Archivo diario: 29 septiembre 2009

Promoción…

Hola a todos,

Creo que esto está funcionando. El mantenimiento que requiere el nuevo formato se reduce a hacer un pequeño cambio los Domingos por la noche (el tema), y a añadir a los nuevos usuarios. Algo que puedo hacer yo sin problema ninguno aunque en cualquier momento cualquiera de vosotros también puede encargarse si lo necesito. Así que la parte de mantenimiento solucionada.

En cuanto a la parte rítimica y de motivación, los que estamos participando estamos muy activos y noto mucho entusiasmo, así que, qué más se puede pedir. En mi opinión esto funciona, y no tengo más que verme a mi mismo que he recuperado, por fin, el gusto por leeros y comentaros, así como de escribir, que se me había difuminado estos últimos meses.

Dicho esto, voy a pediros una cosilla. Con el fin de conseguir más aportaciones, más usuarios y ampliar esta maravillosa comunidad, creo que sería bueno participar en los premios bitácoras, para darnos a conocer. Por lo tanto, los que seáis usuarios de bitácoras podéis votar a nuestro Blogguercedario desde este enlace:

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Y los que no seáis usuarios, si tenéis facebook, podéis logaros en http://bitacoras.com con vuestro usuario de facebook y votar.

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Antifaces

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.

Fernando Pessoa, Tabaquería.

