Archivo diario: 11 agosto 2009

Y que el matrimonio era una mierda

POR P – MONTSE – ACTIVO

Ana iba con mucha prisa. Con demasiada. Estaba segura que llegaría tarde y a esos sitios no se podía llegar con retraso. Basta que así lo hiciera para que la vista se produjera con una puntualidad británica y ello predispusiera al magistrado contra ella.

Su abogado le había contado que la vista no se parecería en nada a lo que se veía en las películas, por lo que iba a ser casi una convidada de piedra. Quizá, el letrado de su futuro exmarido, le hiciera alguna pregunta para desacreditarla pero poco más.

Paró un taxi y le dio la dirección del Juzgado de Familia. Le apetecía  ver a su ex tanto como a una medusa, sin embargo no había otro remedio. Tal vez fuera la última.

Sonaba bien. Verle por última vez.

Recordaba aquellas noches, cuando ella se iba a dormir y él, el grandísimo hijo de perra que la consideraba poco más que una tonta de baba, pensando que se dormía enseguida y con la excusa de bajar a dejar la basura, a cambiar el coche de sitio, a comprar tabaco o a pasear el perro, desaparecía y no volvía hasta las cinco o las seis de la mañana.

En alguna ocasión, ella fingió que se despertaba en el momento que se metía en la cama, y como apestaba a tabaco. En ocasiones a perfume barato o a whisky, mientras le susurraba: “duerme, sólo me levanté al baño”. ¡Ja! ¡Valiente patán!

“Sí, déjeme aquí, por favor” – salió a la carrera del taxi y estuvo a punto de quitarse los tacones para acelerar aún más.

Entró en el edificio del Juzgado y después de pasar el control cuatro veces –en qué momento se pondría aquel cinturón, los zapatos con trabillas y la pinza metálica del pelo-  subió a la cuarta planta, donde llegó con el corazón a punto de salírsele por la boca, para ver que no habían entrado.

Su abogado, en cuanto la vio, se acercó a saludarla y comentarla las últimas consignas, antes de entrar. Por encima de su hombro, divisó a Juan que estaba, con el que imaginaba sería su letrado. ¿Por qué había pensado que habría escogido una abogada mujer? Iba perfectamente arreglado. Como diría su amiga Clara, perfecto por fuera, desastroso por dentro, y así era.

Abelardo Salazar, su abogado, le dijo que no pensaba que hubiera preguntas. Y, en el caso que las hubiera, sencillamente sinceridad. Que fuera concisa y exquisita en el trato. Con eso sería más que suficiente. En cuanto al tema de los daños y perjuicios solicitados por su ex no pensaba que llegara a nada. Simplemente era una bravuconada.

Bravuconada había sido la de ella. Sí. Ella había estado brava. Se fue a la ferretería y compró un cerrojo nuevo que guardó durante dos semanas. Parecía que la nueva adquisición le había calmado las ansias de buscar otros brazos donde cobijarse, pero fue un “kit-kat”. A los quince días, volvió a “bajar la basura”. A la media hora de salir, ella se levantó como una bala. Instaló el cerrojo con no poco esfuerzo. Pensó que se trataba de marcar unos tornillos y apretarlos pero aquello fue más complicado. Tuvo que rebajar hasta el marco de la puerta sin tener herramienta para ello, cargándose dos cuchillos de cocina. No importaba. El premio lo tendría entre cinco y seis de la mañana.

Efectivamente, a las cinco y cuarenta y dos, después de empujar la puerta y ver que no cedía, en incontables ocasiones, se decidió a llamar, pero hice caso omiso. A las cinco cincuenta y cinco en punto, llamó al móvil y, del mismo modo, obvié contestar. Eran las seis dieciocho cuando sonaba por quinta vez el teléfono fijo de casa y, evidentemente, ni me molesté en descolgarlo.

