Archivo diario: 2 septiembre 2009

Este es el peor día de mi vida.

Los nervios acababan con su paciencia, lo que estaba escuchando al otro lado del auricular era que Cristina no había llegado a su casa. Trató de explicarle que él no sabía, que sí, en realidad se miraron hasta ya pasadas las once pero que la dejó donde siempre la acompaña. No tuvo mucho resultado con su explicación porque los gritos aun se seguían oyendo, aturdido, tanto por los alaridos como por la situación optó por calmarse un poco, entonces se dirigió de nuevo al papá de Cristina quién estaba furico y le dijo que iría para su casa.

Sin avisar a su madre que saldría, tomó su bicicleta y pedaleó sin parar hasta llegar a la casa de su novia. Cansado, un poco agitado por la velocidad en la que había ido tocó a la puerta, mientras abrían, apoyó sus manos en las rodillas para poder agarrar un poco de aliento, respiró profundamente y en eso la puerta se abrió.  Don Roberto, que así se llamaba el papá de Cristina lo agarró del cuello y le gritó: -“Mas te vale que no le haya pasado nada a mi hija, porque tú serás el culpable, solo tú”- nervioso y sin decir nada José solo bajó la mirada.

-“Ahora, solo quiero que te quedes aquí  en la sala, esperando en el teléfono cualquier llamada que pudieran hacer sobre mi hija, no vayas a despertar a mi mujer, está muy enferma del corazón y cualquier impresión de esta naturaleza le puede provocar la muerte” – dijo el señor mientras se dirigía a la puerta y terminó: -“Voy a ver si puedo encontrarla, ya llamé a la policía, la andan buscando, regreso más tarde”.

Con el sonar de ese reloj tan inquietante que tenia en la pared de frente, José solo observaba el teléfono, deseando que nadie llamara, o que tal vez si hablara alguien fuera ella. Ojalá, era lo que más deseaba en esos momentos, la espera era una tortura, pensó que quizá aquello sería un sueño, algo que pasaría al amanecer.  Volteó hacia la pared, se fijó en la hora, ya casi eran las tres de la mañana, el tiempo pasaba lento, afuera se escuchaba solo algunos carros que pasaban por la calle. Si el hubiera salido en ese momento se habría dado cuenta de que hacia un viento muy frío, casi para calar los huesos. También se habría dado cuenta de que alguien se arrastraba por el callejón cerca de la casa. Pero no salió.

A las cuatro de la mañana, sonó el teléfono, nervioso, las manos casi no podían sostener el auricular, se lo llevó al oído y entonces dijo: -“¿H-hola? “– calló por un instante, al otro lado se escuchaban ciertos ruidos pero no se podía distinguir claramente de que eran.  Al fin, después de aquellos eternos segundos alguien habló : -“Hola, soy Roberto, solo llamo para preguntarte si sabes algo tu ahí”- José le respondió que aún no sabia nada, el señor se mostraba preocupado y ya no le hablaba en tono de violencia, José lo notó, pero no quiso decir nada. No sabia que decir. Solo se limitó a colgar cuando la conversación había terminado y el señor le indicó que siguiera al pendiente.

En la delegación de policía no pudieron hacer mucho, levantaron el reporte pero dijeron que no harían nada hasta pasadas las veinticuatro horas de desaparición, eso seria hasta la noche siguiente. Don Roberto  no se podía esperar, tenia que actuar. Así que se dirigió por si mismo a buscar en las zonas donde pudo haber estado. Llamó de nuevo como a las cinco a José para preguntarle exactamente hasta donde había acompañado a su hija. Ya con las indicaciones exactas emprendió una búsqueda por los alrededores de la zona donde vivía.  Caminó mucho, buscó entre todas las partes donde pudo haber estado, hasta que la encontró.

Los ojos se le cerraban pero aún así, hacia hasta lo imposible por no dormirse, tenia que estar ahí, la pendiente por si alguien más llamaba y le daba noticias sobre Cristina, esa niña tan hermosa, de la cual se había enamorado y que ahora estaba pérdida por ahí, quien sabe donde. Las seis de la mañana ya, era la hora que el reloj marcaba. Ese reloj que había hecho que se acostumbrara a su incesante tic tac, durante toda la madrugada.

