Archivo diario: 8 julio 2009

Esa foto quedaría bien en la pared de su cuarto

N – Sonvak – Activo

“¡¡Mierda!!”, exclamó para sí mientras sentía como otra rama del dichoso árbol le arañaba por centésima vez en las piernas. Sin embargo ya estaba cerca de su objetivo y no pensaba detenerse en ese momento. Desde que le habían dado el chivatazo no había podido pensar en otra cosa.

Y no es que se le diese bien trepar árboles; Dani miró con pena sus preciosas piernas. Alzó la vista hacia la cercana ventana… “ya queda poco“. Miró hacia el suelo. Menos mal que ese tipo de encuentros los solían hacer en chalets, aunque de caerse el golpe dolería bastante.

La cámara de fotos le estorbaba bastante en su ascenso, pero era imprescindible en el logro de su objetivo. Sabía que levantaría ampollas si conseguía hacerse con la fotografía que buscaba, pero es que además esa foto quedaría bien en la pared de su cuarto.

Ya se estaba imaginando que cara pondrían los demás cuando se enterasen. Iban a flipar, al igual que había flipado ella en un primer momento… después no le había extrañado en absoluto, pues siempre había notado un rollito particular entre los que serían protagonistas de la fotografía.

Ya estaba a la altura de la ventana. Esperaba no haberse equivocado. Le habían dicho que siempre pedían la misma habitación, al igual que alguien que pide siempre lo mismo para beber. Y también le habían informado de que gustaban de tener descorridas las cortinas durante el encuentro… sería que eso aún los excitaba más.

Se situó bien en la parte naciente de la rama, la más gruesa, asegurándose de tener buen apoyo y comenzó a enfocar con el objetivo de la cámara. Allí estaban ellos. Era inevitable el no fijar la vista sobre sus personas. Tras la impresión inicial, a pesar de estar sobreaviso, pensó que la decoración de la habitación quedaría genial en la composición. El rojo predominaba, lo cual todavía confería más sordidez al asunto… y aquella cama redonda era un lujo para su ojo artístico.

variospies

Una sonrisa maliciosa cruzó su semblante mientras comenzaba a pulsar el disparador una y otra vez… era de lo más inspirador ver a Aspec, Gorio, Montse y Sonvak en plena orgía.

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Se puso a ojear la revista otra vez.

Gaby estaba devastada. Se había gastado toda la mesada en esa revista, que prometía traer un póster gigante de Michael Jackson como homenaje por su muerte, pero era una truchada. Tras recorrer con los ojos ávidamente la revista por la calle, inmediatamente después de comprarla, había descubierto con decepción que no había tal póster, nada más una foto del tamaño de la hoja, con la cara demacrada, blanca y chupada de los últimos años del artista. Pero tal vez había perdido algo de vista, se le había escapado algo…Así que, con infantil esperanza, al llegar a su casa y apoltronarse en el enorme sofá amarillo, se puso a ojear la revista otra vez.

— ¡No puede ser, no puede ser!—se quejó, furiosa, con las lágrimas agolpándosele en los ojos. —No puede ser que sea tan pendeja, me voy a perder el estreno de Harry Potter por comprarme esta revistita chonga, ¡que arriba es carísima!, y no trae nada de lo que promete, ¡poster gigante mi madre!

— ¿Me llamas, o estás maldiciendo nada más?

— ¡Mamá! ¡Los de la revista me estafaron!

— ¡Ay, vamos! ¿Otra vez? ¿Es que nunca aprendes? ¡Esas revistas son basura, no sirven para nada!

—Pero mamá…

—Basura olorosa, eso son. A ver, dame. Nada más fíjate: “Test: ¿tu amorcito te ama de verdad?”—negó con la cabeza, entre disgustada y asqueada—. ¿Qué demonios es esto? “Mariah Carey y sus dos chiguaguas”. A ver, dime tú: ¿a quién le importan los perros de esa fulana?

Gaby se sonrojó, molesta. ¿Es que nunca había tenido ella trece años?

—Seguramente tu nunca te compraste revistas de onda, mamá, vamos. Son divertidas.

La mujer rió y pasó las hojas rápidamente, como si eso la ayudara a pasear por sus recuerdos velozmente, para luego cerrarlos, como hizo con la revista.

—Claro que sí, yo hacía lo mismo que tú…Gastaba dinerales en los Semanarios, ¡Dios!, me encantaban. Hasta que empecé a frecuentar ese medio, y a salir yo en las revistas.

Gaby se acomodó en el sofá amarillo, con los ojos muy abiertos: su madre no solía hablar de su época de fama, cuando el tenis la había llevado a la cima de la sociedad italiana.

