Archivo diario: 13 agosto 2009

Hacerme una proposición

-¿Una proposición?  ¿Qué clase de proposición? – pregunté un poco sorprendido. Nunca había esperado tener que hacer tratos y mucho menos con el fiscal.

-Los dos sabemos que estas hundido hasta el cuello. Que de aquí no saldrás  en mucho tiempo, a  menos que mueras. – me dijo el fiscal aquella tarde. Por la ventanilla de la enfermería podía mirar a los reos jugando en el patio futbol.

A pesar de que ese lugar era extraño, no era del todo desconocido por mí. Mi infancia la viví en un orfanatorio, soportando los maltratos de todos. Hasta que me escapé un día. Viví mucho tiempo en las calles, así que me pude topar con muchas alimañas, personas sin escrúpulos, dicen que la mejor escuela es la vida misma, así que una de las cosas que me enseñó es en no confiar en nadie que te proponga un trato, mucho menos si este es demasiado fácil de realizar.

-Mire señor, vaya al grano, no me ande tantas pendejadas.

– Por lo visto el que te hizo esto te quiere muerto muchacho. Yo te ofrezco la libertad y una vida nueva si tú me ayudas.

-¿Ayudarle a usted? ¿Qué clase de ayuda puede necesitar una persona como usted? Alguien que lo tiene todo en este mundo, que jamás ha pasado hambres.

-Una ayuda que solo tú me puedes dar.  A  pesar de que cometiste un asesinato, yo personalmente te felicito. Mataste a Leo,  uno de los grandes. Pero por lo visto su hermano sabe que estás aquí. El le pagó a uno de los reos para que te apuñalara.

El hermano de Leo, jamás se me hubiera ocurrido que alguien podría vengarlo. Pero estaba preparado mentalmente para lo que pudiera ocurrir. Al fin y al cabo no tenía nada que perder.

Vino a mi mente el día que conocí a Mónica. Esa princesa hermosa, con esa mirada angelical que aun recuerdo y se me nublan los ojos. Me alegro de haberla vengado, de haber acabado con ese hijo de puta que me desgració la vida. Y si me entero de que salió de su tumba, salgo y lo vuelvo a matar al cabrón.

Escuché todo lo que me dijo el fiscal, quería que me hiciera pasar por muerto, que el me sacaría de la prisión, pero que a cambio yo tenia que ir y matar al desgraciado del hermano de Leo.

Esa noche, llegó una ambulancia a la cárcel, de ahí me sacaron a escondidas. Nadie se dio cuenta.

Al día siguiente desperté en un lugar totalmente desconocido para mí. Estaba acostado boca abajo.  Un dolor invadió mi cuerpo, alguien estaba limpiando mi herida. Cuando terminó, me dio una palmada en la espalda, me dijo que ya podía acomodarme bien. La vi, era ella, Mónica. Le quise preguntar que pasaba, pero ella me tapó la boca y me dijo que descansara, que ya habría tiempo de conversar y explicar todo.

Me quedé pensando, confundido. Si Mónica estaba viva, entonces todo lo que yo había hecho era en vano. Mi venganza no tenía ningún sentido. Sin duda, me tenían que explicar muchas cosas.

Me dormí. De repente, estaba en los barrios donde crecí, cuando conocí a Mónica aquella tarde. Tenía yo diecinueve años, me acababa de robar una botella de licor de una de las tiendas que estaban cerca. Salí corriendo y al dar la vuelta choqué contra ella. La botella cayó al suelo y se rompió. Pero, yo no podía quitar mí vista de sus ojos, era la mujer más hermosa que jamás había visto. De repente, el dueño de la tienda salió corriendo, tomándome del cuello, ella lo hizo que me soltara y le pagó la botella. Me dijo que me subiera a su auto, que estaba estacionado ahí a un lado. Lo dudé por un momento, pero lo hice. Nunca supe de donde vino, pero ella me salvó de la vida que llevaba. Nunca lo supe, nunca pregunté nada. A pesar de todo mi mente era inocente. Después de que me fui con ella, en un departamento que tenia en una colonia famosa de la ciudad, ella me daba todo. Hacíamos el amor como locos. Nunca conocí a su familia y ni pregunté nada. La verdad, es que no me importaba, como yo  nunca había tenido familia ya me había hecho a la idea de que ella tampoco.

Seguí recordando entre mis sueños. A Leo lo había mirado antes, si, de hecho conversando con ella en alguna fiesta que habíamos hecho, pero no pude recordar como lo conocí yo.

