Archivo diario: 28 julio 2009

Su cama es una estación de tren donde entran y salen las mujeres…

Hoy es uno de esos días en los que me levanto raro, con el alma cansada. Si, a mi me pasa, es como si viviera en una burbuja o estuviera todo el día masticando “marijuana” y de pronto despertara y lo viera todo claro…esto no tiene sentido. No tiene sentido que nos despertemos todos los días a la misma hora para hacer lo mismo, como el día de la marmota pero a lo bestia (aquella gran película de Bill Murray, ¡que tiempos aquellos, ay!). Hoy es de esos días en que me pregunto si merece la pena estar media vida estudiando para poder estar la otra media trabajando y si merece la pena pasar por la tierra y no hubiera sido mejor nacer en el cielo. A mi me dura hasta que me encuentro con mi pareja que en estos momentos es quien da sentido a mi vida (¡Felicidades!, su cumpleaños es el jueves), es mi burbuja. Pero, ¿y cuando no tenia a esa persona?, cuando no tenia esa persona esos días se pasaban mas largos, pero me hacían pensar. Pensar en las cosas buenas y las cosas malas de la vida, en los pros y los contras de las cosas y al final acabe buscándole el sentido a cada uno de los argumentos contrarios que me encontraba por la vida. Es un ejercicio mental que recomiendo y que no solo desarrolla la única neurona que nos queda, por culpa de la polución, los rayos uva y el efecto invernadero, sino que nos permite posicionarnos en cualquier conversación poniéndonos en el lugar del otro. La única pega es que tiende el hombre, como humano que es, a sacarle punta a todo y mi inconciente limo el invento y solo ejercitaba la mente con aquello que me entretenía. Por ejemplo ves al típico guaperas en la playa en Ibiza que seguro que su cama es una estación de tren donde entran y salen las mujeres, y piensas que harías tu si fueras el para no ser solo eso, un muñeco, que situación podría darse para que tu tuvieras ese cuerpo pero a la vez fueses una persona con principios, lo triste es cuando certificas que era como tu pensabas.

Pero en definitiva para que no te guste algo tienes que conocerlo, por lo menos en este planeta y no lo digo yo, creo que lo dijo Einstein, aquello de “Al hombre dile que la Tierra es un planeta dentro de un universo con muchísimos planetas y se lo creerá, ahora dile que ese banco esta pintado y hasta que no lo toque no se lo creerá”.

¿El dinero y la fama dan la felicidad?, ayudan a conseguirla ¿pero a cambio de que?. No señores no se engañen que nadie da algo a cambio de nada, ni cuantificable ni sentimental. ¿Alguien ahí fuera cree en los políticos?, claro pero en sus políticos, los del partido contrario ni son políticos ni son nada ¿no?, todo depende del cristal con que se mire. Tenemos que dar gracias a dios por tener nuestro propio cristal con el que mirar. Pasan las horas y encuentras sentido a todo, conectas la televisión, ves lo que hay ahí fuera y dices, tengo todo cuanto deseo. Pero no me hagan mucho caso, porque ya les digo, hoy es uno de esos días en los que me levanto raro, con el alma cansada.

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Qué coincidencia aquello que sentíamos.

POR C – 08SANDRA – ACTIVO

Qué coincidencia aquello que sentíamos, así empezó la historia pero María se volvió a equivocar… comienzo por el principio:
María, debido a su trabajo frecuentaba los mismos hoteles y casi los mismos restaurantes donde comía cuando acudía a otras ciudades para realizar su trabajo. A veces, eso era conveniente y otras no, conveniente por una parte porque al conocer a los dueños podía obtener algún que otro descuento en la factura de hotel y por otra parte inconveniente porque según en qué ciudad o pueblo era asidua a un hotel o restaurante la gente, que siempre las hay, al desconocer a lo que se dedicaba, pensaban que los largos ratos que pasaba en la cafetería del hotel terminando sus reportes diarios antes de subirse sola a la habitación, era porque buscaba algo…

