Archivo diario: 30 julio 2009

Primer premio a la Tortillera del Año

Salimos del hotel y tomamos el metro hasta el Sol, bueno hasta la plaza del Sol.

«Salir de Sol y bajar por la carrera San Jerónimo. Llegar hasta la pastelería de las violetas y girar hacia la derecha. Una o dos calles, no recuerdo bien,», ponía la nota, «y volver a girar a la derecha, hacia una pequeña plaza triangular. Poco antes de esta vera la gente.»

Seguimos las instrucciones tratando de encontrar el local. Nos habían dicho, además, en el hotel, que había en la puerta la placa, firmada por la asociación de vecinos de la zona, de un premio que le concedieron recientemente, «aunque es un poco chocante» comento el recepcionista.

Llegamos al local, vimos la placa:

«Primer premio a la Tortillera del Año«

– Bueno – comentó uno de mis acompañantes – podían haber elegido otra palabra para la cocinera pero es un gran reconocimiento.

Entramos, haciendo hueco entre la gente que abarrotaba el local sin sillas ni mesas. Tardamos un tiempo en llegar a la barra y pedir.

– ¿Normales o bravas? – nos preguntó el camarero.

– Cinco Bravas – respondió uno del grupo.

Miramos hacia «la cocina»: una par de fuego, perpendiculares a la barra, en el trozo más corto de la L que esta formaba, justo bajo del ventanal que le daba algo de ventilación, o al menos eso se pretendía, aunque era dudoso en la calurosa noche del agosto madrileño. Por si era poco el calor de los dos fuegos, una batería de cuatro freidoras detrás, paralela a la barra, permanentemente encendidas, preparaban las patatas.

Y delante de ellos, con bata y gorro blanco y dándonos la espalda se alzaban ciento veinte kilos de humanidad, dotados de unos potentes brazos, como podíamos comprobar en el ritmo frenético e incansable con el que lanzaba al aire las tortillas para darles la vuelta.

Ya estábamos comiendo cuando nos explicamos lo curioso de la placa. En un momento dado hizo un descanso, se quito el gorro y se giró para tomar un baso de agua, del grifo de bajo de la barra. Y pudimos contemplar su brillante calva y su poblada barba.

Siguiente turno para K – Alejandro Marticorena – Activo

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Lo sé, por eso sigo sola hasta que una voz me interrumpa de nuevo.

Es que ya era la cuarta vez que alguien la interrumpía mientras daba su discurso de homenaje por aquel anhelado premio que le habían concedido.

No sabía realmente porque se lo habían concedido a ella, pero ahí estaba, en el «púlpito». Sabía que en esos menesteres ella no era mala; muchos años de experiencia; de hecho miles de «clientes» habían pasado por su trabajo deleitándose de ese excelente manjar que hoy la había encumbrado.

«Y mamá era la que me había enseñado», «si estuviese ella aquí para que me viese», pensó por un momento, con esa pedazo de placa entre sus manos para ella merecidísimo, pero para otras no tanto, a tenor de las veces que ya la llevaban interrumpiendo mientras lanzaba al aire sus frases de agradecimiento por el premio otorgado.

Y es que la envidia es muy mala y levanta muchas ampollas, más cuando hay premios de por medio y dependen de las opiniones subjetivas de un jurado. Pero ella sabía que esta vez se lo merecía. Muchas veces había deseado ese reconocimiento y al fín estaba ahí. Son de esas ocasiones en las que se sentía orgullosa de su saber hacer y años de «tocar huevos» le habían valido la pena.

La ilusión que todos los años tenía, era la primera vez que la sentía en su cuerpo en forma de alegría desbordada. Pero estaba claro que había «gentuza» que no la iban a dejar disfrutar de su momento, por otro lado tan merecido.

Si ya se lo había dicho su marido «como tú no me las ha hecho nunca nadie». Hasta en una ocasión, durante un verano calurosos de los noventa, las había probado su vecino, que se había quedado solo en casa porque su señora y sus retoños se habían ido a pasar unos días a casa de su suegra y a ella le había dado pena que el pobre hombre quedase desatendido con lo que se armó de valor fue a su casa, cogió sus huevos , et voila!! una obra maestra que el pobre hombre agradeció hasta la eternidad: «nadie me la ha hecho nunca como usted» repetía una y otra vez el hmbrecillo mientras se babeaba con cara de tonto.

Y ella lo sabía, en lo suyo era muy buena, y ahora este reconocimiento así lo decía.

Solo le surgía una duda, ¿cómo le iba a sentar a su marido el tener que poner esa placa en el armario y que todo el mundo la leyese?

Premios del Barrio de la Estación de Chinchilla de Rioseco 2009, rezaba la parte oficial de la placa, mientras que debajo ponía el galadón: «Primer premio a la Tortillera del Año«.

Próximo turno: J – Lustorgan – Activo

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