Archivo diario: 8 noviembre 2009

Sentimientos.

-Estaremos muertos, pero eso no quiere decir que no sintamos nada – protestó el elfo – y yo amo a esa muchacha.

– Es muy joven – replicó su mentor humano – aún, para vincularla a nosotros. Espera unos años. Total para ti no significa nada.

– Durante años he traído a otras “Milinas”, descendientes de aquella por la que realmente sentí algo…

– Eso es lo que no acabo de entender – le interrumpió su mentor –. Tú, que traicionaste sin dudarlo a tus compañeros de aventura, sin embargo estás obsesionado con una humana… muerta hace siglos.

– Es algo más que obsesión, Vlad, es amor…

– Pero en nuestra situación no debería importarte – le replicó Vlad – lo más mínimo. ¡Y más siendo como eres elfo! Incluso, como mortal, tu raza no siente, normalmente, más que desprecio por los humanos… Cuanto más en nuestra actual condición.

– En general admito que es así.

– Pero no con ella.

– No. Ella es idéntica a la original, a la que asesine.

– No sea tan melodramático. No se asesina a una oveja o una vaca… y para nosotros no son más que ganado… o en el mejor de los casos una posible incorporación a nuestro grupo, pues recuérdalo, Nathan: los vampiros no podemos tener descendencia porque estamos muertos.

-Estaremos muertos, pero eso no quiere decir que no sintamos nada – repitió Nathanael – y correspondemos a lo que se siente por nosotros. Durante siglos he captado temor, odio, miedo y envidia en aquellos que nos sirven, pero nunca un sentimiento benigno hacia nosotros…

– Y ¿Quién lo necesita?

– Y durante mi locura capté muchos sentimientos de desprecio y suficiencia, mezclados con odio y temor. Sólo ella tuvo sentimientos de ternura hacia mí.

– Le causabas lastima – despreció Vlad.

– Puede – aceptó el elfo – pero no la manifestaba como tal, sino como afecto, un tanto maternal.

– Por eso te enamoraste de ella.

– Sí. Y por eso quiero recuperarla en esta muchacha… antes que su familia la pervierta contra mí. Pero para llevarla a la Isla necesito que la trasformes, pues si el maestro viene y no lo está…

– No hace falta que venga ¡Yo tampoco te dejaría llevarla al santuario son vincular!

– ¿Lo harás?

– Sí- Lo haré… pero tú lo sufrirás cuando muera, aunque sea dentro de cuarenta años.

– Para eso falta mucho.

– No tanto… cuando ya no puedes morir.

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PD: Este texto será, casi con toda seguridad el último en una larga temporada, ya que motivos familiares me van a impedir durante unos meses seguir colaborando con vosotros.

Con la esperanza de poder volver a ello me despido con un hasta luego.

José V. Bau. (Lustorgan)

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Últimas voluntades

Como un año de estos voy a terminar muriéndome, por más que me fastidie perderme esta vida, es mi expreso deseo que a nadie se le ocurra pintarrajearme la cara, para aparentar que tengo buena salud. Me parece una auténtica memez.
 
Tampoco deseo que me vistan como si fuera a ir de boda o, lo que es peor, de entierro. Preferiblemente desearía no ser vista, pero si hay algún espécimen muy interesado en contemplarme en semejante situación, que me tapen con una sábana (de raso blanco, ese color me sienta bien), y que me dejen la cara al descubierto. Pensar que se me vea alguna otra parte del cuerpo, a estas edades, hasta a mí me da repelús.

No me apetece en absoluto que me hagan misas, sermones, bendiciones varias, o cualquier otra manifestación religiosa. Con mis respetos, para los que creen, creo que no creo. Así que no, gracias. Si me arrepiento o veo la luz, ya gestionaré la situación personalmente con el que más manda. Que no se me olvide decir que tampoco quiero discursos sobre lo magnífica que era , básicamente porque serían mentira. Así que como tampoco quiero que digan la verdad, lo mejor será que nadie diga nada.

Prohíbo esa tortura de los velatorios, eso de que se sienten al lado de mis supervivientes y les calienten la cabeza unos cuantos plañideros. Que tengan que ver la caja donde esté metida, horas y horas, mientras el reloj parece congelado, menudo rollazo. Que no, que no hace falta. Mis herederos están autorizados expresamente por mí para no estar presentes en el velatorio e incluso en mi entierro. Si yo pudiera, tampoco estaría.

He reconsiderado muy seriamente el hecho de donar mis órganos, pues con la vida que he llevado, no creo que sean de mucha utilidad, pero que por mí no quede. Dejo lo usable, con la única condición de que no le den mi hígado al enfermo de la 513, más que nada porque me cae como el culo.

Finalmente me gustaría y mucho que pudieran quemar la casa donde he vivido y en la que guardo todas mis cosas, sobretodo lo que escribí, me encantaría que nadie lo tocase, porque son pedazos de mi corazón, y no son trasplantables. Pero bueno, supongo que a mis otros 19 vecinos no les parecería buena idea, así que nada, me jodo.

Termino pidiendo que me pongan un buen libro dentro de la caja, un paquete de cigarros de mi marca habitual, un mechero, y una botellita de vodka.

Espero que respeten mis últimas voluntades, aunque claro, tampoco me voy a enterar. Es lo que tiene morirse (cagontó)

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