Indecisión

Comenzó hace tres meses, durante el pasado verano. Me llamo Carlos, tengo 39 años y soy un hombre divorciado -desde hace dos años-,  sin hijos y sin nueva pareja, y a quienes todos sus amigos se han empeñado en buscar compañía. No me siento sólo  y me hacía gracia el empeño de todos mis amigos y sobre todo,  de todas mis amigas, en buscarme una nueva novia. Múltiples cenas, reuniones, discotecas, barbacoas… ¡que empeño en emparejarme de nuevo, dios mío! Sin embargo y a pesar de que no creo llevar ningún bagaje residual de mi matrimonio, ni mucho menos trauma alguno, no me encontraba con ganas de meterme de nuevo en líos. Nuestro divorcio, quizás una excepción, fue amistoso y acordado. Nos casamos muy jóvenes y simplemente, se acabó. El tiempo nos llevó a cada uno por un camino diferente  y afortunadamente,  ambos nos dimos cuenta a la vez. Por eso no hay resquemores ni rencillas pendientes. De hecho, volvemos a ser los buenos amigos que alguna vez fuimos. Ahora yo estaba muy centrado en mi trabajo y a la vez, disfrutaba de esta recién recuperada sensación de soltería. Ninguna prisa por encontrar a esa media naranja que los demás buscaban con ahínco para mí. No sé el porqué pero mis amigas casadas se tomaban como una afrenta, o como un peligro para sus parejas, el que yo estuviese libre de nuevo.

En una de las múltiples “citas a ciegas” que mi cargante entorno propiciaba,  siempre con ellos mismos como carabinas para comprobar si existía “química”, me presentaron a Raquel. Fue en una de las indigestas barbacoas que Sofía y Alex preparaban en su chalé de la sierra los sábados por la noche, durante las vacaciones. Aquel día, a pesar de que indudablemente la habían invitado para que fuera mi pareja oficial, no reparé mucho en ella. Era mona, sí, pero muy callada e introvertida y no destacó por nada especial. Ni la sangría, ni el frio albariño lograron sacarla de un mutismo que la hacía difuminarse entre la animación general del amplio grupo de amigos. Creí entender que era una antigua compañera de colegio de Sofía y que había regresado a Madrid recientemente, después de residir en el extranjero con su marido, un diplomático de carrera, del que también se había divorciado no hacía mucho. El atavío, en pantalones cortos y camiseta, como todos nosotros, pues el calor obligaba al uniforme, tampoco llamaba la atención. La velada, animada y divertida como siempre, acabó con algo de baile, momento  que aproveché para despedirme, por esa noche, de la concurrencia. Prácticamente no habíamos cruzado palabra.

Nos fuimos encontrando, es un decir, pues las invitaciones iban totalmente intencionadas, a lo largo del verano en muchas de las reuniones del grupo de amigos. Y gradualmente comenzamos a hablar. Casi por casualidad, te fijas un día en algo que ella comenta y te hace gracia. Das pie a un nuevo comentario y te sorprende con una gran agilidad mental y un excelente sentido del humor, algo sarcástico, y totalmente corrosivo. No la conocía realmente, pero el interés se fue despertando gradualmente en mí y al tiempo me encontré esperando con impaciencia la siguiente reunión. Poco a poco las conversaciones entre nosotros se fueron haciendo más personales, casi íntimas y excluyentes con el resto del grupo, que nos miraba con un cierto retintín. Especialmente Sofía, que cada vez que nos observaba sonreía, supongo que satisfecha del éxito de su labor como celestina.

Vencí mis reticencias iniciales y la invité a salir una tarde. Aceptó. Fue realmente agradable aunque no tengo un recuerdo muy claro de dónde estuvimos  o lo que hicimos pero sí que estuve totalmente absorto por ella. Su conversación, su risa, su saber estar, sus movimientos, me encandilaron. Sin embargo, recuerdo perfectamente la duda que me asaltó al llegar el momento de despedirnos junto a nuestros respectivos coches. Deseaba besarla. Sí, de esto estoy seguro, lo deseaba, pero sentía, a la vez, un freno importante en mi interior. ¿Quería realmente comenzar una nueva relación? Supongo que ganó el no, porque el momento pasó, nos despedimos muy formalmente, como amigos y cada uno marchó por su lado.

