Si es que las mujeres nunca están contentas con nada.

Por: Daniela

Tres golpes: solamente eso fue suficiente para hacer callar a los ocho escandalosos amigos, para silenciar el tintineo incesante de las copas y de los cubiertos; por un momento, pareció que hasta el tráfico de la calle cesaba, sumiéndose en una ceremoniosa quietud. Los golpes fueron secos, simples. Pero de alguna forma, podía notarse que la mano de quien estaba del otro lado o bien temblaba, o estaba lastimada y magullada, y la segunda opción era bastante improbable.

 

Clara abrió los ojos como platos, y derramó unos pedacitos de jamón sobre su regazo. Se puso de pie lenta y débilmente, como aquel que ha pasado toda la noche sin siquiera pestañear, esperando su ejecución fríamente planeada para esa mañana, y ahora se levanta, para ser conducido a su destino inexorable.

Y de la misma forma que a esa desafortunada víctima del verdugo le pasaría, imágenes aleatorias (o quizá no tanto) recorrieron la mente de Clara como un rayo: momentos pasados, segundos, tal vez horas. Sus propias palabras, impresas en una Times New Roman que no sugería nada, le acuchillaron los ojos de repente, corajudas y modestas, a veces, inseguras, ajenas.

 

«He sido llamada “héroe” en muchas ocasiones. Qué ingenuidad, la de los hombres»

 

¿Qué pensaría su verdugo de aquellas palabras? ¿Le perdonaría la vida? ¿La abrazaría, con lágrimas en los ojos? ¿Le pegaría una bofetada? ¿Le daría la espalda?

 

— ¡Nadie abra la puerta!—ordenó Clara, sin poder controlar sus temblores. Sus ojos destellaban un miedo inusitado.

—Pensé que querías que viniera más que nada—observó Andrés, sorprendido.

—Sí, es que las mujeres nunca están contentas con nada—murmuró el gordo, mirando hacia otro lado. Victoria le propinó un fuerte puntapié.

 

«Hay mucha gente que busca ser un héroe, que busca escribir una historia de aventuras propia, que quiere ser  protagonista; gente que busca la inmortalidad, la vida eterna. Que busca vencer a la muerte. Y sobresalir, hacerse notar, dejar su huella y su legado. Para muchos, ese es el verdadero sentido de esta vida. Y lo respeto. Pero yo nunca busqué nada de eso, ni nunca lo voy a buscar. Lo único que hice fue intentar no morirme.»

 

Recordaba cada una de sus propias palabras: esa era una pequeña parte del libro, tal vez la que más le había emocionado escribir. Describía cómo se sintió justo después del accidente.

Ingenuamente, Clara seguía llamando “accidente” a lo que en verdad había sido un atentado; pero se le había hecho costumbre, qué más daba. En aquella loca mañana, ella y seis personas más se vieron obligadas a salir a recorrer los mugrientos túneles del subterráneo madrileño en busca de una salida, porque todos los demás que se habían salvado de las explosiones estaban gravemente heridos.

 

Tres golpes más. Los demás la miraron, impacientes. Hernán, su hijo, le hizo una seña de ánimo.

Pero no podía. ¿Y si todo cambiaba? ¿Y si había cometido un error garrafal?

 

«La línea entre la vida y la muerte es finísima, yo me di cuenta aquel once de marzo. Pero me di cuenta de algo más: el límite es flexible, se estira. ¿Hasta dónde podemos llegar en ese intento desesperado de aferrarnos a la vida? ¿Qué tan poderoso es nuestro instinto de conservación? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar? ¿Hasta dónde nuestro cuerpo nos va a respaldar en esta locura, cuánto podrá soportar antes de dejarse ir?

Pues tendrán que creerme: el único límite del hombre, es la muerte.

A mi me había operado la pierna una chica de mi misma edad, una adolescente que todavía no había puesto un pie en la universidad, pero que era aficionada a la medicina. Casi dos horas después, yo estaba corriendo más rápido que nunca, cargándola a ella en mis espaldas, escuchando tiros detrás. Recuerdo que sentí ese grito que me desgarró el corazón en mil pedazos, y me paré en seco: lo habían matado, habían matado a Hernán. Yo lo había amado, pero en ese momento, no pude derramar ni una lágrima. Me sentía una niña perdida en el parque, con algunas diferencias: estaba en un lugar mucho más lúgubre, y los terroristas aparentemente se escondían en ese acogedor lugar. Además, llevaba a una extraña pelirroja increíblemente inteligente y probablemente más pesada que yo a caballito.

