Archivo diario: 9 agosto 2009

Entre llantos y risas…

Por N – Sonvak – Activo

Pareció como si un teatro entero estuviese aplaudiendo, entre llantos y risas“: esta es la frase que me ha tocado (abreviada en el titular por el bien del mismo). Lo primero que esta frase me trajo a la cabeza fue la idea de un homenaje; un homenaje con una cantidad mínima de personas pero con una cantidad tan grande de emoción que trasmite la idea del teatro lleno de gente aplaudiendo entre llantos y risas… Este pensamiento de la mínima cantidad de gente y la máxima cantidad de emoción me llevó a pensar en lo poco que homenajeamos a aquellos que más queremos… Y es que no hace falta ser un Michael Jackson para que a uno le hagan un homenaje ¿no?. Al fin y al cabo, ¿qué es lo realmente importante en la vida, sino aquellas personas a las que amamos?…

Entre esas personas a las que yo amo hay alguien muy especial, alguien que tiene para sí un trozo muy grande de mi corazón: mi madre.

El próximo viernes, 14 de agosto, cumplirá 58 años, de los cuales he compartido 38 (casi 39).

Y aquí es donde me fallan las palabras, pues no soy muy hábil con ellas. Cuando quiero hablar o explicar lo que siento, las palabras siempre me parecen pobres; no hay forma de encerrar en ellas a las maravillosas sensaciones que causan en mi las sonrisas de mi madre, mucho menos sus abrazos, sus besos… o simplemente el mirarla, saber que está ahí.

Si tuviese que definir a mi madre con una sola palabra, esa palabra sería AMOR, pues ella es la esencia del mismo.

La admiro. Siempre la he admirado.

“¿Sabes una cosa, mamá?… Te quiero. Te quiero con un amor tan grande donde cada una de tus lágrimas se convierten en propias. Te quiero con un amor tan inmenso en el que cada una de tus sonrisas se convierten en pequeños diamantes de felicidad. Te quiero con tanta ternura que quisiera protegerte de cualquier mal. Te quiero con tanto agradecimiento que todo me parece poco para ti. Nadie podría quererte más de lo que yo te quiero… y ya ves, aún queriéndote todo lo que te quiero, no consigo escribirte una poesía decente. Es que ya sabes que lo mío, más que las palabras, son las imágenes y, aún así, los sentimientos solo se pueden sentir, no se pueden atrapar, sea en palabras, sea en imágenes. Lo desbordan a uno de tal manera que muchas veces, en vez de inspirarlo, lo bloquean por su inmensidad.

Sé que como familia llevamos una gran pena en el corazón, pero verte ahí, día a día, peleándo por aguantar, me da fuerzas para seguir, pues eres parte de mi aliento… parte de mi motivación… eres mi ejemplo a seguir.

Ojalá sean otros 58, y me parecerán pocos, para poder disfrutar de ti.

Te quiero, mamá.”

Próximo turno para: O – Aspective – Activo

10 comentarios

Archivado bajo Sonvak_

Si es que las mujeres nunca están contentas con nada.

Por: Daniela

Tres golpes: solamente eso fue suficiente para hacer callar a los ocho escandalosos amigos, para silenciar el tintineo incesante de las copas y de los cubiertos; por un momento, pareció que hasta el tráfico de la calle cesaba, sumiéndose en una ceremoniosa quietud. Los golpes fueron secos, simples. Pero de alguna forma, podía notarse que la mano de quien estaba del otro lado o bien temblaba, o estaba lastimada y magullada, y la segunda opción era bastante improbable.

 

Clara abrió los ojos como platos, y derramó unos pedacitos de jamón sobre su regazo. Se puso de pie lenta y débilmente, como aquel que ha pasado toda la noche sin siquiera pestañear, esperando su ejecución fríamente planeada para esa mañana, y ahora se levanta, para ser conducido a su destino inexorable.

Y de la misma forma que a esa desafortunada víctima del verdugo le pasaría, imágenes aleatorias (o quizá no tanto) recorrieron la mente de Clara como un rayo: momentos pasados, segundos, tal vez horas. Sus propias palabras, impresas en una Times New Roman que no sugería nada, le acuchillaron los ojos de repente, corajudas y modestas, a veces, inseguras, ajenas.

 

«He sido llamada “héroe” en muchas ocasiones. Qué ingenuidad, la de los hombres»

 

¿Qué pensaría su verdugo de aquellas palabras? ¿Le perdonaría la vida? ¿La abrazaría, con lágrimas en los ojos? ¿Le pegaría una bofetada? ¿Le daría la espalda?

 

— ¡Nadie abra la puerta!—ordenó Clara, sin poder controlar sus temblores. Sus ojos destellaban un miedo inusitado.

—Pensé que querías que viniera más que nada—observó Andrés, sorprendido.

—Sí, es que las mujeres nunca están contentas con nada—murmuró el gordo, mirando hacia otro lado. Victoria le propinó un fuerte puntapié.

 

«Hay mucha gente que busca ser un héroe, que busca escribir una historia de aventuras propia, que quiere ser  protagonista; gente que busca la inmortalidad, la vida eterna. Que busca vencer a la muerte. Y sobresalir, hacerse notar, dejar su huella y su legado. Para muchos, ese es el verdadero sentido de esta vida. Y lo respeto. Pero yo nunca busqué nada de eso, ni nunca lo voy a buscar. Lo único que hice fue intentar no morirme.»