—Sabes, al principio estaba fascinada; me codeaba con la misma gente que veneraba cuando tenía trece años y el Semanario era mi Biblia con expiración mensual. Me llevó algún tiempo descubrir que la gente que sale en las revistas es igual a toda la demás gente.

— ¿A qué te refieres? Ellos no son iguales a nosotros. ¡Si lo tienen todo!

La mamá volvió a reír, esta vez divertida por la ingenuidad de su hija.

—Me refiero a que no son felices. Puede que digan que sí, y que salgan siempre sonrientes y divinos en las fotos, y que estén podridos en plata y que puedan comprar todo lo que quieran…Pero siempre hay un momento, tal vez en las mañanas tranquilas, en los que los asalta la inseguridad, como a todo el mundo. Se preguntan por cuánto tiempo más tendrán lo que tienen, qué pueden seguir haciendo para salir en las revistas, por qué se ven obligados a fingir, si en realidad detestan a quien está a su lado. ¿Qué es la felicidad? Yo no lo se. ¿Acaso lo saben ellos, por la simple razón de que salen en revistas? ¿Acaso lo sabe alguien en este mundo?

Gaby estaba sin habla, y balbuceó algo ininteligible. Su madre continuó, razonando tanto para su hija como para sí misma.

—Probablemente, lo más grande de Michael Jackson era que nunca fingió estar bien, ni ser quien no quería ser. Estaba psicótico, sí, pero era real. Era el mismo en su casa que delante de las cámaras.

Volvió a abrir la revista, esta vez sobre la foto de Michael.

Gaby tomó la dichosa revista, y pensó que tal vez, después de todo, esa foto quedaría bien en la pared de su cuarto.

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Y si te pica te rascás

Depende— dijo el Mocho.

¿Depende de qué?— dijo el mecánico. —Si te hacen cosquillas te reís, y si te pica te rascás. Yo veo la vida así, macho. Lo que pasa es que ustedes la complican al pedo.

Jorge (el mecánico) jugueteaba con el sobrecito de azúcar de una forma que al Mocho lo irritaba más que al mismísimo Chelo.

No podés ser tan elemental, Jorgito— disparó el Mocho. —O sea que para vos la vida es dos más dos, blanco y negro, esto está bien y esto está mal, dos o tres refranes y ahí se termina la cosa. Ay Dios…— y juntó las palmas de las manos como si rezara.

El mecánico acusó el golpe pero en virtud de que esa noche había ido al bar Asgard con su novia Claudia (quien por simple aburrimiento ante los temas tratados estaba más callada que de costumbre) prefirió no apelar al expeditivo trámite de rajar a puteadas al Mocho como dos noches atrás.

Mirá, Mochito, yo no tendré estudios como vos pero tengo calle, ¿sabés? Yo te digo que la vida en el fondo es sencilla. El que la complica es uno. Y los refranes por algo existen, son sabios aunque a vos te parezcan una boludez.

Bueno, está bien— dijo el Mocho, perdiendo la paciencia– entonces decime quién tiene razón en el caso de la piba ésa que tenía un retraso mental, que la violaron y la dejaron embarazada. Y entonces la familia pedía de rodillas que le hicieran un aborto, pobrecita. Dale, decime, ¿a quién le das la razón vos? ¿Qué refrán podés aplicar ahí?

El mecánico levantó los brazos con una sonrisa falsamente complaciente, como si se quejara del problema que el Mocho le estaba tirando encima.

Bueno, pero vos también te vas al carajo, che…— protestó, buscando con la mirada el auxilio de Chelo, quien solía ponerse de su lado en los enfoques más conservadores y hasta reaccionarios de las discusiones. A Chelo le encantaba oficiar de abogado del diablo (“deformación profesional”, decía él) pero en este caso el ejemplo ofrecía tantas aristas de análisis posibles que sólo arrojó una opinión tibia, como un pañuelo de papel recién usado.

A mí lo que me resulta intragable, y perdoname, Mochito, porque sé que mis opiniones te irritan, pero lo que no me banco es la idea de que un grupo de letrados tengan arbitrio para decidir sobre la vida de una persona que aún no nació. En mi opinión la vida está por sobre cualquier valor y sólo Dios es quien puede decidir la discontinuidad de la vida. Si él decidió que esa chica quede embarazada sus razones tendrá, por más cruento que haya sido el acto en que la chica quedó preñada y por más retrasos mentales que tenga. Además…

Pero el Mocho no lo dejó seguir.

