Archivo diario: 11 julio 2009

Atándome a las horas lívidas

AUTORA:  T- CAROLINAGROMANI

Ave Fénix

Atándome a las horas lívidas, en las que como un alma en pena, me quedo esperando tu regreso.

Pierdo el sentido de la realidad, pierdo mi identidad, soy la que tú quieres que sea. Sólo para agradarte, para que no me abandones. Sólo estoy viva cuando estás junto a mí y siento tu aliento; cuando te vas regresan mis horas lívidas, el tiempo no pasa y no tengo alicientes.

Siento que estoy muerta cuando te vas y renazco cuando veo tu rostro sonriente, que te acercas y me saludas con cariño.

Postrada en esta cama, mi cuerpo dejó de seguir a dónde mi cabeza quería ir. Un día una enfermedad se llevó mi libertad, mi cuerpo se quedó, pero mi movilidad desapareció.

No fue fácil el tiempo que pasó después, pero aquí estoy, esperando con ilusión tu visita, amiga, esperando con anhelo los regalos que me haces a través de tu alegría y que me llenas de vida explicándome tus cositas.

Pero, como el ave Fénix  resurgiré de mis propias cenizas para no atarme a las horas lívidas, recompensarte con mi vida y renacer con toda mi gloria para poder volver a volar, volar…

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En ese lugar se cuecen habas.

Michelangelo, Eve and the identity of women

 

Michelangelo, Eve and the identity of women

POR -UNSINAGAWA-

Anoche, Ana y yo, salimos a cenar algo. Nunca importò el lugar –al menos hasta ahora–, no aspiro, a la Nou Crepè que me dicen es de lo mejor, sino màs bien a un lugar insonoro, plàcido, a dònde escapar para comer pescado rojo, aluvìas, pan con ajo y mirar –irremediables– tus ojos a travès de la calidez del tinto merlot.

No pertenezco a la lluvia pero anoche escampò un cielo vìrgen: tomè mi làpiz y tracè dos lìneas. Eran las nueve menos cinco y yo insistìa en mi moleskine:

No  pertenezco a la lluvia

pero no quiero tener duda dònde queda tu boca

 para bajar mi frente a tu cuello hùmedo

y besar tus labios transparentes

sentirte Dios, sol, montaña en celo.

La gota que se cree trigo,

el trigo que se cree ola.

Lo sè, el quicio de una puerta es una irrefutable certeza. La bòveda de entrada es alta y luminosa, los ladrillos destilan su cereza marròn còmo si se tratara de una vìa làctea. No hay esquina que no la penetre. La mesa es un campo de futbol, sus asimetrìas son exactas, una cuchara, un cuchillo y un tenedor, y asì de nuevo. Me sumergo en el estrambòtico sonido de las copas que celebran, y no sè cuànto tiempo ha pasado sin descubrir aquella esquina: no preguntè el tìtulo esperarè al Louvre o a dònde sea para saber quièn es su autor.

En este lugar se cuecen habas. Por eso escampò y escamparà de nuevo. Las gotas de agua penetran las baldosas, y me parece como una violaciòn. La sobremesa es màs larga de lo habitual, por eso tomè prestados cuarenta campos: la belleza de todo, es decir, la noche, el cuchillo, la servilleta, para hacer màs feliz la velada. No mencionarè de nuevo que no pertenezco a la lluvia, porque me mezcla y me diluye, soy ella y eres ella.

El lienzo huye de mis ojos pero los tuyos aùn permancen ahì. Abràzame. Pièrdete, con tus mùltiples pliegues de estrella marina.

Me gusta pensarte desnuda: trayèndome, atàndome a las horas lìvidas.

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