San Dimitri era un pueblo más bien pequeño y tranquilo, de esos tapizados de adoquines y de siestas, en donde abundaba la gente de edad avanzada, y los escasos jóvenes se dedicaban a esperar impacientemente a tener edad suficiente para largarse muy, muy lejos, tal cual atletas esperando el disparo de salida al borde de la línea. Durante casi todo el año, la brisa era de los ruidos más altos que lograban escucharse en San Dimitri. No habían autos, porque todo quedaba al alcance de la mano, y resultaban inútiles y entorpecedores. Tampoco habían robos ni crímenes importantes: era demasiado riesgoso, conociéndose tan bien entre todos. Nunca faltaba trabajo, ni agua ni alimento. La economía del pueblo era morbosamente llevada adelante por un constante y utópico trabajo en equipo. Los más jóvenes y fuertes eran los encargados de la cosecha; los adultos se dividían entre los trabajos de fuerza y los intelectuales, como el comercio y las cuentas; los viejos, cuidaban a los más pequeños, contaban historias, preparaban la comida, adobaban la carne, pelaban las chauchas, ese tipo de cosas.
Así se desarrollaba la vida en San Dimitri de marzo a enero. Pero había una excepción: febrero. El mes de la magia. El mes del Carnaval.
En el Sur, era costumbre, durante el verano y particularmente en febrero, festejar algo que no quedaba bien claro qué era, pero que igual se festejaba en grande. En sus orígenes, se había tratado de un encuentro entre los negros esclavos, que a pesar de estar todos confinados entre los altísimos muros de la ciudad, siempre tenían ánimos para la música. Hoy, todo el pueblo se reunía en la calle principal, en las plazas, en el parque, para bailar desquiciadamente, mojarse y emborracharse. Venía gente de afuera en oleadas a la correctamente llamada “Capital del Carnaval” por las agencias turísticas y los programas de televisión, a disfrutar y reírse como nunca. En estas fechas, era costumbre disfrazarse, y eso hacía de la ocasión una todavía más inolvidable. Uno hacía lo que quería: arrojaba huevos a las casas de los profesores, le tocaba el trasero al alcalde, le robaba un beso a una chica enmascarada, se subía desnudo a bailar en el techo del ayuntamiento, y nadie sabía de quién se trataba. Al mes, todo se olvidaba y volvía ese sopor lleno de recuerdos agradables que mantenía a los pobladores vivos por once meses más.
Sin embargo, había en el pueblo un anciano de mirada oscura que odiaba el Carnaval. Trabajaba como todos los demás, contaba historias a los niños, sonreía, pelaba chauchas y adobaba la carne, pero en febrero se encerraba herméticamente en su choza a hacer quién sabía qué. Solamente le contó el por qué de su odio a una niña llamada Isabela. Después de aquel día, Isabela, una preciosa castaña de diez años, comenzó a hacer preguntas sobre los antifaces del Carnaval.
—Papá—dijo un día durante la cena, algo insegura—, ¿es verdad que si usas demasiado tiempo un antifaz se te pega para siempre a la cara?
Su padre y su madre y sus hermanos rieron, y le aseguraron que eso era una tontería. Pero Isabela no quedó convencida.
Mientras fue creciendo, todos los carnavales los vivió como los demás: bailando desquiciadamente, mojándose y emborrachándose, pero siempre sin antifaz.
Una fría noche de julio, ella y sus amigos se encontraban en un sucio galpón tomando cerveza, y jugando a un juego que acababan de inventar: “Me da miedo”. Cerrando una ronda, cada chico decía en voz alta lo que más le daba miedo; si los demás lo compartían, bebían de su botella. Si por el contrario era un miedo tan infundado y ridículo que el confesor se hallaba solo, él tenía que beber.
—Me dan miedo las arañas—dijo una chica de cabello rubio platinado y rasgos delicados. La mitad de los presentes bebieron, y ella sonrió.
— ¡Me dan miedo los payasos!—exclamó quien le seguía en la ronda, y todos rieron escandalosamente y le obligaron a beber. Así fue pasando la ronda, entre confesiones como “Me da miedo estar solo”, “Me da miedo perder a mi familia”, o “Me da miedo nadar” (más risas burlonas). Cuando llegó el turno de Isabela, ella se sonrojó un poco, pero declaró:
—A mi me dan miedo los antifaces.
Sus amigos la miraron extrañados, y entonces recordaron su extraña costumbre de no vestir disfraz en Carnaval.
— ¿Por qué?
Isabela se rascó una oreja, y dijo simplemente:
—Porque temo no poder sacármelo.
Algunos rieron; otros, intercambiaron miradas de asombro.
—Vamos, Isa, habla en serio. Todos confesamos nuestros verdaderos miedos…
— ¡Pero es verdad! ¿Recuerdan al viejo Sal? Aquel que nunca salía en Carnaval… Bueno, una vez me contó su historia…—La chica se aclaró la garganta. Le había prometido a Sal que no repetiría sus palabras a no ser que estuviera segura de que quien la escucharía lo entendería, como había hecho él. Decidió confiar en sus amigos. —Me dijo que cuando era joven había pasado un año entero fabricando el mejor antifaz que San Dimitri había visto jamás. Resultó ser tan real que cuando lo usó, todos pensaron que era un extranjero sin disfraz.
»El tema fue que entre la fiesta y las borracheras, olvidó sacárselo. Cuando llegó marzo, se miró al espejo, y vio aquella cara a la que ya se había acostumbrado. Había sido feliz en esa cara; los pueblerinos se habían enamorado de él, de ese extranjero simpático y atractivo. Decidió dejárselo puesto algún tiempo, para engañar a sus amigos y pasarla bien un rato más. Pero después de eso, no pudo quitárselo. Pasó un tiempo y quiso hacerlo, pero le dio vergüenza haber engañado a todos durante tanto tiempo. No se atrevió…
— ¿Estás diciendo que la cara del viejo Sal no era de verdad?
Isabela dudó.
—Eso fue lo que me dijo.
—No te lo creo.
—Piensa lo que quieras. Yo le creí entonces y todavía lo hago. Él era inmensamente infeliz, porque no era él mismo. No se había atrevido a serlo. Siguió el camino fácil: fingir. Luego, llegó el día en el que se olvidó de quién era y el antifaz se le pegó a la cara. Por eso les tengo miedo y no los uso. Prefiero no caer en la tentación.
Los demás ya no reían, sino que sus rostros se mostraban sinceramente confusos, casi respetuosos.
—A eso le tengo miedo—remató Isabela, con la voz temblorosa, pero segura de lo que decía. —A olvidar quién soy y quién quiero ser. A no poder sacarme el antifaz.
Y empinó la cerveza. Sin embargo, cuando la bajó, no pudo sino sorprenderse de que todos sus amigos estaban bebiendo con ella.

