Archivo diario: 23 julio 2009

Los amantes del círculo polar.

Por R-Gorio-Activo

Mientras el film, Los amantes del círculo polar, se deslizaba ante nuestros ojos, notaba el cuerpo de Sara junto al mío, cobijado bajo mi brazo izquierdo. Su suave y hermosa melena morena, me acariaba el rostro.

Empezamos a entrar en calor. Todavía no podía creerme que ella estuviera allí conmigo. Comencé a besar sus labios muy despacio, saboreándolos. Siempre me había gustado besar, y ella había nacido para que la besaran.

Ella me correspondió abriendo su boca invitándome a un contacto más profundo, y yo no dudé ni un segundo en asaltarla con mi lengua. Tenía hambre de Sara.

Mi mano derecha  se deslizó por su brazo izquierdo hasta que llegó a sus dedos, entonces, su mano apretó la mía con fuerza. Se desató la pasión, y nuestros besos se tornaron en un torbellino de sensaciones.

Caímos al suelo porque nuestros movimientos no tenían ya un orden lógico, y nuestras ropas empezaron a volar por toda la estancia. Hacía demasiado calor, a pesar del frío ártico que reinaba en el exterior.

Se puso encima  mía y mientras me clavaba sus uñas en el pecho,  contemplaba como su pasión subía en intensidad. Yo apretaba sus nalgas con fuerza y con suaves movimientos la atraía hacia mis caderas. Ella parecía experta en el tema,  porque su cintura comenzó a contorsionarse de un lado para otro y de adelante hacia atrás, de un manera casi salvaje, cosa que me encantaba.

amor, parejas, amantes

Los gemidos inundaban toda la casa y el sudor corría por la madera. Nuestros cuerpos eran uno y nos devorábamos sin contemplaciones.

_ Te amo, Gorio, te amo…, me dijo de repente.

_ Y yo a tí, Sara, le contesté.

El climax fue tan intenso que ambos gritamos casi llorando, y nos dejamos caer  abrazados  en el suelo.

Próximo turno para: W-Cuauhtémoc-Activo

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Sólo cenizas

Por Q – Sara – Activo

Dejé mi carta de renuncia en el despacho del director. Recogí mis bártulos y los cargué en el coche, ya era hora de comenzar las vacaciones como es debido. Necesitaba desconectar del trabajo, de la rutina, de mis problemas personales, y perderme donde nadie me conociera: empezar de cero. Mi vida se había convertido, con el paso de los años, en un auténtico vacío, no me quedaba nada de lo que seguir tirando, todo se había reducido a cenizas.

Siempre me había gustado la idea del turismo de intercambio, pero no me daba confianza eso de dejar mi casa para que un desconocido acampara a sus anchas. En ese momento me lancé a la aventura porque, al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Y ahí estaba yo, camino de Gamvik, una localidad costera bañada por el Mar de Barents, en Noruega. Un lugar donde los españoles ni siquiera asomaban, ya que descubrir que la tierra no es plana a muchos aún les puede causar un verdadero trauma.

Gamvik

En dirección contraria conducía la persona que durante un tiempo indefinido iba a ocupar mi hogar en España, mientras yo me instalaba en el suyo de Gamvik. No me fue difícil dar con la dirección, ya que el pueblo era más bien pequeño, con poco más de mil habitantes. Aparqué mi coche en la puerta, y entré en la casa deseando poder encender un buen fuego. Hacía frío, mucho frío, un frío Ártico, diría yo.

Calentándome junto a la chimenea, me quedé dormida, exhausta después del largo viaje. En los días siguientes fui explorando el terreno, eliminando de mi vida los relojes y los calendarios. En Gamvik, en verano, el día duraba 24 horas, aunque por la temperatura nadie adivinaría que estábamos en esa estación. El suelo estaba helado, y ni los intensos rayos de sol conseguían descongelar el ambiente. Poco a poco me fui acostumbrando, la vida pasaba lentamente en el Círculo Polar, y la amabilidad de la gente me hacía la rutina más cálida. Me gustaba vivir allí, me olvidé de todo lo que había dejado atrás, y ni siquiera sabía el día o la hora en que estaba.

Hasta que llegó el invierno, y la noche se instaló de forma permanente. Me encerré en casa, junto a la chimenea, pensando que cualquier día tendría que huir de allí si no quería morir por congelación o por tristeza nocturna. Un día, mientras dormitaba al calor de las llamas, un ruido me alertó. Alguien había entrado en casa. Un hombre se acercaba a mí, me debió de ver tan asustada que trataba de calmarme, hablándome en español. Entre mis gritos, pude escucharle decir que se llamaba Gorio, y que era la persona con la que había realizado el intercambio de casa. Una vez me hube tranquilizado, pudimos contarnos nuestra experiencia.