A mediodía, cuando salí para comer con Clara, recibí una llamada de mi suegra, aquella mujer abnegada que había tragado carros, carretas y carretones, de un señor que le había puesto toriles hasta con el lucero del alba. Después de la consabida charla de una mujer de los años cincuenta que me sonaba a rancia, le corté diciéndole que estaba harta de las mentiras de su hijo, de las salidas a tirar la basura y que la única pena es que no se tiraba él, a pesar del tiempo que se tomaba en hacerlo.

Y, después de muchas más frases parecidas, terminé con: “y que el matrimonio era una mierda, y con su hijo, una mierda sobresaliente”.

Le agradecí su llamada aunque le amonesté ya que el destinatario debería haber sido su propio hijo. Yo no había estropeado nada, había roto algo que había malogrado, con no poco esfuerzo, su queridísimo vástago. Estaba harta de levantarme envuelta en un halo de perfume barato y con la posibilidad de contraer una gonorrea, como poco, por el inconsciente de su “retoño”.

Aquello la descolocó por completo y sólo acertó a decirme que había que fijar un horario para que su encantador primogénito recogiera algo de ropa y de dinero. En cuanto oí esto, le dije que la ropa se la tiraría por la ventana y, el dinero lo llevaba gastando a manos llenas durante cinco años, y sólo había retirado una mínima parte correspondiente a esos mismos cinco años, así que podía ir a “despeluchar” amigos. Los mismos que le acompañaban en las farras.

Volví a la realidad con la llamada de la secretaria del Juzgado. Al entrar, tropecé y mi ex me llamó gorda patosa a la vez que la juez, aquejada de obesidad mórbida, tomaba asiento con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y con una cara amarga destinada a mi futuro exmarido.

Él, como era habitual, ni se dio cuenta pero sí lo hizo su abogado que inmediatamente le llamó al orden. Tarde amiguito, muy tarde –pensé para mí, con no poca alegría.

En vez de empezar la Vista, la Juez se empezó a leer el Auto detalladamente. Yo permanecía quieta, impávida, imperturbable, mientras el silencio se apoderaba de aquella Sala, roto solamente por el pasar de las hojas del Auto.

Juan tosió en dos ocasiones. En la segunda, la Juez levantó la vista para mirarle por encima de las gafas. Juro por mi vida que vi como el moreno de rayos uva se esfumaba dando paso a un blanco cerúleo mortecino que me dio hasta pena.

Las primeras palabras de la Juez fueron dirigidas al letrado de Juan para preguntarle exactamente en calidad de qué solicitaban daños y perjuicios. El letrado contestó que su cliente, antes de entrar, venía con la intención de retirar esa solicitud, ya que había sido fruto de una obcecación.

La Juez le preguntó a Juan directamente si ya no estaba obcecado, a lo que Juan le contestó temblorosamente que no.

La Juez le preguntó a mi abogado si su cliente, o sea yo, tenía algo que solicitar o él mismo, en calidad de representante, o se atenían a lo expuesto en el escrito presentado, a lo que mi abogado se ratificó en la demanda.

La Juez dijo que visto por ambas partes, la sentencia se conocería en secretaría. Se levantó, sin no antes volver a mirar a Juan para mandarle para casa fulminado, y salió de la sala.

¿Y eso era todo?

Mi abogado me empujó y salimos de la sala. Al llegar al pasillo me dirigió hacia secretaría y aulló de alegría, diciéndome que habíamos ganado. Que habían retirado lo que nos podía preocupar y que seguro que me concedía todo lo que había pedido en la demanda de separación.

Me pareció sosísimo el juicio de separación. Yo que pensaba sacarle los higadillos a poco que se prestara la ocasión.

Efectivamente, la Juez me concedió todo lo que solicité. El piso, la pensión, el usufructo vitalicio de la casa de Biarritz, el dinero que me había quedado, una cantidad extra que habíamos solicitado, el Audi pequeño, y el chalet de Colmenarejo, y no me sabía a gloria. Era una victoria pírrica. Había perdido mucho en el camino y, lo que es aún peor, mientras él se corría las mayores juergas de este mundo, yo lloraba en la cama. Y ahora este juicio. ¿Dónde estaba mi satisfacción?

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