Archivo diario: 21 noviembre 2009

Ribeiro y queso de tetilla

Como de costumbre, minutos antes de las siete de la tarde, se encontraron para tomar unas últimas tazas antes de regresar a casa. Seguían siendo fieles a esa cita a pesar de los muchos años que habían transcurrido desde que abandonaron su niñez. A esa hora la calle Real era transitada, en su ir y venir desde la elegante Plaza de María Pita hasta su fin en calle Nueva, por todo tipo de público. El sonido acompasado de los viandantes, producto del golpeo de los tacones contra el empedrado de la calle, se difuminaba cuando el reloj de la plaza empezó a anunciar por medio de sus campanadas que eran las siete en punto.  Las tazas de ribeiro estaban servidas y, nunca como simple adorno, acompañadas por un buen queso de tetilla especialmente delicado para el paladar de ambos.

Andrés portaba una bolsa grande que contenía el dispendio de sus últimos ahorros. Dos pantalones, un jersey y una cazadora, todos ellos de color oscuro, adquiridos en la aledaña tienda de Zara. Es curioso como la climatología marca normas en el color de nuestras vestimentas y es por ello que, los habitantes del norte suelen vestir prendas de color más oscuro que los del sur.

Después de repasar, de forma breve pues ambos habían leído las crónicas en el periódico, la mala fortuna del Deportivo en el último partido la conversación giró sobre cuestiones más bien intrascendentes. Anxela reposó sus labios sobre la taza de ribeiro de una forma tan sensual que Andrés quiso entenderlo como si de una sugerencia se tratase máxime cuando, en ese mismo instante, entrecruzó sus piernas provocando que su ya menguada falda dejase al descubierto buena parte de sus esbeltos muslos.

–          ¿Sabes?, el otro día leí unas colaboraciones por internet en las que diferentes personas explicaban y rememoraban el momento de su primer beso-

–          ¿ Y eso que tiene de particular?, respondió Andrés.

–          La verdad es que nada. Simplemente sentí curiosidad al denotar las diferencias de sensibilidad, según fuese un hombre o una mujer, quien las narraba. Anxela, repitió de nuevo el mismo gesto al volver a beber de su taza.

–          Quizás, dijo Andrés, es que nosotros seamos más enrevesados, ¡ya me entiendes!, y queramos alardear de todo aquello que, generalmente, no hemos llegado a finalizar y por tanto conseguir-.

La conversación siguió, aportando Anxela multitud de detalles, cada vez más subidos de tono en lo que al primer beso se refería. A Andrés le resultaba difícil la concentración. Anxela, de vez en cuando, se mesaba sus cabellos introduciendo sus finos dedos sobre su larga melena, para deleite y al mismo tiempo excitación de Andrés. Queriendo interpretar que era una forma de seducirle tomó entre sus dedos unos de los trozos de queso sin darse cuenta que, el elegido, formaba parte de la parte final, esa que se asemeja a la tetilla y de ahí su denominación. Ensimismado en Anxela, paseó la pieza por sus labios sin mordisquearla y acercándose a ella le susurró al oído.

–          Andrés, ¿estás de broma?, le respondió Anxela.

–          No, si tú no lo estás. Andrés sorbió totalmente el contenido de su taza y miró fijamente a los ojos de Anxela no sin antes desviar, de nuevo, la vista hacia sus piernas.

–           ¿ Son ya las ocho?, se preguntó a sí misma Anxela mirando su reloj. La señora de la limpieza habrá terminado, sentenció ella. Veamos hasta dónde llega tu broma.

Abonaron la cuenta y salieron juntos en dirección al despacho de Anxela. Efectivamente, se encontraban solos. Solo fue necesario encender la luz de una pequeña lamparita ubicada en una de las esquinas. Desalojaron todo lo innecesario, para ese momento, de la mesa de reuniones y allí mismo dieron rienda suelta a toda su expresividad corporal gozando al máximo de toda su sensualidad.

Anxela y Andrés se conocían desde niños habiendo compartido cursos completos de escolaridad y, posteriormente, en la Universidad de Santiago. Su longeva amistad no había sido impedimento para que cada uno encontrase, por separado, a su respectiva pareja. Anxela tenía un niño de ocho años y Andrés, a pesar de los adelantos médicos, todavía no había compartido fortuna con su mujer para obtener ese fruto.

Eran casi las diez cuando, cada uno por su lado, llegaron a sus hogares. A la mañana siguiente Anxela recibió un mensaje personal en el ordenador de la oficina.

“Gracias por todos estos años de amistad. Quizás debí hacerlo hace mucho más tiempo pero, a buen seguro, como ayer tú relatabas mi memoria no lo recordaría ni tampoco lo disfrutaría como ayer lo hice. Fue nuestro primer y último beso. Andrés”.

Anxela le respondió inmediatamente. “ Hoy, como todos los días, tomaremos nuestras habituales tazas. Te ruego, por favor, dejemos a un lado el queso de tetilla y el agradable recuerdo de ese primer beso. Anxela”.

JOSE MANUEL BELTRAN

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