Archivo diario: 18 agosto 2009

¡¡Qué jamás se repita!!

Oía esa frase a todas horas… en la radio del coche yendo para el trabajo, en los auriculares que llevaba puestos, a un volumen brutal, la señora de la limpieza de la oficina con su mp3 mientras balanceaba el culo de un lado al otro al son de la fregona.

Bajé a tomar café y ahí estaba otra vez; incluso cuando volvía para la oficina, en el ascensor, el repartidor de SEUR, que no se para que piso iba, estaba con esas palabras en la boca. ¡¡Me persigue!! es lo primero que pensé o quizás es que estoy algo obsesionado.

Me metí en mi despacho y casi me dan ganas de cerrar la puerta. No quería oir más esas palabras. Ufff!!! que tranquilidad me daba el estar allí sentado.

Y llegó la hora de volver a casa. Me monto en el coche y pongo la emisora de las noticias para ver como ha ido el día y ¡¡zaca!! en el primer semáforo se pone a mi altura el típico coche “discoteca ambulante” que no se ni como tiene los cristales enteros de lo alto que le suena el aparato de música y de repente oigo: “¡¡Que jamás se repita!!”.

Diosssssss!!! no puede ser!!! esto debe de ser un castigo por algo que hice en otra vida. Casi arranco con el semáforo en rojo y cada vez que me alejaba oía más lejos y bajito esas palabras.

Llegué a casa y decidimos mi mujer y yo ir a la playa a pasar la tarde y para allí fuimos.

¡¡Qué gusto tumbado al sol!! ¡¡Qué tranquilidad hasta que se pone al lado nuestro un mozalbete con un “radiocasette” con una canción exclusivamente que se reproducía!!  ….  ¡¡Qué jamás se repita!!  No me lo podía creer.

Me levanté, más quemado por la melodía que por el sol, cogí el dichoso aparato y lo lanzé contra un pared hasta que dejó de emitir cualquier sonido perceptible por el oido humano. Acto seguido saque la cartera y gustosamente aboné al jovenzuelo el importe del aparato. Media playa se quedó mirando y mi mujer muerta de vergüenza. No me dirigió la palabra en todo el viaje de vuelta a casa y para acabar la “faena” cuando llegamos a casa me suelta: “No me gustan estos espectáculos ni que des que decir en sitios públicos, ¡¡qué jamás se repita!!”.

Eso ya fue la gota que colmó el vaso; cogí, me dí media vuelta y le dije: “ahí te quedas” y me marché para el bar de al lado de casa a tomar una cerveza. Y  no fue una al final, fueron unas cuantas, tantas que casi me mato al levantarme del taburete a lo cual Paco, gentil dueño del bar me dice “¡¡Como vas hoy amigo, qué jamás se repita!!”.

No tenía ni fuerzas para decirle nada, simplemente me caí al suelo y me desperté a la mañana siguiente encima de un banco del bar con un dolor de cabeza, mientras la mujer de Paco limpiaba el suelo y ponía los hornillos de la cocina a funcionar. Encendió la radio y ahí estaba “¡¡Qué jamás se repita!!”, no podía ser….  Me levanté como pude subí a casa y me puse algo para ir al trabajo.

Encedí la radio, ¡¡lo mismo!!, la señora de la limpieza, ¡¡lo mismo!!…… esto es un “deja vú”. Me dieron ganas de llorar.

Al final todo fue cosa del tiempo y de dejar pasar los días, pero es que cuando lo piensas … ¡¡no veas como son de pesadas las dichosas “canciones del verano” que repiten una y otra vez el dichoso estribillo de marras!!!

La esperanza estaba en que hasta el año que viene no volvería a ocurrir algo semejante.

 

Próximo turno:  K – Alejandro Marticorena – Activo

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No saben que ahora la etiqueta la llevan ellos

No saben que ahora la etiqueta la llevan ellos, sí, la etiqueta del macho poderoso y su envase promocional; y la de feminista con su toxina de PELIGRO. Ambos demasiado usuarios de sí mismo, demasiado adhesivos de la decoración, del disfraz…

Yo me encuentro traslúcida con cierta impresión de abandonarme por ser lo que iba a ser, la misma que ahora no soy. Todo es tan confuso, tan elocuente de tristeza. Con el mensaje de no importarme, cordura que ya en nadie veo. Más locura de radiación y estupidez. Habitual de la demencia, le dicen, donde lo único absoluto es cegarse a cualquier idea que no sea sexo.

Y si quiero amor, ser la estúpida creyente de un orfanato donde por la fe se sigue rezando . Nadie adopta mi creencia. Hay feligreses que buscan el templo cada domingo o en cada fiesta de Pascuas, le cantan elegías, y etiquetan lo favores como el perdón de sus deseos.

Entonces, se le niega a la conciencia  la posteridad de que el orgasmo sea algo más que una muerte lenta; yo la quiero vencida en la continuidad como un clásico de Dostoievski. Crimen y castigo. Ya derrumbo la etiqueta que me creo. Ateísmo de unos labios que no llegan porque temen. No es la etiqueta de ser la modelo rubia por la cual sí se cruzaría el universo. No lo soy porque las estrellas me aman. Ya algunos han viajado su distancia por mí y que jamás se repita.

Próximo turno: H – JoseLuis – Activo

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