Archivo diario: 17 abril 2009

Os recomiendo una experiencia similar, es muy, muy, gratificante.

Hace muchos años, una noche mi marido (en aquel momento novio) y yo fuimos a cenar a un restaurante. Al salir nos fijamos que había un perro que perseguía a todas las personas que iban saliendo de aquel restaurante. La gente lo apartaba a patadas prácticamente y le dije a mi marido “vamos, vamos, que se nos engancha el perro y no nos lo sacaremos de encima”. Así que nos dirigimos al coche y ya teníamos al perro allí a nuestro lado. Nos lo quedamos mirando, y con sus ojitos parecía pedir ayuda, estaba supersucio, era un saco de  huesos, se le marcaban las costillitas y con heridas por el cuerpo. Mi instinto me pidió acariciarlo, pero sentí asco a la vez que penita. Total que lo miramos, y decimos “nos lo llevamos?” “Y si es del restaurante?” “Y dónde lo tendremos?”. Teníamos ya el piso, pero no teníamos ni muebles, estaba vacío puesto que aún no vivíamos allí. Y mientras empezamos a pensar, dudando si era conveniente o no llevárnoslo, pros y contras, decimos: “Nos lo llevamos, le damos de comer  y mañana por la mañana lo llevamos al veterinario de nuestro vecindario para que lo vea, y ya está.”

Y abro la puerta del coche y pam! el perro da un bote y se sienta en mi lugar. Y yo de vuelta, sentada en la parte de atrás. Y camino de casa, le miro a los ojos al perro y él con una mirada intensa me mira a mí. Me gustaba mucho, pude ver que debajo de tanta suciedad y tristeza había un hermoso y bonito perro. No sabíamos aún si era macho o hembra.

LLegamos a casa y sólo teníamos tortas con azúcar y se las dimos todas. Por la mañana dicho y hecho, fuimos al veterinario y cuando lo vió quedó desmoralizado. No llevaba microchip y su estado de salud era lamentable. Estaba deshidratado, desnutrido y su peso estaba muy por debajo de lo que debería tener. Calculó que llevaba días sin comer y que las tormentas de los últimos días las habría pillado todas. Tenía resina de pinos, pinchos, en su pelaje. Debería tener un año aproximadamente. Era macho. Y quedamos que buscaría por la zona donde lo encontramos por si alguien lo buscaba y que si en 15 días no había nada que nos lo quedáramos. Y a mí se me escapó en voz alta: “Ojalá nadie lo reclame”. Y el veterinario sonriendo me dijo: “Te has encariñado ya!, hemos de seguir el protocolo”.

Las fotos tomadas en aquel momento muestran el estado lamentable que se encontraba, durante un año las visitas al veterinario fueron continuas controlando su peso y estado en general. Tenía pánico a salir a la calle y lo hacíamos tirando de él y él con la cola entre las piernas. Una vecina nuestra le tiraba comida desde su ventana porque decía que lo veía muy canijillo. Hasta que le explicamos lo que sucedía y que estaba en tratamiento.

Buck

Buck, hoy.

Buck, hoy es mayor, es un perro que nunca ha enfermado, feliz, con un agradecimiento infinito con nosotros. Lo más cariñoso que existe en la tierra. La única secuela que le ha quedado es el pánico a la calle,  a las aglomeraciones de gente, lo tenemos que sacar a pasear en horas tranquilas.

Buck, no se separa de mi cama cuando yo he estado enferma. Cuando me levanto por la mañana él está en la puerta de mi habitación para ser el primero en recibirme. Cuando nos hemos ido de vacaciones y lo hemos dejado con algún familiar, no come y se queda en la puerta de la casa todo el día esperando nuestro regreso.

Buck ha visto nacer a mis tres hijas, se han criado con él, le han hecho las mil perrerías y él las adora. Hace un año le dimos un compañero de juegos, un cachorro y se pasan el día jugando y mordiéndose las patas mutuamente.

Pero como iba diciendo, hace 14 años Buck volvió a vivir, y se convirtió en un bonito perro, ágil, saludable, inteligente, aunque ahora tenga achaques propios de su edad.

Y humildemente os daría un consejo: Si deseáis recoger un perro de una perrera, no os quedéis con el más bonito y sano, sino al más necesitado, que como dice el título: es una experiencia muy, muy gratificante. 

 Con él hemos vivido millones de aventuras y anécdotas superdivertidas.

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Ese macho es mío !!

“Ese macho es mío, sí mamá. Ese blanco con manchas marrones. Por fa, por fa, mami. Lo quiero, lo quiero”.

Y así durante más de una hora, tuve que estar escuchando a mi hijo, tras ver, en mi teléfono, la foto que nos acababa de enviar mi amiga Teresa. A la preciosa instantánea la acompañaba un texto simple, pero con una enorme sobredosis de chantaje emocional.

