Archivo diario: 13 junio 2009

Notó como los músculos de ella comenzaban a apretarlo en espasmódicos movimientos que sin remedio lo llevaron al mejor orgasmo de su vida.

Por: Daniela

Su piel era tersa y suave, y olía a jazmines, a mañana de Navidad… Se movía de una forma curiosa, cambiante, como un huracán impredecible, que cesa y provoca alivio, y sorprende y vuelve peor (o mejor) que antes; parecía, de repente, una muñeca de porcelana, frágil, pequeña, delicada, de repente, un monstruo agresivo y rencoroso y violento…
Esto solo la hacía más atractiva, más deseable, y él, ese que yo veía de afuera, pero que en verdad era yo (y lo sabía), tenía la sensación de que algo se le estaba desgarrando dentro, que las entrañas se le habían anudado, y que nunca más se desatarían después de esa noche; no veía –más que una luz blanca y misteriosa, que solo aparece en el nirvana del placer-, solo sentía algo incontrolable, que explotaría si aumentaba, estaba seguro. Nunca había sentido con tanta intensidad, nunca nada lo había nublado, ni siquiera todo el dolor de su vida se asemejaría a este dolor, a esta cosa indescriptible, que lo dejaba ciego, que lo dejaba sordo, que lo dejaba valiéndose sólo de su olfato y de su tacto, sobre todo de su tacto…
Sabía que explotaría, pero no pudo evitarlo, era demasiado: extendió sus brazos y la tocó, sintió su contacto, su piel suave y tersa y que olía a jazmines y a mañana de Navidad; la tocó, le recorrió el cuerpo con las manos brutas y mugrientas, toscas; sintió que llegaba hasta la curva de sus pechos –solo sintió, porque no veía nada- y los buscó y los apretó con fuerza, y luego subió hasta el cuello largo y virgen y lo atrajo hacia sí, provocando que ella se doblara y se quejara, pero él sólo sentía cada vez más placer, más, más, y volaba y estaba por explotar… La besó como nunca había besado a nadie, como nunca nadie lo había besado. Violó su lengua delicada sin compasión, la envolvió con la suya, sintió su aliento extraño, viciado, hasta nervioso. Había pensado que todas las mujeres tenían el mismo aliento, pero acababa de comprobar que se equivocaba. De repente, ella se alejó, lo empujó hacia atrás, y comenzó a mover las caderas de una forma que…que…

BIP-BIP-BIP-BIP-BIP

¡¡Paff!!

Mierda.

Fue lo primero que pensé. Mierda. Y sí, que más voy a pensar. Ni en mis sueños concreto, ni dormido llego. Siempre lo mismo, siempre me despierto en la misma parte. ¿Tendré que ir a un psicoanalista?
Levanto las mantas y noto que tengo una molesta erección. Fastidiado, me pongo de pie y comienzo a caminar en círculos por el cuarto, con los ojos apenas abiertos. Mientras intento recordar todos los detalles del sueño, mi miembro parece estar cada vez más arriba, en lugar de descender. Ya estoy acostumbrado a estos incidentes matutinos: son comunes en un soltero que ya pasó su Belle Epòque hace rato. Pero no por eso son menos molestos y frustrantes. Salgo del cuarto, caminando con un poco de dificultad, pero no puedo hacer nada, ni siquiera el desayuno. Un hombre no puede hacer nada en estados como estos, más que esperar que se le pase, o masturbarse. Pero no estoy de humor para lo segundo, la verdad, no después de haber casi alcanzado el momento más maravilloso de mi existencia aunque solo fuera en un mundo de fantasía…
Y mientras me paro en medio de la sala con el incómodo bulto en mis pantalones, reflexiono: ¡No hay nada más patético que un hombre con una erección matutina!

Próximo turno para: Alejandro Marticorena

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