Amanecía ya, el sol casi se asomaba, el resplandor que se miraba en el cielo era digno de admirarse, quizá en otra situación habría hasta tomado fotos, aunque nunca se despertaba tan temprano para poder admirar aquella obra de la naturaleza, pero en este caso tuvo que hacerlo, por algo que no estaba en él, o mas bien  si, podría ser el culpable de lo que estaba pasando. Los “hubiera” llegaron a su mente;  si hubiera tenido mas valor y la hubiera acompañado hasta su casa, si me hubiera dado cuenta de la hora nos hubiéramos venido mas  temprano, si hubiera hecho caso a lo que me había dicho el director. En fin, una gran cantidad de cosas lo empezaron a hacer sentir culpable, de todo lo que estaba pasando, las lagrimas empezaron a salirse de sus ojos mojando aquellas frías mejillas que habían pasado la noche en vela. Ese sentimiento de impotencia, se había tardado en llegar, tal vez porque ahora veía que el día ya empezaba y ella no estaba ahí, ni siquiera se sabia nada, por eso se sentía peor que nunca, “apenas inicia y este ha sido el peor de día de mi vida”

La desesperación creció en los últimos minutos de aquella larga hora, porque esperaba que amaneciera y ella ya estuviera con el, pero algo en su interior le decía que aquello no era tan posible de que pasara. Las cosas quizá estaban mas graves de lo que se imaginara. Pero aun así tenia una cierta esperanza de que solo estuviera bien, su corazón le quería decir que si, que todo estaba bien, que había sido tan solo un susto, pero su mente no quería asimilarlo tan así, los malos pensamientos venían e iban cada vez mas seguido, pensar mal en esas situaciones siempre hace que uno se imagine las peores cosas.

Lástima, en esta ocasión José no estaba equivocado.

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Cuida la casa.

Por Gorio

-Cuida la casa Thor y suéltame, ¿Qué te ocurre?. Le decía al perro mientras éste, lo sujetaba por el pantalón fuertemente con su mandíbula. Cogió una de las galletas que le encantaban y se la tiró hacia el pasillo y así se pudo soltar de él.

Se subió al coche y se dirigió hacia su trabajo, que estaba en la otra punta de la ciudad. Al llegar al cruce de la avenida, un gato se le cruzó en la calzada y tuvo que frenar en seco, se llevó un susto de muerte. Tuvo la suerte de que no venía ningún otro vehículo detrás.

Trás unos segundos para recobrarse del susto, continuó la marcha y un poco más adelante se incorporó al cinturón que rodeaba la ciudad. Encendió la radio y sintonizó su emisora preferida, ya se sentía más relajado.

De repente, fue testigo de un brutal accidente entre un camión y una furgoneta, que sucedía a 50 metros por delante suya. El tráfico quedó parado, porque los dos carriles de la autopista estaban bloqueados. Salió del coche para ver si podia ayudar, había recibido unas clases de primeros auxilios. No huvo muertos , pero al conductor de la furgoneta le faltaba una pierna, y el shock fue tremendo, le entraron arcadas y casi se desmaya.

Depués de unos 20 minutos pudo seguir la marcha. Quiso llamar al trabajo pero se había dejado el móvil en casa. Asi que aceleró sin percatarse de que detrás de él venía un coche camuflado de la guardia civil con radar. Le dieron el alto y le impusieron una multa bastante costosa, que conllebaba la pérdida de 4 puntos del carné, y ya le habían quitado otros tantos en otra ocasión.

De nuevo reanudó la marcha, y por fin poco después ya salía de la autopista en la otra punta de la ciudad, cuando notó un ruido seco que provenía de la parte trasera del coche. Se detuvo y se bajó para comprobar que la rueda trasera izquierda estaba pinchada. Soltó un grito de rabia y empezó a golpear el neumático. Pasados unos minutos, abrió el maletero y sacó la rueda de repuesto y el gato. Cambió la rueda y siguió su marcha.

Por fin llegó al aparcamiento del trabajo, y estuvo dando mil vueltas hasta que encontró un sitio donde estacionar, ya estaba a punto de darle algo.

Entro por la puerta y el conserje, después de darle los buenos días como siempre, le dijo que subiera a la oficina del jefe, que lo estaba esperando.

Llamó a la puerta y una voz grave lo invitó a pasar. Se saludaron y se sentó en la silla.

-Lo siento Rodrigo, estamos haciendo recorte de plantilla y tengo que despedirte. Le dijo su jefe sin rodeos.

Su cara era un poema, y empezó a ponerse enrojecida. Se levanto, y asiendo la silla, se la estampó en la cabeza.

Salió apresuradamente, diciendose así mismo, –Este es el peor día de mi vida.

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