A Gorio le había gustado mi ciudad, se encontraba cómodo en mi casa, y había disfrutado del tiempo allí. Había llevado un ritmo muy activo, viajando por todo el país, acudiendo a fiestas y haciendo amistades. Justo al contrario que yo, que me había sumergido en un círculo de calma y aislamiento. Me contó que había regresado porque tenía que volver al trabajo, sus vacaciones habían tocado a su fin. Yo me había despreocupado del tiempo, pero ya iba siendo hora de rehacer mi maleta y volver a mi casa.

Los días en los que preparaba mi viaje, Gorio me abrió las puertas de su vida, ya que la de su casa la había abierto yo meses atrás. Me mostró otro punto de vista de Gamvik, un punto de vista nocturno, envueltos en pieles que apenas nos dejaban adivinar las miradas furtivas que nos dedicábamos. En el hogar, la chimenea nos proporcionaba calor, pero aún así, las temperaturas polares se hacían insoportables para alguien como yo. Sentados en el sofá, juntábamos nuestros cuerpos para perder el frío. Y con tanto roce, inevitablemente acabamos compartiendo cama e intimidad.

La noche anterior a mi marcha, la pasión de la despedida nos desbordó. Permanecimos despiertos hasta que la vida en Gamvik comenzaba a tomar forma (decir ‘hasta el alba’ sería un error en este caso), y entonces caí rendida, pues en unas horas tendría que abandonar el que, por una larga temporada, había sido mi helado hogar. Cuando sonó el despertador, me levanté apesadumbrada, y me llevé un buen susto al ver mis maletas deshechas, mi ropa colocada en el armario, mis champús bien ordenaditos en la balda del baño, mi calzado en el zapatero… ¡¡Juraría que el  día anterior había dejado todo preparado para salir pitando!!

Sentado en la cocina, me esperaba Gorio, expectante a ver mi reacción. Sonriendo, me pidió que me quedara, que no quería despedirse de mí, vivir tan separados, lejos del Círculo Polar. Un círculo frío, que sin darme cuenta me había ido atrapando poco a poco, y no me dejaba escapar. Guardamos las maletas vacías en el trastero, y nos dispusimos a ver una película de Julio Medem: “Los Amantes del Círculo Polar”.

 los-amantes-del-circulo-polar

Próximo turno: R- Gorio

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Sería, también, Juan Pablo.

Por P – Montse

Sería, también, Juan Pablo, apostilló uno de los clientes del bar, mientras otro apostaba por que seguiría la saga de los Píos, a lo que otro dijo que imposible, que ninguno se atrevería a llevar el número trece, que era el qué le correspondería llevar si optara por ese último nombre.

Él volvió a desconectar,  retornó a lo que le estaba reconcomiendo. Se debatía entre un montón de sentimientos, la deontología profesional no había figurado en su diccionario personal, sin embargo ahora era distinto.

Primero tenía que hablar con su socio y explicarle el problema, porque no había sido capaz de decirle al cliente que no podían encargarse del asunto. Simplemente tomó todos los datos y le dijo que en veinticuatro horas le contestarían. El medio escogido había sido un e-mail al que le deberían enviar el presupuesto y las condiciones.

Entre todas las agencias de detectives, había llegado a la suya. Era una jugada sucia del destino. Quizá no, tal vez era la llamada de atención que necesitaba para dejar de una vez los juegos a los que se prestaba constantemente y que le hacían recorrer el filo de la navaja, ida y vuelta, una y otra vez. Nunca se había cortado pero esta vez iba a correr la sangre. Más aún, en esta ocasión habría cola para descuartizarle.

Apuró la copa de coñac, que le ardió mientras bajaba por su garganta. La llegada al estómago fue como la traca final y notó un pinchazo como anticipándole que la debacle se cernía sobre él. No acostumbraba a tomar bebida alguna antes de la hora de comer, sin embargo hoy necesitaba un refuerzo que presumió encontraría en la bebida.

Se acercó a la barra, pagó su consumición para volver a la oficina. Tenía que enfrentarse a la realidad. Ya llevaba casi tres horas de retraso.