” ¡ Mirad qué ricos son, venga, por favor, quedaos con uno !” “Pobrecitos, sólo quedan estos, el resto ya tienen dueño”.

Teresa es una gran amante de los animales. Tiene un perro en su piso y una manada en su finca. Todos ellos recogidos o bien de la calle o bien de la perrera. Y, como la Naturaleza es muy sabia, quiso poner en su camino a “Luis” (así es como se llama el macho que me va a dar pié a que os cuente un capítulo de la historia de una gran mujer) y a sus hermanos.

Todo comienza en una lluviosa tarde de domingo. Teresa se dispone a volver a la ciudad, después de pasar un tranquilo fin de semana en el campo. Recoge los bártulos, cierra la casa, sienta a los niños en el coche y, con las bolsas de basura en la mano, se encamina hacia el contenedor que hay unos metros mas allá del portalón de la finca. A medida que se iba acercando, le parecía escuchar una especie de gemidos, que no sabía especificar de qué, quién o de dónde provenían. Muy cautelosa, aminora la marcha y agudiza su sentido del oído para ubicar el origen de aquellos extraños ¿…ruídos, crujidos, chasquidos, zumbidos, ronroneos……?.

A tan sólo dos pasos del depósito de basura, suelta las bolsas y , con una mezcla de recelo, desconfianza, aunque a su vez, con una emoción desbordante, lo abre de sopetón y ….. ¡¡ Voilá !!. Una bolsa de Supermercados Gadis que tiene vida propia!!.

Inmediatamente, sin valorar si aquello que se mueve dentro de la bolsa es algo salvaje o si le puede causar algún tipo de daño, la agarra delicadamente con las manos y se la lleva al garaje.

Alertados por los gritos emocionados de su madre, los niños, por supuesto, ya habían saltado del coche y formaban un corro alrededor de mamá y del paquete aullador.

Tras sus muchos años de experiencia como cirujana, mi amiga enseguida se dió cuenta que, del interior de la bolsa, emanaba un efluvio hediondo que sólo podía significar que allí dentro, algo no marchaba bien.

Se enfundó unos guantes de látex (siempre tenía una caja en el garaje,¡Deformación profesional!) y con los ojos de los peques enfocando directamente a ellos, comenzó a desatar el doble nudo que mantenía bien hermético el interior del envoltorio plástico.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.!!  Cinco cachorrillos de perro, raza indefinida, temblorosos, emitiendo unos gemidos casi inaudibles y que, sin haber estudiado Medicina, cualquiera hubiese podido diagnosticarles un final inminente.

Pero Teresa, que no se rinde ante ninguna adversidad y con una calma pasmosa, abre el armarito dónde guardaba el botiquín de primeros auxilios y, durante más de 2 horas, se dedica a cortar el cordón umbilical que aún llevaban colgando, a limpiar cuidadosamente las pústulas, úlceras y demás heridas que infectaban los cuerpecillos de los cachorros y a envolverlos en pañitos que, previamente los niños habían calentado en los acumuladores que todavía guardaban el calor de haber estado encendidos todo el fin de semana.  Los mete en una caja, siempre bajo la atenta mirada de sus vástagos, a los que se les puede leer la palabra “ORGULLO”  en sus caritas de admiración, y, como si nada hubiese pasado, enciende el coche y retoman el camino a casa, eso sí, con 5 miembros más en la familia.

Y de todo esto ya han pasado más de tres meses, más de tres meses de biberones, vacunas, visitas al veterinario, … todo ello aderezado con mucho mimo y mucho cariño ; el cariño y amor desinteresado de una mujer y su familia que saben encontrar su felicidad haciendo felices a los que les rodean.

Por supuesto “Luis”, ese macho blanco con manchas marrones, por el que suplicaba mi hijo, ya es parte de nuestra familia.  No hizo falta que me mandase ningún mensaje más. Inmediatamente nos fuimos a su casa y lo adoptamos. Teresa sabe que tengo debilidad por la raza canina, y que después de perder a mi queridisima “Rasta”, una hembra boxer que vivió conmigo 13 años, siete de ellos con mi peque también, que nos enseñó tanto , por la que lloramos tanto cuando se murió, y seguimos a veces moqueando un poquito, pensé que era mejor no volver a tener otro, también sabe que una vez que compartes tu vida con ellos, siempre echarás algo en falta si no los tienes.

Y aquí estamos, con Luisete, un afortunadísimo cachorro raza “container”, que hace mucho más fácil la convivencia, armonía y estabilidad de nuestro hogar.

Os recomiendo una experiencia similar, es muy, muy, gratificante.

Próximo turno para: T – Carolinagromani – Activo

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