Archivo diario: 21 julio 2009

Y si no, marcharemos sobre Madrid.

Por: Daniela

El joven daba vueltas en círculos, con las mandíbulas apretadas y un claro gesto de consternación que nada se condecía con sus facciones lisas y puras: parecía un alma vieja en un cuerpo joven, un búho con alas de colibrí, un ombú centenario atrapado dentro de un fresco limonero. Y es que el pobre chico cargaba sobre sus espaldas el peso de una organización entera: tenía que presidir las reuniones, manejar sus contactos, ocuparse de la engorrosa administración y el papeleo, reclutar gente, encabezar marchas, diseñar proyectos, lidiar con la mala prensa que se había ganado por estar en contra de la industria pesada -y de todo lo básicamente denominado “progreso”- en España, y con las calumnias, y ahora, lo que faltaba, también con la extorsión del gobierno. Pero nadie lo había obligado, pensaba. Él había sido parte de aquello desde muy temprano, y cuando le habían ofrecido ponerse al frente, no lo había pensado dos veces.
Tal vez, simplemente, había sido un ingenuo. Nunca se había dado cuenta bajo la enorme presión que se encontraba su madre cuando estaba a cargo. Pero al enfermarse, ella se lo había advertido.
—No tienes que hacerlo, Horacio, ¿sabes?—le había dicho, débilmente, mientras yacía en una fría y blanca cama de hospital que olía a un fuerte desinfectante.
—No te preocupes, mamá. Voy a terminar lo que empezaste—respondió Horacio, intentando que no le flaqueara la voz.
—Esto nunca termina, corazón. Créeme. Nunca podrás imponerte ante lo que la gente glorifica.
El joven se mordió el labio, cavilando sobre las palabras de su madre. Luego, intentando controlar sus lágrimas, la miró llenamente a los ojos.
—Quizá no—dijo al fin. —Pero no por eso voy a dejar de intentarlo
Se levantó y dirigió su vista a la ventana, y en sus profundos ojos azules se reflejó un duro paisaje de asfalto y vidrio…
—No me importa tener que cortar todo el tránsito y marchar yo solo sobre Madrid, si es necesario—musitó. —Pero no puedo concebir tener que ver todos los días este cuadro surrealista por la ventana. Necesitamos volver al verde, y me voy a encargar de que así sea.
Su madre hinchó el pecho de orgullo, y él la miró de nuevo, ahora con una sonrisa.
—Si una sola persona me sigue en mi marcha…si logro llegar al corazón de un solo ser humano, todo habrá valido la pena.

Ahora, parado en la mitad de su oficina (hecha enteramente de madera reciclada), recordaba aquella conversación, y se preguntaba dónde había quedado aquel chico de la mirada determinada, decidida, aquel loco que pensaba salir a pelear contra una ciudad entera con solo una pancarta.
—Señor Palacios—lo llamó una voz de mujer. El aludido volteó, saliendo de su ensimismamiento. —Llamaron los de Greenpeace, dijeron que lo sentían, pero que no disponían de fondos para una empresa tan arriesgada. Y que, bueno, usted sabe—la mujer se sonrojó un poco—, que siendo usted tan joven…
Horacio asintió, apesadumbrado.
—Gracias, Marta. De todos modos, ya me lo imaginaba. Tendré que seguir buscando.
Marta asintió nerviosa, y se retiró, no sin antes dedicarle una sonrisa compasiva.
Entonces, mientras la mente de Horacio volvía a volar como un colibrí –o más bien como un búho- al pasado, algo lo devolvió a la realidad.
— ¡Hola, Horacio!
— ¡Hola, Lisa!
La niña (hija de Marta) corrió hacia Horacio y saltó a abrazarlo con fuerza.
— ¿Cómo estás? Mamá dice que estás muy preocupado.
Su vocecita era como un hermoso elixir, y detenía por un rato la deforestación de la cabeza de aquel joven agobiado.
—Son solo cosas aburridas y sin interés, Lisa. Lo realmente importante todavía está por hacer.
— ¿Lo realmente importante?—curioseó la niña, tironeándole los cabellos rubios a Horacio, que la mantenía a la altura de sus ojos.
—Sí, ¿qué crees que es?
— ¡Salvar el mundo!—exclamó ella con una enorme sonrisa estampada en el rostro, que era terso y dorado como una manzana.
El chico rió, sintiéndose joven de nuevo.
—Así es.
— ¿Y que vamos a hacer?
—Pues no sé, eso estoy intentando descifrar. Y si no, marcharemos sobre Madrid, solo nosotros dos, ¿qué dices?
— ¡Genial!
Cuando Lisa se fue, Horacio se dio cuenta de algo. De que aquello que hacía, sí valía la pena.

Próximo turno: N – Sonvak – Activo

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