Archivo diario: 6 abril 2009

Podríamos hacer un trío.

Me reí estridentemente cuando escuché la sugerencia. Mi novio también rió con ganas; después de bajarnos dos botellas de vino, nos reíamos hasta de las moscas que pasaban volando.
—Pero en serio, mi amor. ¡Sería divertido! Imagínatelo, tu, yo, y otra chica hermosa… ¡podríamos hacer tantas cosas!
Volví a reír, esta vez con menos ganas. ¿Es que hablaba en serio?
—Mira—El chico me dedicó una sonrisita traviesa, de esas que me molestaban tanto. —Hace poco me preguntaste qué quería para mi cumpleaños…
Justo en ese momento, una camarera alta, rubia y voluptuosa se paró entre los dos, y se agachó un poco para recoger los platos sucios, de modo que sus senos enormes quedaron algo descubiertos y apretujados dentro de la ajustada camisa. No pude evitar sentir una punzada de celos cuando vi a mi acompañante mirar embobado los dotes de la mujer.
— ¿Les puedo ofrecer algún postre?—preguntó con voz melosa mirando a mi novio, y haciéndole caída de ojos.
— ¿Qué tienes?
No supe si él realmente hablaba de los postres, pero supongo que la chica lo asumió, porque comenzó a enumerar las tortas y los helados, articulando cada nombre con algo de lujuria. Era repugnante.
—Comeremos helado de sambayón, gracias—corté yo.
La chica, como si en todo este tiempo no hubiera reparado en mi, me miró con sorpresa primero, y luego con un poco de asco.
—De acuerdo—respondió, y se fue, contoneando las caderas, provocativa.
Mi acompañante sacudió la cabeza, algo apabullado, y retomó la conversación.
—Si realmente me quieres hacer un buen regalo…lo que quiero es esto: una noche entera contigo…
Me sentí enternecida, pero no duró mucho.
—…y ella—agregó, señalando a la camarera.
Sentí que mis ojos echaban chispas, pero no le dije nada. Cuando nos íbamos, decidí que iba a hacer algo al respecto.
—Amor, creo que la idea del trío es algo genial—le dije, con una sonrisa honesta. Me miró como si nunca antes me hubiera visto, y me besó en la boca con pasión.
—Sabía que tu eras diferente. Eres de mente abierta, y eso es lo que amo…
—Pero con una condición—interrumpí.
—Está bien.
—Que yo elija al acompañante.
Mi novio sonrió, y aceptó.

El día de su cumpleaños…Bueno, digamos que no disfrutó tanto como lo había planeado. Nunca se imaginó que el acompañante que elegiría sería un enorme sudafricano, y uno muy bien dotado.

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Sí, papá…

Si Sito fue el primero en reaccionar tras la bofetada, Sonvak fue la segunda. Tras salir de su sorpresa, salió en persecución de su amiga Montse que se escapaba hacia los baños.

-Pero, ¿qué ha pasado?

-¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado? –Montse  miró a su amiga con los ojos relampagueando- qué me ha llamado nenita, el muy… chulo, prepotente, arrogante… agggggg, por Dios!!! Ese hombre me quita de quicio!!!

-¿Qué te ha llamado nenita? –Sonvak miraba a Montse como si a esta de repente le hubiesen crecido alas (y no las de las compresas)- ¿Qué te ha llamado nenita?… ¿Le has dado una bofetada porque te ha llamado nenita?…

-Es que tenías que ver como lo dijo… -ahora Montse parecía confundida- era… era toda una provocación… me miraba como si yo realmente fuese una “nenita” – ¡¡Dios!! –se tapó la cara con las manos en un gesto de desesperación, después levantó la vista- ¿cómo voy a enfrentarme a las miradas de toda la oficina después de semejante escena?

Sonvak miraba a Montse sin dejar de salir de su asombro:

-Venga, Montse, no me vengas con esas… si has tenido huevos de darle una bofetada a Aspec por llamarte “nenita” –y puso mucho énfasis en la palabra- desde luego, enfrentarte con ser la comidilla de la oficina es pan comido para ti, je –Sonvak a veces tenía un sentido del humor un poco retorcidillo- Yo en tu lugar, me preocuparía más por la reacción de Aspec… porque, tía, después del beso que te ha plantado no creo que la cosa se quede así.

-Pues sí que sirves de ayuda tú!! Yo aquí, hecha un manojo de nervios, y tú con recochineos…

Sonvak soltó una carcajada, abrazando a su amiga que se mostraba remolona ante el abrazo.

-Venga… te invito a una tila… y a un interrogatorio, je… tú te desahogas conmigo y yo satisfago mi curiosidad, además no estarás sola bajo las miradas de la oficina en tu primer deambular público por ella tras la tremenda escena de culebrón que acabamos de vivir… mi queridísima heroína.