Julieta chorreaba sangre: le habían hecho un corte muy profundo en el torso, tenía la cara amoratada, y, claro, tenía la bala incrustada en la rodilla. Como me había quedado quieta, y después del grito no se había escuchado nada más, caí en la cuenta de que la muchacha todavía respiraba. No recuerdo haber escuchado una música más hermosa en toda mi vida, y como dueña de mi propia disquera, he escuchado música hermosa. Pero nada comparado a escuchar el silencio de aquel eterno agujero, interrumpido por las goteras, los movimientos tímidos de las ratas, y su maravillosa respiración.

La sostuve bien y comencé a correr de nuevo, decidida a no desfallecer.

Sin embargo, mientras corría, comencé a sentirme mal, y no físicamente. Me embargó un…un odio momentáneo. Pero intenté ignorarlo.

Fue el único momento en que le eché la culpa. Después de todo, Hernán había muerto para que yo pudiera salvarla de la mano de aquellos fanáticos, que insistían en torturarla, y habían comenzado a sacarle la ropa a los tirones. Nosotros nos habíamos escondido, y podríamos haber escapado. Pero Hernán era demasiado noble. Tal vez por eso me enamoré de él… Supongo que si la sociedad insiste en que haya un héroe de la historia, mejor que sea él.»

 

—Basta—se dijo Clara a sí misma, y se dirigió con paso firme a la puerta. Todos miraron, expectantes. Cuando la abrió, pudieron ver en el umbral a aquella pelirroja preciosa, como la describiría Clara, «con una mirada tranquila, quieta, como lo estaría el mar en un día sin brisa».

 

Silencio.

Las dos se miraron fijamente por unos segundos. Luego, Julieta dijo:

—Creo que lo arruiné, ¿no?

Clara palideció.

—Juli, yo…

Pero Julieta levantó la copia del libro que tenía en la mano derecha.

—Mira esto, es un desastre. Lloré tanto desde la página 130 a la 147 que se quedaron pegadas. Y en muchas ya ni se lee lo que dice… Además, creo que me quedé dormida sobre la 208, porque hay un charco que estoy segura es mi saliva…

La otra la miró desconcertada al principio, pero luego, como si alguien le hubiera quitado la sábana a la certeza, se dio cuenta.

—Tú y tu estúpido sentido del humor.

Julieta rió, y las lágrimas que ya no podía aguantarse comenzaron a escaparse de sus ojos.

Se abrazaron como nunca antes lo habían hecho, y al momento en que sus cuerpos se tocaron, estallaron en llanto. Desde el accidente –ambas lo llamaban así, tal vez para no recordar-, habían sido inseparables. Pero habían cosas que nunca se habían dicho, y que Clara había decidido sacar de una vez. Era su principal motivo de escribir el libro.

—Gracias—le murmuró la pelirroja al oído, con la voz tomada.

 

***

El gordo sintió unas ganas de llorar tremendas, igual que todos los que estaban ajenos a esa escena, y sin embargo, tan dentro. Comenzó a aplaudir suavecito, con timidez. Pronto, todos se unieron al aplauso: pareció como si un teatro entero estuviese aplaudiendo, entre llantos y risas.

 Próximo turno: N – Sonvak – Activo

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13 comentarios

Archivado bajo Daniela_

13 Respuestas a “Si es que las mujeres nunca están contentas con nada.

  1. Ejem…Perdón, perdón, me cuelo por acá. El turno ya se salteó, no? Si espero hasta que allá en España sea de día y se marque el salto, se me va a complicar para postear. Como ya pasaron las 24 horas supongo que no pasará nada, espero que no sea problema..

    (El post es la continuación del anterior. Ya se, está larguisimo, perdón, perdón!)

  2. R - Gorio - Activo

    No hay nada que perdonar, al contrario.

    Tú tienes madera para escribir.

    Me ha encantado.

    Saludos.

  3. N - Sonvak - Activo

    Queridísima Dani: El turno de Marticorena, cuando tú escribiste, todavía no había vencido.

