Archivo diario: 3 noviembre 2009

Muerta

Abrió los ojos de golpe. Ya estaba despierta. Sin transición entre los abismos donde había pasado las últimas seis horas y la luz que entraba por la ventana. Tenía pinta de no haberse movido durante esas seis horas. Estiró prudentemente un pie: dolor en la planta; estiró el otro, dolor en los dedos. Dio una vuelta para ponerse mirando al techo y comprobó que lo que fuera que había dentro de su cráneo giraba más despacio que ella. Notó  su cerebro rebotar contra las paredes al ponerse boca arriba: mierda, tenía holgura craneal, y de las buenas. Esto requería una actuación de emergencia.  Se levantó y fue andando hasta el cuarto de baño con los ojos entrecerrados, abrió  el armarito de las medicinas y saco el ibuprofeno de un gramo, un trago de agua directamente del grifo y a la cama otra vez. De pasada al tumbarse vislumbró su ropa y le pareció ver su bolso.

– “Ahora no, el control de pertenencias luego, ahora hay que intentar solucionar lo de la holgura craneal. Esa es la prioridad”.
 
Cerró los ojos y un millón de imágenes de la noche anterior le salieron al encuentro: no, noo… ahora tampoco… con el cerebro fermentando en ginebra es mejor no pensar en si hice el ridículo o no… cuando me despierte, más despejada.
 
Dos horas después pasó del sopor más absoluto a estar con los ojos abiertos intentado localizar el ruido que le llegaba de no sabía donde: ¡¡mierda, el movil! Rápida inspección visual: en la mesilla no está, tendré que levantarme… en los bolsillos del abrigo tampoco, en el pantalón tampoco ¿¿ El bolso?? Metió la mano para rebuscar mientras la música le taladraba el oído. No está, no está ¡¡He perdido el movil!!  ¡¡¡Mierda, he perdido el móvil!!!
 
– “No, a ver, no seas absurda, no has perdido el móvil… está sonando aquí, asi que no lo has perdido… Dios mío… estoy fatal. Lo mejor será que me calme y haga una inspección de la situación”.

Llegó  al baño y esta vez encendió la luz… ¡¡Por Dios…!!  Se arrepintió enseguida ¿ De verdad era ella ese ser con el pelo encrespado, la raya del ojo corrida hasta la altura de la barbilla y los ojos inyectados en sangre? No podía ser.  Ella se encontró ideal la noche anterior, varios amigos se lo habían dicho: “¡Estás guapísima!”  A la vista de esto estaba claro que la gente mentía.
 
Se lavó los dientes con fruición intentando ahuyentar el mal sabor de boca y la sequedad.  Tanta tónica no podía ser buena. Se metió en la ducha y dejo que el agua corriera para quitarle de encima el sopor, reactivarle la circulación y tratar de encontrarse mejor. Cometió el error de agacharse a por el champú y ¡CLONC!, su cerebro volvió a chocar con su frente. Por favor,  necesitaba que el cerebro volviera a su tamaño original o que su cabeza encogiera…,  pero esa holgura la estaba matando. Consiguió soportar la arcada, terminar de ducharse y salió del baño envuelta en una toalla.

-“Pero ¿a qué huele aqui? Pues a qué va oler… A tu ropa apestando a tabaco, copas, sudor y churros con chocolate.”

 Con mucho asco, lo cogió todo y lo tiró al cubo de la ropa sucia.

-“Pero…, aquí falta algo, ¿y mis zapatos? Dios mío… ¿vine sin zapatos? ¿vine descalza? ¿qué llevaba puesto?”

 Abrió la puerta del pasillo y allí al final, cerca de la puerta del salón,  los vió. Ahora se acordaba vagamente de que había entrado con ellos en la mano, no podía más con los tacones. Allí estaban, inservibles, con más mugre que otra cosa acusándole de borracha.
 
Consiguió llegar al sofá, se tumbó y pensó:

-“Dios mío… ¿de verdad le dije a ese tío que era el hombre de mi vida?. Me merezco estar muerta… no tengo vergüenza.”
 

Por molinos

10 comentarios

Archivado bajo molinos