Montse miró a su amiga con resignación:

-Algún día me vengaré… algún día estarás tú como yo ahora, y entonces sabrás lo que es una amiga con humor retorcido. –Y se dejó llevar por su amiga hacia la sala de los cafés.

Desde luego las miraditas de los compañeros de oficina abundaron, pero Sonvak tenía razón, le preocupaba más ver aparecer al otro protagonista de la historia. En ese momento Sito se acercaba a ellas:

-Tengo que hablar contigo Montse.

-No podrías esperar un poquito, Sito. Montse está algo nerviosa y voy a prepararle una tila.

Sito contempló a Montse detenidamente.

-Vale. Le vendrá bien. Cuídamela y después ya hablamos.

Sí, papá… -respondió Sonvak con ironía- Cuidaré a Montse-rratita y te la entregaré en condiciones.

Entraron en la Sala de Café.

-Venga, siéntate mientras yo te preparo la tila, e intenta relajarte un poco.

En un plis-plas la tila de Montse estaba lista.

-¿Un pitillo? –Montse asintió, distraída, mientras daba un sorbo a la infusión.

La primera calada le supo a gloria… era el primer pitillo del día con el añadido de la situación vivida. Sonvak la contemplaba, dándole tiempo a relajarse un poco… pero sabía que las preguntas estaban al caer… ¿cómo zafarse de ellas?.

-Así que… ¿nenita?… sí, podría haberte llamado cosas peores, pero desde luego que te haya llamado “nenita” es gravísimo… -la mirada de Sonvak parecía querer leer el interior de la cabeza de Montse- ¡¡muyyyyyyyyyy grave!! Yo que tú lo denunciaba –y soltó otra carcajada…- lo siento Montse, perdona que me ría, pero algún día le verás la parte cómica al asunto, te lo aseguro.

-Ya, algún día…

Sonvak continuaba mirándola fijamente. Montse sabía que acabaría soltándolo todo porque cuando su amiga se empeñaba en averiguar algo, lo conseguía fuese como fuese.

-Deja de mirarme así

-¿Así? ¿Cómo? –preguntó Sonvak.

-Como me estás mirando.

-Bueno, querida Montse-rratita, ni tú ni yo nacimos ayer… y mi olfato se huele que aquí ha pasado algo más… así que ya puedes ir desembuchando, porque sino tendré la paciencia suficiente para esperar al viernes noche… y sabes que con un par de copas lo soltarás todo, todito…

Montse ocultó su cabeza entre los brazos apoyados en la mesa:

-Oh, Dios mío ¿qué he hecho yo para merecer esto?

-Segurito que algo has hecho que te conozco muy bien… Ups!!.

Montse levantó la cabeza al oír la exclamación de su amiga y giró la misma para contemplar qué la había provocado. Desde luego no había ninguna duda de que el corazón acababa de darse un vuelco en su pecho. No había oído la puerta… quizá es que no la habían cerrado completamente, el caso es que allí plantado estaba él.

Sonvak miraba a Aspec, después a Montse que se había puesto roja como un tomate, y de nuevo a Aspec. Saltaban tantas chispas que en cualquier momento una de ellas prendería fuego y la pillaría a ella en medio. La duda que tenía era ¿qué quería su amiga? ¿qué se quedase o qué los dejase a solas?. Y así lo soltó:

-¿Me quedo o me voy?

-Ni se te ocurra irte –contestó apresuradamente Montse.

Y ese humor tan especial de Aspec, rezumando ironía, salió a relucir:

-Pues no, no te vayas, ya puestos… podríamos hacer un trío.

Próximo turno: M – Daniela – Activo

 

 

 

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Se va, se va, se fue…

        Papá, papá, el “gobo” se «m´ascapao» y se va, gritaba mi hijo mayor, Alex, de 4 años.

        Se va -repetía como un eco el pequeño, David, de 3-

        Se fue… ya “nostá” -acotó Alex, con una voz de inmensa decepción-.

Los miré a ambos, y no pude reprimir una sonrisa. Los dos juntos, mis hijos, tan diferentes –uno tirando a rubio, el otro moreno de pro, delgado y elástico el mayor, macizo y aún torpe el más pequeño- pero tan parecidos en el fondo. Todo el día peleando pero sin poder pasar ni un segundo separados.  Guapos, sanos, simpáticos, buenos… o al menos a mí me lo parecía así, aunque mi mujer se riera de mí, diciendo que se me caía la baba con ellos…

        Papá ¿y no “vabajar”?

        No, hijo, el globo seguirá subiendo mucho rato más.

        ¿Y dónde van los “gobos” cuando “s´escapan”?

