Archivo diario: 2 agosto 2009

Encendió una cerilla y salió corriendo.

Por Gorio – R – Activo

Como se iba a imaginar Aspective, que al otro lado de la puerta estaba Sara escuchando todo lo que le estaba diciendo a Daniela. Le estaba soltando aquel responso que tenía guardado desde hace tiempo, desde que pasó el percance con ella.

_Dani, ya está bien. Lo nuestro no puede ser, yo estoy loco por Sara y no quiero que se estropee por tus tonteos conmigo.Te ruego que lo dejes ya de una vez.

_Pero Aspec, le contestó Dani, estoy enamorada de ti y haré todo lo posible para que los dos acabemos juntos, esa arpía de Sara no te conseguirá, yo me encargaré de ello.

_No me metas en líos, por dios, ya te lo he dicho…, yo quiero a Sara es la mujer de mi vida, lo sé, lo nuestro nunca funcionaría.¿ no lo entiendes?.

Sara no salía de su asombro, no tenía ni idea de que Aspec sintiera eso por ella, aunque ultimamente estaba demasiado amable con ella, pero no se había percatado hasta ahora.

_¡¡Que no!!, gritó Aspective dirigiéndose a la puerta.

Sara lo escuchó y se escondió detras de la esquina del pasillo con un rápido y sigiloso  movimiento, confiando en no ser descubierta.

Aspec abrió la puerta con rabia y se dirigió a su despacho con paso firme y malhumorado, murmurando entre dientes, palabras ininteligibles llevándose un cigarro apagado a la boca.

Daniela encendió una cerilla y salió corriendo detrás de él ofreciédole fuego para ese pitillo.

_¡¡ Esperaaaa !!, toma fuego, espera…Aspec!!

Sara observaba en silencio, asomando media cabeza detrás de la pared.

Aspective se paró en seco, y se dio la vuelta.

_¡¡¿Qué quieres?!!, déjame en paz.

_No te enfades, solo quería darte fuego, nada más.

Se acercó a ella para que le diera fuego, y en ese momento se dio cuenta de que alguien los miraba al final del pasillo, afinó la vista y comprobó que era Sara. De repente se le calló el pitillo al suelo y todo su cuerpo retrocedió sin voluntad hasta chocar de espaldas con la puerta del baño desplomándose en el suelo.

Daniela se apostó a su lado, empezó a darle besos en la mejilla y a decirle lo mucho que lo amaba.

Sara salió como una exalación del recodo y se avalanzó sobre Daniela, en sus ojos se veía una rabia contenida, mientras gritaba:

_¡¡¡¡¡ Saca tus sucias pecuñas de él, te voy a matar !!!!!

Los gritos alertaron a toda la oficina, y en un instante ya estaban en el lugar de los hechos, comprobando con estupefacción como se peleaban las dos mujeres mientras Aspective permanecía inmóvil en el suelo.

mujeres peleando

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Le enseñó el dedo corazón

Por: Sara

Montse le dedicó a Gorio ese gesto insultante tan particular: le enseñó el dedo corazón. Estaba inundada por la rabia, y si él hubiera estado a su alcance, lo hubiera abofeteado de buena gana. Pero para entonces, Gorio ya estaba abandonando el edificio, a marcha acelerada, mientras ella miraba por la ventana cómo huía el hombre con el que había compartido más de cinco años de su vida.

No entendía cómo las cosas habían cambiado tanto de un día para otro. De repente, él ya no la amaba, llegaba tarde por las noches, no salían juntos ni siquiera al cine, y la llama que un tiempo hubo entre ellos, se apagó porque alguien había soplado con fuerza. Gorio no dio demasiadas explicaciones de su marcha. “No te quiero”, le espetó a Montse duramente. “¿Por qué? ¿Por qué?”, le inquiría ella sin obtener respuesta. Estaba segura de que no había cometido ningún error imperdonable, y lo único que se le pasaba por la cabeza era una clara infidelidad.

Sin Gorio, Montse podría vivir, pero con el peso de una traición, no. Desde aquel día, cada vez que volvía a casa del trabajo, encontraba un nuevo vacío. Él se llevaba sus pertenencias de forma que Montse apenas lo pudiera percibir. Pero a ella nadie la engañaba. Un vecino hizo alusión, no sin cierta ironía, a lo bien acompañado que se le veía últimamente a su ‘muchacho’. Un día Montse salió antes del trabajo, y cuando abrió la puerta del portal, el mismo vecino chismoso informaba de que Gorio se encontraba arriba con “su nuevo amor”. Se quedó petrificada. No sabía si subir y pillarles con las manos en la masa, o largarse de allí y volver más tarde, haciéndose la tonta.