En el momento que salía a la calle, se oyó un rugido que provenía de la televisión. El Papa se asomaba al balcón para saludar a los fieles que le aclamaban.JuanPabloII_16-Oct-1978

El se paró para ver el momento. Efectivamente se iba a llamar Juan Pablo, Juan Pablo II, y empezó su mensaje diciendo: “No tengáis miedo”.

Aquello le dejó petrificado, parecía que iba dirigido exclusivamente a él, y salió como alma que lleva al diablo por la puerta. Tardó nada y menos en llegar a la oficina y comprobar que su socio había llegado hacía unos minutos.

Se encaminó a su despacho, cogió la documentación y entró en el de José Luis y,  mientras le daba los buenos días, le espetó:

– El marido de mi última amante, nos ha encargado que averigüemos quién es el hijo de puta con quién le pone los cuernos su  mujer. He quedado en darle el presupuesto del asunto en 24 horas. Quiere fotos, quiere datos, quiere domicilios, quiere nombres y apellidos, en fin, el lote completo. Es más, ha dicho que si consigue hundirle, tendremos una bonificación especial.

La cafetera de cristal restalló contra el suelo, como si fuera el látigo de un domador. José Luis le miraba con la cara desencajada. Sujetaba fuertemente la taza con la mano derecha y la izquierda la mantenía en vilo mientras, sin pestañear, no le quitaba la vista a Ángel.  Éste lo había dicho todo de corrido, como si le fuera la vida en ello, y, a la vista del color que se le iba poniendo a su socio en la cara, aquello iba tomando visos de realidad. El cliente no le iba a hundir, lo iba a hacer su socio, pero en un bloque de cemento de cualquier construcción a las afueras de Madrid, al más puro estilo mafia de los años 20.

– Ángel, qué coño me estás contando, por favor, qué coño me estás contando que no tengo la cafenitrina para el corazón y esto es para eso y para llamar al SAMUR. Dime que lo que me has contado es la última estúpida broma que se te ha ocurrido. Dime que tu retorcida y torticera cabeza, ha urdido esta extraña historia para que cambiemos de cafetera y que lleve este traje al tinte –mientras hablaba su tez se iba amoratando peligrosamente- pero dime algo, joder!!!!!!!! bramó José Luis.

En ese momento, asomó la cabeza Gloria, la secretaria, que asustada por los gritos y el estruendo, quiso saber si podía ayudar, pero un berrido de José Luis la ahuyentó, mientras Ángel la hacía un guiño para no asustarla. Aunque estaba claro que andaba en busca de aliados para su causa. Los iba a necesitar.

La escena era tragicómica. José Luis se había arremangado los pantalones, empapados de salpicaduras de café, rodeado de cristales, mientras Ángel hacía una pajarita de papel, cómodamente sentado en uno de los confidentes del despacho.

– Empieza desde el principio y despacio que no he tomado café, te lo advierto por si estás espeso y no te has dado cuenta.

– Ya te lo he dicho todo. Ha venido Jaime Carpena. Me ha dicho que tiene sospechas, más que fundadas, que su mujer le pone los cuernos con un desgraciado hijo de puta. Quiere todo el “pack” completo, y que si le damos datos completos del hijo de puta, o sea yo, habrá bonificación porque piensa hundirle. Le he pedido una foto de su mujer, y es Inés, la tía que me estoy tirando desde hace veinte días. He quedado con él en mandarle por e-mail el presupuesto y las condiciones si aceptamos el caso. Fin de la historia.

– Bien, pues escríbele a su e-mail y dile que acepto el caso, que el hijo de puta es mi socio, al que ha tenido el placer de ver esta misma mañana, porque conocerle no le conoce nadie, ni él mismo. Que ponga dinero en billetes de curso legal encima de la mesa como para que me limpien la moqueta de las manchas, sin especificar de qué tipo, y que le doy, yo personalmente, la cabeza, o la parte del cuerpo que prefiera, y luego que le hunda en el pantano que se le antoje. Como si prefiere llevarte a dormir el sueño eterno al Mar de Arafura, en las antípodas.

– Joder, José Luis, no te pongas cabrón. Hablemos en serio.

José Luis no daba crédito a lo que oía, así que miró fijamente a Ángel. Con una parsimonia que aterró a José Luis, le quitó la pajarita de papel de las manos. Sacó un encendedor y lentamente la quemó hasta que quedó reducida a cenizas en el cenicero que había sobre su mesa.pajarita de papel

Ángel, eso eres tú desde ahora, cenizas, sólo cenizas.

Próximo turno: Q – Sara – Activo

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