Ay, Chelo, Chelo. Si no fuese que hoy contamos con la ilustre presencia de Claudia con nosotros, vos y quienes estamos acá ya habríamos entrado en otra dinámica de discusión. Pero como está la dama parece que tenemos que ser diplomáticos de carrera. ¡Dejate de joder, gordo, no estamos en Tribunales, che! ¡Colgá la toga!

El mecánico reía.

Más que un cuervo parecés un cura, che…

Bueno, como quieran– se defendió Chelo— pero la realidad es que justo ése es un ejemplo bastante difícil, che, ¿por qué no buscan uno sobre fútbol o sobre política?

Dejá, Chelo, no importa, todo este quilombo se armó porque yo dije que me parecía mal que un tipo casado como Lucho se tire una canita al aire. Y sigo pensando que si se casó es por algo, y si le gusta otra mina que largue la que tiene y se encame con todas las que quiera.

Claudia miraba al mecánico con auténtico amor y admiración. La imagen produjo algo muy parecido al asco en el Mocho.

Ay, Jorgito querido: eso lo decís porque tu novia está acá…

Claudia, por primera vez, intervino.

Ay, Mocho, basta, si yo sé cómo piensa Jorge, por eso estoy con él.

El mecánico le agradeció el mimo verbal a su novia con un pico. Para el Mocho fue demasiado.

Mejor voy al baño.

Buen provecho— lo provocó el mecánico. Chelo no pudo contener una carcajada. Claudia se contagió, y en un segundo los tres reían. Menos, claro, el Mocho, quien antes de seguir camino hacia el baño se agachó y le habló al mecánico al oído.

Andá a lavarte el culo con aguarrás— y le palmeó el hombro.

¿Qué te dijo?— curioseó Chelo.

Algo irreproducible— dijo el mecánico, y terminó de un trago su Seven-Up¿Vamos, bombón?

Dale, ya tengo sueñito— le dijo Claudia, desperezándose como una gata somnolienta.

Bueno, bancame que le pago a Abel y vamos.

El mecánico fue hasta la barra donde el mozo Abel, del otro lado del mostrador, hojeaba una revista Caras con una impresionante foto de Pampita en la tapa.

Ah, bueno… — exclamó el mecánico. Abel lo miró socarronamente.

A que no la partís como un queso.

¿Cómo? la parto en ocho, Abelito. Y me guardo una porción para el otro día. A ver, dejame verla bien… perdón, eh, pero es que ya me voy… dejame ver esta belleza y ya te dejo con ella…

El mecánico giró la revista para ver bien la fotografía de Pampita. Vigiló con el rabillo del ojo que Claudia no se hubiera movido de la mesa. No, ahora conversaba animadamente con Chelo, de modo que no había peligro. Recitó las palabras como si la bella mujer realmente pudiera escucharlo desde la foto:

Ay nena, ay putita, qué orto tenés… qué perra que sos, carajo, cómo te garcharía, hembra hermosa, te juro que no me importaría cortármela en rodajas si antes te pudiera echar el polvo de mi vida, bombonazo, que te chupo toda…

Eeeepa, epa, che– exclamó Abel– voy a pensar que te tienen mal atendido, Jorgito…

El mecánico alzó la vista un segundo, sólo para seguir contemplando esas curvas de vértigo.

No te creas, Abelito. Pero esta mina supera todas las marcas…

¿Todavía te seguís viendo con la morocha ésa que te tenía loco?

El mecánico comenzó a hojear la revista con evidente intención de encontrar el resto de las fotos que prometía la revista en la tapa.

Hay costumbres que no hay que perder aunque uno esté por casarse, flaco. En la variedad está el gusto, dice el refrán, ¿no?

Che, ¿y tu novia no sospecha nada?

Justo en ese momento el Mocho volvía a la mesa. El mecánico giró la cabeza y lo miró. Desde lejos, aquel le preguntó, con una seña, si ya se iban. El mecánico le respondió que sí con un gesto. Luego, miró a Abel a los ojos.

Las minas siempre sospechan, Abel. Pero hay que hacer las cosas con cuidado. Ojos que no ven…

Le pagó y se fue, no sin antes echar un último vistazo a la portentosa figura de la modelo.

… corazón que no siente… — dijo Abel, sin que el mecánico pudiera escucharlo ya.

Y se puso a hojear la revista otra vez.

Glosario para no rioplatenses

Cuervo: abogado

Quilombo: lío.

Tirarse una canita al aire: ser infiel.

Mina: mujer

Encamar: hacer el amor, follar.

Pico: beso breve en los labios

Bancar: esperar, aguantar.

Garchar: ídem encamar, pero con algo de apasionada violencia.

Echarse un polvo: eyacular.

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