dos. (La originalidad es muy rara de encontrar en estos tiempos).

El tema es cuando la misión es tan inteligentemente tramada que ni siquiera nos damos cuenta: cuando se busca unificar todo bajo una sola cultura, exportar costumbres, tradiciones, palabras, ways of life, y no lo notamos…

Bueno, o eso era antes. Ahora, las misiones se hacen tan evidentes que dan asco.

C’mon yankees. Al menos, disimulen, porque mientras nuestras desgraciadas exportaciones de commodities siguen bajando, la importación de vida cada vez viene más cara y de peor calidad.

¡Limítense a las comedias románticas!

DANIELA

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¿Vamos al cine?

Por fin habían conseguido encontrar un día para verse. Él quería una cita, ella algo menos comprometido, algo dónde si te ponías nerviosa nada más verle, y tenías la sensación de “mierda, me he vuelto a equivocar”, pudieras disimular, porque habría más cosas que hacer que mirarle a la cara.

Él quería pasar a buscarla pero ella no quiso. Había que minimizar el tiempo de roce, no fuera a ser que ya en el coche ella se hostilizara y la noche fuera de mal en peor. Quedaron directamente en el bar al lado de la puerta del cine.

–          ¿Tomamos una caña? – Propuso él.

–          Claro.- A ella le pareció una buena idea. Relajaría la tensión del encuentro, después de tantos años y tanto brujulear, mejor ahogar los nervios en un poquito de alcohol.

–          ¿ Me pides otra?- Tenía la boca seca.

Se les hizo un pelín tarde y mientras iban entrando al cine, él le confesó que no le gustaba nada  llegar cuando las luces de la sala ya estaban apagadas. Le molaba el ritual de buscar la butaca, acomodarse y esperar a que la proyección comenzara.

Según iba escuchándole, ella empezó a notar una desagradable presión en su vejiga, pero decidió obviar los síntomas. Tragarse dos cañas en 5 minutos no había sido buena idea, pero decirle que se pasaba por el forro el interés de él en el ritual del cine, iba a quedar borde incluso para ella.

Decidió que le acompañaría dentro  y una vez acomodados, se levantaría educadamente e iría al baño.

¡ Horror! ¿Cómo era posible? Sus entradas estaban situadas en el mismísimo centro de la fila, lo que viene siendo el puto medio de la sala. ¡Mierda! ¿No sabía él que siempre era mejor pasillo por si había que huir? Bueno, daba igual dónde estuvieran sentados, ella tenía que levantarse.

–          Perdóname un momento. Tengo que ir al baño.

–          NI de coña me dejes aquí solo. No tienes 5 años, te aguantas.

Lo dijo tan serio que ella no se atrevió a moverse. Confió en poder abstraerse con la peli y en que los años que llevaba controlando esfínteres le sirvieran para no montar el espectáculo en la sala.

Se acomodó como pudo, intentando no presionar su vejiga en exceso. Dejó el bolso en el suelo, se quitó el abrigo, se desabrochó disimuladamente el cinturón y miró fijamente la pantalla.

–          ¿Cuánto dura?

–          Más de dos horas.

El mundo se le vino encima. ¡DOS HORAS! ¡Mi reino por un pañal, o incluso una sonda…cualquier cosa por favor!

Cuando ya veía el final de su suplicio, la película acabó con esta escena y ella salió corriendo de la sala como alma que lleva el diablo.

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