María tomando su café

María tomando su café

María era representante de una empresa de bebidas, se pasaba el día visitando tiendas, bares, restaurantes, hoteles, cadenas de alimentación… y al llegar la tarde tenía que hacer un resumen del día para enviarlo a su empresa a final de cada semana, ella en vez de subirse a la habitación pues le aterraba la soledad, se quedaba en cualquier mesa de la cafetería del hotel donde estuviera alojada, rellenando sus papeles, haciendo alguna que otra llamada y preparando el trabajo para el día siguiente, siempre con su café con leche sin azúcar, saboreándolo lentamente, como si fuera su último café,  y atenta a su trabajo sin reparar en su alrededor.
Cuando esto lo hacía en una ciudad, nadie reparaba en ella, todo el mundo iba a lo suyo, pero cuando esto lo hacía en un pueblo, la gente la miraba, y cuchicheaba sin que ella se diera ni cuenta.
En esta ocasión María estaba en el típico pueblo de machos, que las mujeres estaban en casa cuidando de los niños y haciendo la comida y ellos en la cafetería o bar del hotel del pueblo, solía ir a ese hotel porque tenía buen precio, le cogía a mano de varios pueblos cercanos, no tenía que andar trasladándose a lo largo de la semana y a los dueños cada vez que iba les metía un buen pedido, que por supuesto repercutía en sus beneficios.
María solía hacer siempre lo mismo, por la mañana temprano tomaba en la barra un café con leche sin azúcar y salía pitando para empezar la jornada,  a mediodía comía donde le pillara y no regresaba al hotel hasta las 7 o las 8 de la tarde, hora en la que preparaba los asuntos para el día siguiente y después cenaba algo y subía a dormir.
Una mañana de miércoles uno de los dueños, con el que hablaba frecuentemente y con el que tenía más confianza, le preguntó si esa tarde volvería a la misma hora de siempre, ella que no sabía por dónde iba le dijo que sí, que aproximadamente volvería a las 8, el joven no le dijo nada más. María pagó su café y se despidió.
A lo largo del día ni se acordó más de la pregunta de la mañana, a eso de las 6 de la tarde la invitaron a la inauguración de un pub y María vio una buena oportunidad para vender sus productos, pues vendía vinos sin alcohol, vinos espumosos, vinos de aguja y otros productos que podría ir introduciendo en ese nuevo pub, así que decidió ir y allí estuvo hasta las más de las 12 de la noche. Cuando se dio cuenta de la hora y pensando que al día siguiente tenía que madrugar se fue como un rayo para el hotel y directamente a su habitación a dormir.
A la mañana siguiente, uno de los camareros la saludó y le dijo que Juan (ese era el nombre de uno de los dueños) se había quedado esperándola.
Ella con cara de extrañeza le preguntó:
– ¿Cómo?
El camarero le dijo:
– Si, Juan estuvo aquí hasta cerca de las 12 pues era su cumpleaños y quería invitarte.
María entonces cayó en la cuenta y recordó lo que por la mañana le había preguntado Juan y se sintió mal por no haberle prestado atención y sólo comentó:
– Esta tarde hablaré con él, por favor dile que me espere.
Y se despidió. Durante el día no pudo quitárselo de la cabeza y a la hora de comer llamó al hotel sabiendo que Juan era el que normalmente cogía el teléfono. Lo saludó y le pidió disculpas, Juan, al oír su voz le contestó un poco contrariado pues pensó que ella lo había hecho a posta, mantuvieron una breve conversación y él le dijo: «¿es que no te has dado cuenta?», ella no daba crédito a lo que oía y le preguntó:
-¿Cuenta? ¿De qué?
Juan, le dijo que era mejor que lo hablaran en persona, que le habían dado su recado y que la esperaría y en eso quedaron.
Cuando María colgó no sabía qué pensar, estaba aturdida, desorientada, ella con el que más hablaba era con Juan pero aunque a ella sí le gustaba, jamás había pensado que Juan pudiera sentir algo por ella.
María le siguió dando vueltas a la cabeza el resto de la tarde y pensando y pensando, ahora se explicaba algunas de las «atenciones» que Juan tenía para con ella, le había quitado de encima algún que otro moscón baboso de encima, la invitaba al café de sobremesa y pasaban mucho tiempo hablando…
A media tarde, puso una excusa y se fue al hotel, eran las 6,30 aproximadamente, Juan al verla llegar tan pronto le preguntó:
-¿Te encuentras mal?
María lo miró y tuvo que apartar su mirada de la suya porque un frío le recorrió todo el cuerpo y en ese preciso momento se dio cuenta de algo muy, muy raro:
¡Ambos sentían lo mismo! ¿Cómo puede ser? – se preguntaba para sí misma. Si hemos hablado de mil cosas, hemos comido y cenado juntos, conozco a su mujer ¿Cómo puede ser?
Pidió su llave y se fue a su habitación y le dijo:
– Ahora bajo. Juan cambió su cara y le dijo: – De acuerdo, ¿te espero y cenamos?
Ella sólo asintió con la cabeza semi bajada.
Ya en la habitación, soltó en la cama sus carpetas, sus papeles, el móvil y el portátil y se metió a la ducha, no podía quitárselo de la cabeza y no dejaba de preguntarse:
– ¿Cómo puede ser?

¡¡¡PASAJERAS al tren!!!

¡¡¡PASAJERAS al tren!!!

Ambos estaban casados y a Juan siempre lo había visto como un amigo y nada más lejos de su intención de mantener una relación con él. Mientras se duchaba, hacía un recorrido mental por el tiempo pasado con él, las risas, las bromas, los gestos, en realidad tenían más cosas en común de lo que ella quería pensar. Cerró la ducha y se dijo:
– Y ¿Por qué no? pero la duda le invadía y se preguntaba:
– ¿Será otro hombre que piensa que su cama es una estación de tren donde entran y salen las mujeres?
Para saber el final tendremos que esperar al siguiente capítulo.

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