DANIELA

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Me da miedo. . . mamá

–              ¡¡¡¡¡¡¡¡Ahora escóndete que pasa un avión!!!!!!!!  ¡¡¡¡¡¡¡¡Venga cerda!!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡Muévete!!!!!!!

–          Ya voy. Es que me duelen las piernas.

–          Es que me duelen las piernas –se mofó de ella, imitando su tono de voz lastimero.

Se cubrió con una manta como mejor pudo y se quedó quieta mientras aquel avión pasaba por encima de su cabeza.

–          ¡¡¡¡¡¡¡¡Quieta!!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡ No respires!!!!!!!!

–          Ya no respiro, te lo prometo

Cerró la boca fuerte como los ojos, que le dolían a rabiar por la fuerza que imprimía a dicha acción.

La postura era difícil pero lo fundamental era adquirir la invisibilidad ansiada que le aportaría algo de tranquilidad y sosiego.

–          Ya pasó, pero eso no significa nada. Ahora debes vestirte.

–          Ya estoy vestid…

–          ¡¡¡¡¡¡¡¡Cállate zorra!!!!!!!! Si te digo que te vistas, te vistes y te callas.       Odio esa voz asquerosa.

–          Ahhh  – suspiró con medio hilo de voz aterrorizada-

Se dispuso a abrir el armario y sacó lo primero que apareció ante sus ojos, arrancándolo de las perchas. A continuación, se vistió, sin desprenderse del camisón manchado y roto que llevaba puesto

–          Ponte un cinturón.

–          ¿Para qué?

–          ¿¿¿¿Quién te ha dicho que puedes hacer preguntas???? ¡¡¡¡Obedece!!!!

Rebuscó en el armario, en los cajones y no encontró nada hasta que por fin lo vio. Estaba colgado al lado de la ventana –ignoraba quién lo habría puesto ahí- y sirviéndose de unas tijeras, consiguió ponérselo tal cual él le había ordenado.

–          Ahora, siéntate en aquella esquina y pon la nariz entre las dos rodillas, y cuenta del uno al ciento cincuenta y uno, sin parar. Si te equivocas, vuelves a empezar. ¡¡¡¡Adelante!!!!

Se arrastró hasta la esquina de aquella habitación, sorteando toda clase de objetos que estaban esparcidos por el suelo y comenzó la cuenta, una vez colocada según las instrucciones recibidas. Al abrir la boca para contar, notó como le entraban las lágrimas que caían a raudales por sus mejillas, incapaz de pararlas ni con los ojos cerrados

Sus ojos que aún permanecían cerrados. Apretados por miedo a abrirlos y encontrar su cara. Debía ser terrorífica y ella no estaba preparada.

–          ¡¡¡¡Cuenta más deprisa, majadera!!!!  ¡¡¡¡No sirves para nada!!!!  ¡¡¡¡Voy a tener que prescindir de ti!!!! ¡¡¡¡Eres una mierda!!!!

–          ¡¡No, te lo pido por favor!!

–          ¿¿¿¿AHORA LLORIQUEOS???? ¡¡¡¡Cállate subnormal!!!

En el salón de aquella casa, se encontraban reunidas cinco personas. Se miraban cautelosas y la tensión era palmaria.

–          ¿No tarda demasiado la ambulancia?

–          Tranquila, cielo. Enseguida llegarán y se harán cargo de tu madre –apostilló uno de los adultos presentes en aquella sala.

–          Es que verla ahí de esa manera. Arrastrada, llorando, hablando sola, me está matando.