 

Recordaba cada una de sus propias palabras: esa era una pequeña parte del libro, tal vez la que más le había emocionado escribir. Describía cómo se sintió justo después del accidente.

Ingenuamente, Clara seguía llamando “accidente” a lo que en verdad había sido un atentado; pero se le había hecho costumbre, qué más daba. En aquella loca mañana, ella y seis personas más se vieron obligadas a salir a recorrer los mugrientos túneles del subterráneo madrileño en busca de una salida, porque todos los demás que se habían salvado de las explosiones estaban gravemente heridos.

 

Tres golpes más. Los demás la miraron, impacientes. Hernán, su hijo, le hizo una seña de ánimo.

Pero no podía. ¿Y si todo cambiaba? ¿Y si había cometido un error garrafal?

 

«La línea entre la vida y la muerte es finísima, yo me di cuenta aquel once de marzo. Pero me di cuenta de algo más: el límite es flexible, se estira. ¿Hasta dónde podemos llegar en ese intento desesperado de aferrarnos a la vida? ¿Qué tan poderoso es nuestro instinto de conservación? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar? ¿Hasta dónde nuestro cuerpo nos va a respaldar en esta locura, cuánto podrá soportar antes de dejarse ir?

Pues tendrán que creerme: el único límite del hombre, es la muerte.

A mi me había operado la pierna una chica de mi misma edad, una adolescente que todavía no había puesto un pie en la universidad, pero que era aficionada a la medicina. Casi dos horas después, yo estaba corriendo más rápido que nunca, cargándola a ella en mis espaldas, escuchando tiros detrás. Recuerdo que sentí ese grito que me desgarró el corazón en mil pedazos, y me paré en seco: lo habían matado, habían matado a Hernán. Yo lo había amado, pero en ese momento, no pude derramar ni una lágrima. Me sentía una niña perdida en el parque, con algunas diferencias: estaba en un lugar mucho más lúgubre, y los terroristas aparentemente se escondían en ese acogedor lugar. Además, llevaba a una extraña pelirroja increíblemente inteligente y probablemente más pesada que yo a caballito.

Julieta chorreaba sangre: le habían hecho un corte muy profundo en el torso, tenía la cara amoratada, y, claro, tenía la bala incrustada en la rodilla. Como me había quedado quieta, y después del grito no se había escuchado nada más, caí en la cuenta de que la muchacha todavía respiraba. No recuerdo haber escuchado una música más hermosa en toda mi vida, y como dueña de mi propia disquera, he escuchado música hermosa. Pero nada comparado a escuchar el silencio de aquel eterno agujero, interrumpido por las goteras, los movimientos tímidos de las ratas, y su maravillosa respiración.

La sostuve bien y comencé a correr de nuevo, decidida a no desfallecer.

Sin embargo, mientras corría, comencé a sentirme mal, y no físicamente. Me embargó un…un odio momentáneo. Pero intenté ignorarlo.

Fue el único momento en que le eché la culpa. Después de todo, Hernán había muerto para que yo pudiera salvarla de la mano de aquellos fanáticos, que insistían en torturarla, y habían comenzado a sacarle la ropa a los tirones. Nosotros nos habíamos escondido, y podríamos haber escapado. Pero Hernán era demasiado noble. Tal vez por eso me enamoré de él… Supongo que si la sociedad insiste en que haya un héroe de la historia, mejor que sea él.»

 

—Basta—se dijo Clara a sí misma, y se dirigió con paso firme a la puerta. Todos miraron, expectantes. Cuando la abrió, pudieron ver en el umbral a aquella pelirroja preciosa, como la describiría Clara, «con una mirada tranquila, quieta, como lo estaría el mar en un día sin brisa».

 

Silencio.

Las dos se miraron fijamente por unos segundos. Luego, Julieta dijo:

—Creo que lo arruiné, ¿no?

Clara palideció.

—Juli, yo…

Pero Julieta levantó la copia del libro que tenía en la mano derecha.

—Mira esto, es un desastre. Lloré tanto desde la página 130 a la 147 que se quedaron pegadas. Y en muchas ya ni se lee lo que dice… Además, creo que me quedé dormida sobre la 208, porque hay un charco que estoy segura es mi saliva…

La otra la miró desconcertada al principio, pero luego, como si alguien le hubiera quitado la sábana a la certeza, se dio cuenta.

—Tú y tu estúpido sentido del humor.

Julieta rió, y las lágrimas que ya no podía aguantarse comenzaron a escaparse de sus ojos.

Se abrazaron como nunca antes lo habían hecho, y al momento en que sus cuerpos se tocaron, estallaron en llanto. Desde el accidente –ambas lo llamaban así, tal vez para no recordar-, habían sido inseparables. Pero habían cosas que nunca se habían dicho, y que Clara había decidido sacar de una vez. Era su principal motivo de escribir el libro.

—Gracias—le murmuró la pelirroja al oído, con la voz tomada.

 

***

El gordo sintió unas ganas de llorar tremendas, igual que todos los que estaban ajenos a esa escena, y sin embargo, tan dentro. Comenzó a aplaudir suavecito, con timidez. Pronto, todos se unieron al aplauso: pareció como si un teatro entero estuviese aplaudiendo, entre llantos y risas.

 Próximo turno: N – Sonvak – Activo

13 comentarios

Archivado bajo Daniela_