    Resulta que Jose Luis no comprobó la lista al pasar el turno y se lo había pasado a Volvoreta (que está de vacaciones). Con lo cual yo le dí el turno a Marticorena cuando vi el “error”. Le avisé por correo a las 10’39 de ayer, que fue cuando comenzó su turno.

    Sin embargo, tengo que decirte que me gusta ver que tienes iniciativa, y además, darte las gracias… porque me evitas avanzar a Marticorena en la “lista negra”, lo cual supondría que su letra quedara vacante.

    Odio esa lista, a pesar de ser necesaria… y por ella estoy planteándome abandonar la “jefatura”… pues cada vez que dejo una letra vacante me siento parecido a como si fusilara a alguien.

    Bueno, y ahora me voy a leer tu post y comento. Besos.

  4. N - Sonvak - Activo

    Joer…!!… Es muy bueno, Dani. Realmente, muy bueno. Como si uno estuviese leyendo un par de páginas de un top-ventas. Tienes mucho talento.

    Con respecto a la frasecita que me dejas… ¡¡ay, la frasecita que me dejas…!!. No sé que demonios me saldrá de ahí. Espero que de aquí a la tarde/noche se me ocurra algo.

    Besos!!

  5. N - Sonvak - Activo

    Dani: por cierto, he acortado la frase final pues ésta no debe ser mayor de seis o siete palabras, sino los titulares quedan muy largos…

  6. Eres muy buena, Dani, vales para esto, tienes una narración espectacular. Un beso enorme

  7. Ay, entonces no era mi turno todavia 😦 Bueno, le pido perdón a Alejandro :S Estaba segura de que era ya mi turno, y hoy tenía un día complicadito, solamente me escapé un ratito para verificar el blogguercedario y ver que había pasado con este tema.
    No sabía lo del límite de palabras en el título, no hay problema en que lo cortes..

    En fin, lo hecho, hecho está. Me alegro que les haya gustado, es un post muy personal para mi, aunque no lo parezca.
    Un beso!

  8. Ah, y Sonvak, creo que estás haciendo un trabajo espectacular moviendo los hilos del blog. Me entristecería que renunciaras!

  9. Buenas Daniela y felicidades por todas las feclicitaciones y por tu narrativa por supuesto, no creo que la extensión sea un problema para álguien al que le guste lo que lee. Pero respecto a lo de los turnos, creo que debería aparecer la hora de cada entrada para que sepamos cuando cumplen las 24 horas ¿no?, tu que piensas.

  10. N - Sonvak - Activo

    La hora aparece, Lino… cuando surge el problema es al saltar los turnos, o como en el caso de JL, poner el turno equivocado.

  11. Son, espero que no te desanimes aunque entiendo que la cosa tiene “bemoles”, lechesssss!!!! Que si uno se equivoca, que si el otro no mira o no sabe o no quiero mirar, en fin, que ya está otra vez aquí el turno. Espero que en Septiembre los que vuelvan, se lo tomen en serio y si no, es mejor saber que somos 15 que muchos más pero de cara a la galería, y a la hora de la verdad, saltan los turnos y volvemos a ser 15. No sé, es mi opinión y vosotros sabréis. Muchas gracias Son por tu trabajo. Muackkkkkk

    Bueno, y ahora Daniela. Gracias Daniela por contarnos la historia que comenzaste en la entrada anterior.

    Realmente espectacular tu novela corta y digo corta porque la has acortado para traerla aquí.

    Precioso el “baile” entre las dos tramas del relato. A mí me resulta difícil cortar, cuando hay dos tramas en el mismo, pero a ti te ha quedado “bordado”.

    Enhorabuena Daniela, besitosssss

  12. Ok, la hora aparece Sonvak pero sólo si entras a comentar o a leer comentarios, en la entrada principal no, pero bueno ahora que lo se da igual.

  13. Gracias por tus palabras, Lino. Y sí, como dijo Sonvak, allí está la hora, en eso me basé para dar por terminado el turno de la K. No me parece inconveniente el lugar donde aparece.

    Montse, creeme que escribí esto con la poderosa sensación de que no se entendía nada. Qué gentil eres, diciéndome que me ha quedado “bordado”, jajaj. Lo cierto es que hice lo que pude. Me alegro que te haya gustado 🙂

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