Finalmente decidió subir las escaleras, temiendo el enfrentamiento. A medida que se acercaba, se iba escuchando una música de baile. Salía de su piso, estaba segura de ello. Reconoció en las notas esa melodía que tantas y tantas veces había bailado con Gorio, agarrados de la cintura, moviendo las caderas rítmicamente. Abrió la puerta con cuidado, y los que estaban dentro no se percataron de ello. Montse abrió mucho los ojos para poder asimilar lo que estaba viendo. Abrazado al que había sido su chico, bailando lentamente, riendo, besándose, estaba Sito, el jefe de la oficina y además buen amigo.

Montse montó en cólera interiormente, pero guardó silencio para no ser descubierta. Observó lo que tenía a mano en la entradita, y se le encendió una bombilla al ver sobre el aparador la vela de aceite que estaba de adorno. Derramó el contenido sobre la moqueta, encendió una cerilla y salió corriendo.

cerilla

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Se dio la vuelta para enfrentarlo

P – Montse

Se dio la vuelta para enfrentarlo después de un giro lento, marcado con la cadera al ritmo de aquella música cadenciosa que la distraía con su letra. Una letra que por sabida no dejaba de marearla.

Y nada más lejos de la realidad. Ella se había emperrado en perseguirle y él se había aprovechado, entre comillas, de ella para poder estar ahora allí, aunque hubiera preferido estar con otra pareja.

watch?v=Zhj3VwznJo0 (canción de la rumba bolero)

Le dolía el cuello horrorosamente pero ya era la última vez, no quedaban más que un par de  minutos para terminar la canción y todo habría finalizado. Sentía un alivio y al mismo tiempo una gran pena por el tiempo perdido.

Un momento, ahora no podía pensar. Venía el “New York” y luego el “Spagat” y si no salía perfecto, él era capaz de asesinarla, lentamente, allí mismo, sin mediar palabra. Por instantes su cara, para ella, era la de un auténtico demonio. Atrás quedó aquella cara que le pareció muy atractiva, masculina y de facciones casi perfectas.

Ufffffffff, no le veía los ojos pero no la había bufado, así que era buen síntoma. Bien, ahora iba a deslizarse lejos de él, y al menos, en este momento, él iría detrás de ella y volvería a cogerla entre sus brazos como si fuera lo mejor del mundo.

vestido baile

Con aquel vestido azul pavo real, tan ajustado, tan corto y con la pluma en el moño, se sentía absolutamente ridícula. Y todo por amor, por un amor que sabía  perdido antes de empezar. Mejor dicho, nunca fue compartido.

Se apuntó a clase de baile y le conoció el primer día en el ascensor. El feeling, por parte de ambos, fue inmediato, así que se convirtieron en pareja de baile, a petición de Jorge y con la anuencia de ella y, desde aquella noche, para ella, en el hombre de sus sueños, pero sólo para ella. El soñaba con otros cuerpos, mejor dicho, con uno solo, con el de Rafael, porque a  él le gustaban los cuerpos de hombre, no los de mujer. Sí, así era.

Después de bailar con ella durante un mes y medio, gastarle bromas, algún piquito, muchos abrazos y varias cenas, la llevó a su casa para decirle, cuando ella pensaba que era para llevarla a la cama, que estaba loco por Rafael pero que quería presentarse a un concurso de baile y que la necesitaba para eso. Los concursos de rumba-bolero aún en España no eran para gays.

Valiente mentecato!!!

Sin embargo ella ya no era dueña de casi ninguno de sus actos. Jorge la había llevado a su terreno y ahora babeaba por su aroma.

Y ahí empezó…………

Ahora no podía seguir rememorando, venían las “Diagonales” y la colgaría de los pulgares si no hacía las vueltas bien para luego enlazar perfectamente con las “Alemanas”, para volver al “clásico en línea” y luego al “cross”.

Le dolían, a pesar del tiempo que llevaban practicando y ensayando, las axilas de llevar los brazos tan elevados, tan rígidos y tan forzados. Cuando todo esto acabara, no iba a volver a caminar en puntas jamás. Llevaría los brazos descolgados y dejaría caer el cuello, aunque le saliera papada y la confundieran con la gola de Felipe II.

Había puesto tanto empeño porque no había tenido el valor de decirle que no, que lo hacía porque estaba pillada por él, pero que pasaba como de comer ortigas de su baile, que el único meneo que le apetecía era en otro sitio y que si a él no le gustaban las mujeres, que ella no iba a hacer el paripé, pero como era idiota, aceptó. Y allí estaba disfrazada de cupletista de tercera, con una pluma que se le metía en la oreja izquierda, cada dos por tres, bailando con un homosexual, para que se llevara un trofeo, y, ojala así fuera, porque tenía un mal carácter importante. Aunque por momentos le estaban entrando unas ganas enormes de “ana-lizarle” el trofeo, si lo conseguían, y mataba dos pájaros de un tiro.