Me temía la pregunta. Creo que todos los niños, alguna vez, han planteado esa cuestión. Y dudé la respuesta. Por una parte pensaba que no había que mentir a los niños, pero hablarles del peso del helio, del principio de Arquímedes, del diferencial de presión y, sobre todo, contarles que, al final, todos acababan explotando, me parecía innecesario. Intenté recordar la historia con la que mi padre me consolaba cuando, siendo yo un niño, se me escapaba el globo y volaba hacia las nubes

        Mira hijo, los globos que se escapan, suben y suben hasta que llegan al techo del cielo y allí se quedan para formar las estrellas que ves por la noche. Desde allí miran a los niños que han sido sus amigos, y les sonríen.

Al oír la historia Alex sonrió e inmediatamente, David se unió a la sonrisa. Por supuesto, yo no pude contenerme y formamos un curioso trío allí, en mitad del parque, los tres mirándonos y sonriendo como bobalicones. Pero estaba encantado. Les quería. Les quería muchísimo, a veces hasta el dolor. Eran lo mejor que me había sucedido en la vida. Nunca pude imaginarme siendo padre, pero era algo maravilloso, que me hacía sentirme bien, como ninguna otra cosa. Recordaba la primera noche. Aún en el hospital, sin poder dormir, mirando fijamente al techo de la habitación y pensando “eres padre”, “sí, eres padre”, intentado abarcar esa idea, que, todavía en ese momento se me escapaba. Pero según fueron pasando los días, las semanas y los primeros meses, aprendiendo a dar biberones, a cambiar pañales, a despertarte con las toses tú, que en tu vida habías oído un despertador, asistiendo al día en que se sentó por primera vez, su primer gateo y cuando comenzó a andar, sus balbuceos, que sabías interpretar casi tan bien como tu mujer, el concepto “soy padre” se transformó en una realidad tangible que te llenaba de felicidad. Sin embargo, en otras ocasiones, cuando escuchaba alguna historia horrible en la televisión o la imaginación me jugaba una mala pasada, y pensaba que algo malo les pudiera ocurrir, la angustia que me sofocaba hasta ahogarme.

Pero allí estábamos los tres, felices. ¡Que sencillo es ser feliz en la infancia! Con tener tus necesidades básicas cubiertas y unos padres que te quieren, eres el tío más feliz del mundo. Y tú, ante aquellas miradas que te idolatraban, que te hacían sentirte una mezcla entre Supermán y los Teletubbies, sus héroes favoritos, no podías bajar de la nube. A esa edad eres infalible, maravilloso, sabio, fuerte, seguro… Lo eres todo. Y ellos también para mí. Cuando intentaba explicar lo que sentía, no muy a menudo pues, no sé el porqué, pero me daba algo de vergüenza, unos me decían que era la comunidad familiar de las almas, otros el instinto de supervivencia de la especie, y otros…, bueno qué mas daba. Que fuese lo que fuese, yo me sentía feliz y únicamente deseaba disfrutar con ellos todo el tiempo posible y verlos crecer sanos, fuertes, alegres…

Crecer ¿Qué serían mis hijos? ¿A qué se dedicarían? Buff, pues no quedaba lejos todavía ese momento. ¿Y que más daba? Lo principal, lo único importante, es que fueran felices y supieran hacer dichosos a los que estén a su alrededor. Podrían ser lo que quisieran. A su edad tenían todas las puertas abiertas. Cuando fuesen creciendo irían eligiendo caminos, opciones, alternativas, que automáticamente supondría la renuncia al resto de posibilidades. Sí, la vida era como un inmenso pasillo, lleno de puertas por el que vas avanzando. Puedes abrir cualquier puerta, o no hacerlo, escoger la siguiente o la otra y entrar o simplemente asomarte. Lo que nunca sabes es lo que hay dentro, ni lo que contenían todas aquellas que dejaste atrás. Pero, cada vez que tomas una decisión otras muchas posibilidades, las no escogidas, quedan relegadas al mundo de los futuribles y…

        Papá, papá, ¿nos “compas” otro “gobo”?

        ¿Qué? No hijo, ahora no, -respondí bajando de nuevo a la tierra-  que tenemos que ir a buscar a mamá. Venga, no seas caprichoso y alegra esa cara. Piensa que esta noche, cuando salgan las estrellas, tu globo te estará mirando y sonriendo desde allá arriba.

        Pero hay muchas «estellas» ¿cómo sé cual es el mío?

        Tú sólo tienes que mirarlos antes de dormir. Cuando lo veas, sabrás, sin duda, que ese es el tuyo, porque te estará sonriendo. Y se lo tienes que enseñar a tu hermano para que él también sepa dónde está y se quede tranquilo ¿vale?

        Sí, papá.

Próximo turno:  N – Sonvak – Activo

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