Archivo diario: 11 noviembre 2009

Bambalinas

Bambalinas

Entre bambalinas como todas las noches desde hace más de 13 años, espero mi hora de salir y hacerles reír, dicen que soy graciosa, las críticas muy buenas, por eso llevamos tanto tiempo representando la misma función. Supongo que pensarán que soy feliz. Alguien que hace reír a los demás debe serlo ¿no?

Pero nadie sabe lo que cuesta, es más duro de lo que todos creen. En muchas ocasiones salir al escenario es jodidamente difícil. Ellos no tienen la culpa de estés hecha una mierda, que te sientas sola con el teatro lleno hasta la bandera, que te sientas perdida, que nos sepas qué va a ser de tu vida fuera del escenario, que se te escape el tiempo entre las manos, que veas como todos avanzan a tu alrededor y tú estás anclada desde aquél día.

¿Cuánto tiempo puede un corazón albergar esperanza? ¿Cuántas noches habré de soñar con algo que no llegará? ¿Cuántas risas puedo ser capaz de simular? ¿Cuántos días más desearé no haber despertado?

No pido demasiado, una vida digna, sin lujos, no necesito gran cosa, sólo algo por lo que desear levantarme cada mañana.

19.30 – Tengo que irme, me toca actuar, pondré mi mejor cara, les haré reír, me colocaré mi mejor máscara; máscara que tapa mis ojeras; ojeras que prueban que el sueño me esquiva por las noches, noches en las que vuelven las sombras del pasado sigilosas y punzantes que me susurran al oído todo lo que jamás seré y tendré.

19.30 – Tengo que irme, me toca actuar, pondré mi mejor cara, les haré reír…

Sandra

 

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Días señalados. Días especiales

En el momento es que escribo estas líneas, he vivido 18.360 días. Más que muchos, menos que algunos, pero eso ha sido, hasta hoy, mi vida. Una enorme e ininterrumpida cadena de días en los que los ha habido de todo tipo y para todos los colores. Días buenos, extraordinarios, mágicos, y por supuesto, días negros, horribles. La mayoría, posiblemente anodinos, insulsos, que no serán recordados por nada.

Hay efemérides conocidas, incluso por anticipado, que quedarán señaladas para siempre y que puedes llegar a fijar conscientemente: el día de tu boda, que eliges calendario en mano (y del que luego te olvidarás año tras año con nefastas consecuencias). Hay otros que sin ser calculados con exactitud, pasan también a la agenda de los grandes momentos, los nacimientos de tus hijos, por ejemplo. Los hechos luctuosos también dejan ronchones a lo largo del calendario de nuestra vida, unos cardenales que nunca acaban de curar. Podemos fijar también, dependiendo de nuestra memoria, aquellos días en los que decisiones conscientes y más o menos consecuentes, nos hicieron emprender singladuras con una derrota determinada consecuencia de nuestra elección. Pensad en el día que decidisteis qué carrera cursar, o no estudiar, el momento en que disteis la señal del piso que se convirtió en vuestra casa… hay muchos días así.

Sin embargo, los días que más me gusta buscar, investigar y localizar en el fondo del baúl de la memoria son aquellos en los que sin darte cuenta, sin ser en absoluto consciente de ello, sin pretenderlo siquiera, suponen un cambio drástico de rumbo en tu vida. Sucede que de repente, un día, te planteas “Pero ¿cómo he llegado yo hasta aquí? Si yo lo que quería era…” Puede ser bueno o malo, pero ha significado llegar a una meta muy distinta de la que tenías inicialmente marcada.  Empiezas a reconstruir hacia atrás los hechos, día a día, momento tras momento, y ves una sucesión de casualidades, que comenzó ¿Cuándo? Tal vez el día en que sin aparente motivo escogiste un camino diferente para volver a casa, o decidiste entrar a comprar tabaco en ese nuevo estanco. Da igual. Unos lo llamarán destino, otros, azar, pero lo importante es que esa nimiedad desencadenó, cual efecto mariposa, un torrente de otras nimiedades que, sin tu voluntad, construyeron tu presente u condicionaron tu futuro.

Como no sé si estoy siendo muy críptico, unos ejemplos, ficticios, quizás lo ilustren: Como todos los días sales cansado del trabajo, pero hace buen tiempo, y decides que tomarás el autobús una parada después para hacer algo de ejercicio. No lo has hecho nunca antes, pero hoy te parece una buena idea. Caminando, te encuentras de repente con alguien a quien hace muchísimo tiempo que no ves y que, además, tampoco suele ir por ese camino. Os paráis, charláis un rato poniéndoos brevemente al tanto de vuestras vidas, intercambiáis los números de teléfono y cada uno continúa por su lado. Coges tu autobús en la parada prevista, llegas a casa y sigues con tu rutina diaria. El día acaba y no eres consciente de que algo ha cambiado. Se ha sembrado la semilla de lo que será, con el tiempo, un gran cambio para ti. No marcas ese día de ninguna forma especial, porque no lo es. Aún no lo es para ti. Y si más adelante no lo buscas detenidamente en la memoria, pasará desapercibido y sin embargo puede haber sido una de los más importantes en tu vida. Porque pasadas dos semanas, o tres meses, esa persona que te encontraste te llama. Ha recordado que le dijiste que eras trabajador especializado en recortar rebabas metálicas de los casquillos de las bombillas de bajo consumo y resulta que en su empresa están buscando uno. ¿Y tú estabas en paro, no? O bien es para invitarte a una fiesta en la que te presentarán a la hermana de una amiga de esta persona que, con el tiempo, será contra quien te cases. Y serás capaz de determinar cuándo empezaste a trabajar, o qué día conociste a tu futura.

Es muy difícil de hacer porque  la vida no se para y siempre podrías ir algo más o menos hacia atrás, en la reconstrucción de esa cadena de hechos. Pero yo creo que sí, que casi siempre sería posible marcar ese día en tu vida. Y a mí me gusta hacerlo. Fijar el momento en que todo cambió realmente.

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