¡Cómo era posible bailar algo tan romántico y que resultara tan desagradable!

En varias ocasiones, en los ensayos, había sufrido su mala baba y se había quedado con las ganas de darle un bofetón o mandarle a hacer gárgaras, pero se abstuvo en beneficio de que su sueño de aquella noche no se estropeara, así que tragaba saliva, pedía perdón y volvía a ensayar con más empeño.

Sentía el pelo pegado a su cráneo, de tal manera, que pensaba que se le iba a caer definitivamente. Jorge se había pasado con la laca y la gomina. Pesadísimo se puso con la historia de que no se moviera un pelo. Un pelo no se movía. Para nada. Si llevaba las horquillas clavadas en el hueso. Y con el emplasto encima, cuando movía el cuello, sentía como tiraba de la piel hasta el hombro. Iba a tener que meterse debajo del grifo antes de quitarse una sola de las horquillas y le iba a doler la cabeza mucho tiempo.

Ni qué decir del tinte que llevaba en el cuerpo. Eso había sido horrible. Jorge personalmente quiso teñirle todo el cuerpo porque no se fiaba que lo hiciera bien, así que se había mostrado completamente desnuda ante él. Lo peor, ver como no se había inmutado por nada y ella, haber tenido que pensar en catástrofes horrorosas para mirarle sin que su cuerpo la delatara. Al menos no tuvo que tocarla para no quitarla el dichoso tinte. Aún tenía que agradecerle que fuera tan espantosamente borde, lo que la ayudó sobremanera a superar el trance. Porque pasados el primer mes y medio se acabaron los piquitos, las cenas y los abrazos, aquello fue la comedieta para llevarla a su terreno y convencerla para el concursito. Una vez que la burra mordió la zanahoria, no volvió a probarla.

¡El dineral que se había gastado en medias de rejilla, por el amor del cielo! En los ensayos las enganchaba constantemente y Jorge la regañaba por ser tan desastre. Otra cosa que no iba a usar en lo que la restaba de vida, ni aunque se las regalaran.

¡Vuelve a la realidad! ¡La levantada!

Uysssssss, impulso Mary Luz, aaaaaaarriba que viene el porté!!!!!!!! Aguaaaaaaaanta duraaaa!!!!! Y ahora desliza suave al suelo con el cuello rígido, que te mata, como si no te costara Mary Luz!!!!! Hummmmmm …… bueno, parece que hemos superado el momento difícil y sin pellizco de monja.

No, ahora sí que tenía que dejar de torturarse con pensamientos de lo que podía haber sido y no fue. Jorge tenía novio, o al menos tenía un rollo con Rafa, ella no iba a volver a bailar una rumba bolero en su puñetera vida, es más, toda su vida había adorado los boleros pero ahora ya los odiaba, al igual que la cancioncita de marras y a los que la cantaban. Porque la canción que estaban bailando, según le había contado el propio Jorge, era una canción que apasionaba a Rafa.

¿No querías caldo? Pues toma dos tazas, guapa. Para que te quedara bien claro que en ese baile eras simplemente una percha en la que habían puesto el horroroso vestido de color azul pavo, llenito de lentejuelas y con la dichosa pluma del moño que se te metía en la oreja izquierda.

Ahora venía el final y ella quedaba de frente a él, a 3 milímetros de aquellos labios carnosos, a punto de besarlo, y tenían que permanecer así, mirándose a los ojos, hasta que contaran 30. Era orden del alto mando, o lo que era lo mismo, de Jorge. Claro que esa era la última que iba a dar.

Cuando empezaron a sonar los aplausos, ella deslizó suavemente el tacón sobre el empeine de Jorge y lo clavó con todas sus fuerzas mientras le miraba con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa amarga. La sorpresa de él la llenó de orgullo, ella estaba ganando la última batalla, y por tanto la guerra. Mientras todos sus amigos le hacían fotos, la cara de él era un auténtico cromo. La tantas veces ensayada sonrisa dejó paso a un forzado rictus por el dolor que, en cuanto acabó de contar los treinta,  se convirtió en bramido ininteligible entre el abrazo de los amigos que se abalanzaron a felicitarles, momento que aprovechó para escabullirse y corrió por el salón de actos de aquel colegio. Si les correspondía algún premio que lo recogiera él por los dos.

A punto de salir, se dio la vuelta, le miró fijamente, levantó la mano derecha y muy lentamente le enseñó el dedo corazón.

dedoPróximo turno: Q – Sara – Activo

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