–          ¿Y piensas que a nosotros no nos duele?  -acotó otro de los hijos- La última vez que me he asomado, ha cortado la cinta de la persiana y se la ha puesto a modo de cinturón.

–          Me da miedo, Rodrigo, me da mucho miedo que mamá no vuelva ser nunca la misma. Teníamos que haberla llevado antes, cuando dejó de dormir bien.

–          Tranquila Belén –intervino Raquel- No podías imaginar que dormir mal iba a acabar así. Es un brote psicótico. Nos puede pasar a cualquiera y ahora lo mejor es ingresarla. Ya verás como en unos días esto no será más que un mal sueño.

–          Está claro que se ha producido por los días que lleva sin dormir. En cuanto pueda conciliar el sueño………

–          ¿¿¿¿Los oyes???? Están ahí. Te están vigilando. ¿¿¿¿Te convences ahora???? Por eso no quería que durmieras. Tenías que estar alerta. ¡¡¡¡Eres idiota!!!! ¡¡¡¡No te enteras de nada, cretina !!!!

–          ¿Quiénes son?

–          Quiénes son… quiénes son … quiénes son –siguió burlándose con aquel soniquete que le dolía en las entrañas como si se las estuvieran arrancando de cuajo.

Oyeron la sirena de la ambulancia y mientras en el salón todos se pusieron de pie, en aquella habitación, aquella mujer se retorció en el suelo como si la estuvieran matando.

Corrieron a socorrerla, al oír los aullidos de dolor, absolutamente asustados. Se agacharon para recogerla e intentar calmarla.

Mientras le limpiaban las lágrimas y le retiraban el pelo de aquella cara irreconocible, entraron por la puerta aquellos profesionales, provistos de una camilla, que les urgieron a salir de la habitación, y, uno de ellos, presumiblemente el médico, de un maletín.

Permanecieron todos en el pasillo, tras la puerta cerrada, mientras los minutos se les hacían horas.

Cuando por fin se abrió, ella estaba en la camilla, relajada, dormida y con un gotero en su brazo izquierdo.

Tras ellos,  en aquella habitación que parecía haber sufrido un auténtico terremoto, el médico les pidió que el responsable firmara el ingreso, aprovechando para explicarles en qué iba a consistir el tratamiento y cuando podrían ir a verla, si todo transcurría según lo previsto.

Tres semanas más tarde, cuando su hija fue a recogerla para ir a casa, aquella historia parecía un mal sueño.

Sus hijos, sus amigos y familiares, habían estado constantemente a su lado, desde el mismo momento que se autorizaron las visitas. La respuesta al tratamiento había sido estupenda sin embargo aquella laguna en torno al día que la ingresaron,  la creaba un desasosiego que ni el psiquiatra ni la psicóloga pudieron calmar. La aconsejaron que diera tiempo al tiempo, que no se obsesionara con  esas horas.

Llegaron a casa y en su habitación no quedaba resto de aquel infausto día. Ella optó, como le habían aconsejado, por acostarse. Todavía la medicación la mantenía bastante aplacada y le costaba estar de pie mucho tiempo.

Su hija tumbada junto a ella, la vio adormecerse y la beso en la frente.

–          ¿Sabes lo que me da miedo Belén? Que no recuerdo como empezó y así no voy a poder reconocer si se repite –con esta frase se quedó dormida.

No le diría que ella recordaba perfectamente el inicio y estaría a su lado si volvía a notar cambios de humor en su madre. En cuanto volviera a decir que alguien la seguía. O la escuchara caminar toda la noche en vez de dormir, o no quisiera hablar por teléfono por miedo a que la escucharan otras personas.

Apagó la lámpara del techo, dejando la de la mesilla encendida. Salió despacio para no despertarla y entornó la puerta, mientras en su cabeza desfilaban aquellas imágenes que esperaba no volver a ver más.

MONTSE

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