No volví a llamar y me las apañé para no asistir a las siguientes barbacoas, cumpleaños, o lo que fuese que estuviera programado. Ella tampoco llamó. Supongo que la formalidad de la despedida o el hecho de no telefonear,  fue interpretado por Raquel como un rechazo.  Pero no es cierto. Ansío volver a verla. Me gusta estar con ella. Disfruto de su conversación, su risa me pone mariposas en el estómago y es cierto que cada día que pasaba la encontraba más guapa, más atractiva… Hay un tópico según el cual el hombre que acaba de terminar una relación con una mujer, busca rápidamente otra pues no sabe apañárselas, no sabe estar sin una mujer a su lado. Quizá. Pero no era mi caso. Tal vez es que no tengo vocación de casado, o que estaba próximo a la crisis de los cuarenta y preferiría comprarme un deportivo. La verdad es que no lo sé. Pero quería conversar mi independencia, mi sensación de libertad, de no tener que justificarme por nada, de ir o volver sin tener que ponerme de acuerdo con nadie. De dedicarme a mis tontos hobbies sin que nadie me pidiese explicaciones sobre la forma estúpida de perder mi tiempo.

Pero me gusta Raquel. Me gusta mucho y quisiera volver a verla. Y reconozco que me encantaría abrazarla y hacer el amor con ella. Pero no sé cómo compatibilizar ambas cosas. Me da miedo perder mi independencia. Y me da miedo perder lo que puede ser una hermosa historia con Raquel. No sé decidirme. El tiempo pasa, cada día transcurre con la duda y sé que algo voy a perder.

Aspective

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10 comentarios

Archivado bajo Aspective_

10 Respuestas a “Indecisión

  1. De alguna manera me siento identificada con el texto… sobre todo con la parte final.

    Y me encanta que hayas escrito dos textos, je, porque lo que escribes siempre me sabe a poco, así que ahorita me voy a leer el otro. Besos.

  2. Gracias Sonvak.
    Siempre eres muy amable. Y al prota de la historia yo le diría que es un cobarde. Para no perder nunca, la única solución es no jugar. Pero así, tampoco se puede ganar ¿no?
    Pero debe de ser que está en la crisis de los 40. ja ja jaja

  3. Buen relato Aspective. La redacción estupenda aunque yo diría que “pie” no se acentúa (esto es por buscarle tres pies al gato 😉 )

    Te envidio la capacidad de abstracción para poder pensar las historias. Yo en cuanto intento ponerme a ello, tengo tantos “follones” y “nosequevaapasar” que soy incapaz de concentrarme.

    Besitosssss

  4. Gracias Montse; corregido .(Supongo que pasaría el corrector ortográfico del word por el pasado del vebo piar, je je je)

    Por contra, el intentar concentrarme en estas historietas logra abstraerme del resto de las preocupaciones. Funciona como una terapia que me relaja,
    Un abrazote

  5. Qué malvado!….grrrrrr…Nos dejas con la duda del qué va a pasar….y grrrrrr otra vez , jajajajaja.
    Me ha gustado mucho pero espero que haya una continuación y un reencuentro, ¿ sí ? porfaaaaaa…
    El siguiente es la continuación?…Voy a ver…jejje
    Un beso enorme.

  6. EEM:
    Estoy seguro de que finalmente elegirá a la chica pues ya sabes que dicen que tiran mas dos de esas que dos carretas. Así que será otro pobrecito desgraciado para el resto de su vida.

    (sí, sí y ella también o más, sí)

  7. jué, y a ti quien te ha contado mi vida, me has leído el diario? aunque yo ya voy por el capítulo 3, espero que sigas la historia, porque como me sigas acertando voy a ponerte una demanda.

  8. Piensa que en compañía se vive mejor pues el hombre es un ser social. No tengas miedo jeje Anímate.

  9. A mi también me parece algo bastante cobarde. Soy bastante hipócrita al decir esto, porque he pensado igual, pero creo que yo misma fui cobarde.
    Como dices, el que no apuesta no gana.

  10. En verdad estoy de acuerdo contigo danielita, esto es algo cobarde, pero que alguna vez tambien he pensado..

    saluditos

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