Desperté ya tarde. No había nadie a mí alrededor. Se escuchaba el cantar de los pájaros. Era obvio que no estaba en la ciudad. Traté de levantarme de la cama, pero en eso apareció Mónica, me hizo una seña que me volviera a recostar. Se acercó a mí, me abrazó y me besó. Me dijo al oído: “todo estará bien amor, confía en mi, como siempre”. La verdad, no sabia que estaba pasando, no sabia si confiar en ella o no.

–          ¿Qué pasó? ¿Cómo es que estás viva? ¿Dónde has estado estos cinco años? Se que te dejé en aquel lugar tirada, porque tuve que perseguir a Leo.

–          Hay muchas cosas que tienes que saber amor. Cuando Leo me disparó, las balas no eran de verdad.

–          ¿Cómo que no eran de verdad? Esto no tiene sentido.

–          Tienes que perdonarme, todo lo hice por nuestro bien.

–          ¿Hacer que?

–          Soy hermana de Leo.

–          ¿Cómo? Pero ¿entonces?

–          Mira, la verdad es que nunca nos llevamos bien. Cuando tu te mezclaste en sus asuntos, pensé que seria una buena oportunidad para poderme deshacer de el.

–          Pero ¿Por qué querrías deshacerte de el?

–          Porque lo odiaba, porque el siempre tuvo todo, porque era el preferido de mis papás. Porque el desgraciado mató al hombre que yo más amaba.

–          ¿Qué? Pensé que era yo. Maldita, me usaste. Me has usado desde el primer momento.

–          No, no es verdad, no siempre.

–          ¡Cállate! ¿No tienes ni siquiera un poco de dignidad?  ¿Por qué no te quedaste muerta? ¿Por qué tenias que volver aparecer? Ya habías logrado tu plan. Ya habías hecho que yo asesinara a tu hermano. Ahora soy un maldito asesino, porque ni siquiera una causa justa tengo para poder llamar venganza a lo que hice.

–          No seas patético. Me tienes a mí, podemos hacer una vida nueva.

–          ¿Qué tiene que ver el fiscal en esto?

–          ¿El fiscal? Bueno, él, es mi tío.

–          No puede ser, yo que pensaba que eras la mejor persona del mundo. Ahora descubro que eres de lo peor.

–          Por favor deja que te cuente todo, para que no me juzgues.

–          No se que tengas que contarme, pero ya que, me has desgraciado más la vida de lo que alguna vez estuvo.

“Mi tío se hizo fiscal, por azares del destino, porque ni siquiera era de la policía, ni se dedicaba a la política. Mas bien el era un asesino encubierto del gobierno, hacia el trabajo sucio. Mi hermano Leo que ya para entonces se dedicaba al narcotráfico, le pidió que se asociaran. Así que empezaron sus negociaciones, hasta que un día, Leo, lo traicionó. Yo me casé a los quince, con un narco pesado de por acá, el que era jefe de Leo. A pesar de que me trataba mal, yo lo amaba. Tal vez, porque veía en el al padre que nunca tuve o mas bien que mi hermano me arrebató desde pequeña. Siempre odié a mi hermano. Pero aquel día que traicionó a mi esposo y lo mató a sangre fría, para convertirse él, en el nuevo capo de la mafia. Juré  y perjuré que lo iba a matar. Es por eso que mi tío y yo planeamos algo. No podía matarlo él, porque ya para entonces era fiscal, entonces, fue cuando decidimos buscar a alguien que lo hiciera. Es por eso que una tarde me dirigí  al barrio mas pobre de la ciudad. Había estado observando a muchos, pero cuando te miré supe que eras tú el que me salvaría la vida. No hallaba como hacerle para que odiaras a Leo, así que decidí irme a vivir contigo y que poco a poco entraras al negocio, me costo mucho trabajo, porque me enamoré como una perdida de ti. Pero tenia que terminar lo que había empezado si quería vivir en paz y feliz contigo. Así que cuando ya te metiste al negocio con mi hermano, te aconseje que no le entregaras la droga, que la vendieras tú por tu cuenta que le sacarías más. Sabia que el iría a buscarte, tenia el riesgo que te mataran, pero para eso me compre varias cajas de balas de salva. El tenia que ir por mi, para poderte obligar que entregaras el cargamento, así que me prepare. A pesar de que nos lleváramos mal mi hermano y yo, el me quería, así que no me hizo daño mientras me tuvo secuestrada, me dejo andar suelta por toda la casa donde estuvimos, cuando se metió a bañar, agarre su arma, le puse las balas de salva, sabia que para el negocio no se tentaría el corazón y que era capaz de matarnos a ti y a mi. Todo lo tenía preparado. Hasta la sangre falsa. Después de que te fuiste aquella tarde a perseguir a Leo, mi tío llego por mí. Me dijo que teníamos que esperar a que todo pasara. Que algún día tú matarías a Leo y volverías a mí. Esperé mucho mi amor. Cinco años. Y aquí estamos juntos”.

