Archivo diario: 10 agosto 2009

Te quiero, mamá.

Lo dijo en voz baja, casi susurrando, para que no le oyeran. Para que ella, Marta, no le oyera. Inmediatamente después colgó el teléfono.

Quería a su madre, y le parecía algo normal. Todo el mundo quiere a su madre. No le tenía más apego que cualquier otro de sus hermanos. La visitaba cuando podía, que era poco, y la llamaba de vez en cuando. Pero a ella, Marta, su mujer, se la llevaban los demonios cada vez que le escuchaba hablar con su madre, aunque fuera por teléfono.

–         “Es que estás enmadrado, Alfonso. A ver si crecemos de una vez…”

Si además oía que le decía “Te quiero” ya la tenían montada.

–         Hombre, que bien. A ella si se lo dices ¿no? ¿Y a mí? ¿Que me parta un rayo?

Lo intentaba. De verdad que lo intentaba. Pero no le salía. No le podía decir que la quería. Posiblemente la razón estaba en que era falso. Ya no la quería.

Se habían casado hace unos años. Le parecían ya demasiados. Él pensaba que habían comenzado muy enamorados y los primeros tiempos fueron, efectivamente,  espléndidos. Habían estado unos pocos años de noviazgo, al estilo tradicional, mientras ambos acababan sus carreras y lograban encontrar trabajo. Luego vino el piso, la hipoteca, el coche, el otro coche, la parejita, los colegios, las vacaciones… Nada original, desde luego. Pero tampoco había sucedido nada extraordinario. Sus vidas habían transcurrido muy ajetreadas, muy rápidas, con pocos momentos de reflexión. Hasta ahora.

Habían tenido una discusión doméstica. Otra más. De algo sin importancia habían logrado entablar una verdadera pelotera sin más razón que no dar, cada uno, su brazo a torcer. Tener razón, como sea, con tal de no dársela al otro. Y se había dado cuenta, en ese momento, que le tenía respeto, miedo, a su mujer. No un miedo físico, ni nada parecido. Únicamente miedo a su carácter, a sus gritos, a su mal humor, a sus enfados. Y al castigo. Siempre el mismo castigo: un pijama de felpa y una espalda por todo panorama al irse a dormir.

Recordaba que, al principio, le encantaba esa misma postura. Ella iba sin nada y la contemplación de las curvas, mareantes curvas, que conformaban la cintura y la cadera cuando, de lado, se volvía para, al fin, dormirse, la parecía la visión más bella del mundo. Siempre que veía al conducir la señal de “curva peligrosa” se acordaba de esa semipenumbra en la que se quedaba como tonto admirando la perfección de esas líneas.

¿Dónde estaba ahora esa admiración? Se había perdido en algún rincón, junto con tantas ideas, esperanzas e ilusiones. Se habían extraviado. Como tantas otras cosas a las que había ido renunciando para no escucharla. “Por la paz, una avemaría” recordaba el viejo dicho. Pero había dejado tantas cosas por el camino…

–         ¿Con quién hablabas cariño?

¿Cariño? Sería, por fuerza, la costumbre la que le hacía expresarse así, pues estaba convencido de que ella tampoco le quería. Pues a quien se quiere no se le hace la vida imposible, no se le están buscando las cosquillas continuamente.

–         Nada, era Gámez, de la oficina, para que no se me olvidara mañana echar la primitiva…

–         ¿Y por qué no lo hace él? ¡Siempre exigiendo ese Gámez!

–         Mujer, si cada semana lo hacemos uno…

Calzonazos. Sí, esa vieja y fea palabra era la que le definía acertadamente. Contestaba con temor y evasivas para no dar ocasión a una nueva regañina, a otra bronca en la que, finalmente, se terminaría por callar ante la mirada incrédula de sus hijos. Cualquier cosa para no seguir discutiendo, para que no llegaran los gritos a oídos de todo el barrio, para que no le disparara a sus puntos sensibles, esos en los que la herida  duele mucho más. Y eso ella lo sabía hacer como nadie.

Había pensado en divorciarse, pero el temor a enfrentarse con Marta, cara a cara y planteárselo, le parecía imposible. Además ¿Qué le iba  a quedar a él? Los niños se quedarían con su madre. Y la casa. Y los muebles. Y los amigos pues, oficialmente, el hombre es el malo. Le tendría que pagar una pensión, de su ya menguado sueldo. ¿Cuándo podría ver a sus hijos?  ¿Se olvidaría de él o le dejarían de querer? ¿Qué le iba a quedar? El vacío ,que se abría como única perspectiva ante él, le hacía olvidarse rápidamente de esa posibilidad. Hasta la siguiente vez. Y mientras a esperar, a aguantar, a plantearse donde se había ido su vida, dónde estaban esos sueños que cuando era más joven parecían factibles. Lo único que tenía claro era que tenía que aguantar. Como fuera. Y que el matrimonio era una mierda.

Próximo turno P – Montse – Activo

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