-Maldita, desgraciada. Me usaste. No te lo voy a perdonar nunca. No se que es lo que te propones. Pero no lo conseguirás. Me hiciste un asesino, podría ser yo el peor malviviente del mundo, pero nunca un asesino. Gracias a ti ahora estoy aquí, viviendo la peor amargura del mundo. Con la mujer que pensé me haría feliz por siempre.

No dije más. Las lágrimas salían de mis ojos, de rabia, de sentir tanta impotencia. Ella salió llorando. No me importaba, de repente, todo ese amor que sentía por ella, toda esa admiración se vino abajo. Me levante a como pude, entonces pude ver en el tocador del cuarto una escuadra, con cachas de oro, la revise perfectamente para ver si no tenia balas de salva, me había hecho muy desconfiado. Comprobé que eran de verdad. Salí como pude, observe que a mí alrededor todo era campo. Había arboles por todos lados, el canto de los pájaros se escuchaba a mi alrededor como una música agradable a mis oídos, aun en aquel momento de confusiones. Ahí estaba ella, recargada en un árbol, sintió mis pasos y volteo mirándome dulcemente, con la cara bañada en llanto. Aun así el coraje que sentía era  mucho más de lo que alguna vez sentí amor por ella. Apunté con mi arma.

–          Yo siempre cumplo mis tratos, así que esta vez no será la excepción. Tu tío me dijo que me sacaría de aquí, que tendría una nueva vida, si mataba al hermano de Leo. No es hermano, si no hermana, pero eso no cambia las cosas. Te amé, di todo por ti, pero no supiste aprovechar lo que el verdadero amor significa.

Ella no dijo nada, solo bajo su cabeza. Empuñé la pistola, sin pensarlo dos veces jalé el gatillo, la bala se incrustó en su cráneo y su cuerpo se desvaneció.

Hay cosas que después de hacerlas te arrepientes. Pero, si algún día me entero que ella aun vive, la  vuelvo a matar.

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Me entregué a la policía

Por  R – Gorio-  Activo

Me entregué a la policía porque sabía que ya no podría seguir huyendo sin rumbo. Entré en la comisaría que había muy cerca del campo de fútbol. Me acerqué al mostrador y le espeté a aquel agente que yo era ese a quien estaban buscando.

Se incorporó de la silla y me indicó que me diera la vuelta para a continuación ponerme las esposas y acompañarme hasta el despacho del comisario. Era como el de las series de televisión baratas; rechoncho, con bigote y  mal peinado.

Me estuvieron interrogando durante casi cinco agotadoras horas, hasta que me llevaron a una celda. Allí conocí a Jimeno, un gitano que se dedicaba a pasar heroína y se me hizo más llevadera la estancia en ese lugar el poco tiempo que duró.

A los tres días me trasladaron a la prisión de máxima seguridad. Había oído que los novatos son carne de cañón, pero en esa cárcel, debías ser más cabrón que el mayor de los cabrones, y yo ya iba con un buen currículo.

Fui a parar al módulo siete, el de los que tenían condenas por asesinato. Tuve suerte con mi compañero de celda. Ricardo, se llamaba el tipo. Era casi de mi edad y su caso era muy parecido al mío, se había cargado a su jefe tirándolo por la ventana de un décimo piso, y se hubiera librado sino fuera por que todos los compañeros de la oficina fueron testigos del suceso. Fue una venganza, claro, lo quería despedir después de 20 años en la empresa, para darle su puesto a su cuñado, cosas de la vida cotidiana, pero a él parece que no le sentó muy bien.

Pasaron dos semanas hasta que apareció el abogado de oficio, y me requirió a su presencia. Me dijo que mi caso era muy complicado, pero que lo iba a llevar, por que le gustaban los retos. Me calló bien, aunque era joven, no daba la impresión de ser inexperto.

Ya llevaba tres meses y la verdad es que todo parecía muy tranquilo, nadie se metía conmigo. Pero aquella tranquilidad se iba a terminar muy pronto.

Sucedió en la cola de la comida, se acercaron por detrás y me clavaron un punzón en el costado, me caí al suelo desplomado, porque me atraveso un pulmón. Cuando me desperté, estaba en el hospital, custodiado por dos policías en la puerta de la habitación. Una enfermera me estaba tomando la tensión y cambiando el suero, me sonrió y salió del cuarto.

Por la tarde, después de comer, apareció mi abogado. Me explicó que un tipo de la banda de Leo fue el que me atacó, y que lo metieron en incomunicados, que si quería poner la consiguiente denuncia. Yo le dije que no, que esas cosas se arreglaban dentro…

Al día siguiente, el fiscal que me había acusado,  se acercó a verme para hacerme una proposición.

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