Archivo diario: 4 abril 2009

Una aventura que definirá nuestras vidas

No lo pensamos mucho. Teníamos ganas de viajar, y nuestra relación estaba en auge. Unas vacaciones en el norte de Italia serían divertidas, y una buena oportunidad para estar solos. Aterrizamos en Roma con ganas de comernos el mundo. Visitamos el Colisseo, el Vaticano, la Fontana de Trevi…

Entre pizzas, pasta y helados, disfrutábamos el uno del otro como si nadie más en el mundo existiera, saltando de ciudad en ciudad. Subimos a las torres de Bologna, admiramos el arte de Florencia… En Verona, entramos a la Arena, evitando llegar a la casa de Julieta, pues nuestro objetivo era evitar todo romanticismo en una aventura que definiría nuestras vidas.

Venecia, Pádova, Bérgamo, Milán… un sinfín de calles, de monumentos, de personas amables y personas antipáticas, según la percepción que tuvieran de los ibéricos. Carlos organizó un fin de semana en la nieve, en un pequeño pueblecito al pie de los Alpes, llamado Pinzolo. Por el día subíamos a la estación de esquí, y por las noches nos divertíamos en un local de conciertos. Fue una de esas noches, cuando regresamos a casa con el típico calentón que había que calmar de alguna forma.

Al regresar a España, todavía me retumbaban en los oídos esas palabras de que la aventura definiría nuestras vidas. Carlos esperaba con impaciencia a que saliera del baño. El Predictor decía que sí.

Próximo turno para  P – Montserratita

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Escuchando a Cat Stevens

Lo poco que recuerdo de mi padre, es la música que solía escuchar, esos acordes de guitarra que tanto le fascinaban, los bajos y los tambores muy marcados.  Esos acordes de folk rock que le traían a la memoria recuerdos de tiempos mejores. Más simples.

Mi viejo se pasaba los domingos en la mañana sentado en su sofá, leyendo su periódico en serena calma, deleitándose de lo que llamaba «su encuentro con el mundo» conociendo, según el los actuales acontecimientos de la humanidad para no repetir en el futuro los errores del presente. Solía comentarnos con presteza las noticias que más le impactaban, o que más le llamaban la atención. Para después leernos las tiras cómicas que cada domingo aparecían en La Prensa.

Mi padre me dejo tal gusto por las noticias y los periódicos que a nadie en mi familia le asombró cuando decidí dedicarme al periodismo después de haber obtenido mi licenciatura en literatura. Así que sin la menor duda, emprendí la búsqueda  de trabajo en algunos de los diarios capitalinos. Tarea por demás ingrata dado que mi experiencia, como todo estudiante recién egresado era nula y solo había realizado algunos artículos para gacetas escolares y publicaciones sin importancia.

Vagué por las calles de la ciudad con mi carpeta de trabajos, enseñé en un par de escuelas privadas de la ciudad, hasta que eventualmente entré a un diario como asistente de edición, lo que en la practica me convertía en el «chico de los recados» de una insaciable editora con muy poco humor. Y que conste que lo insaciable no tiene en este caso ninguna referencia sexual, simplemente no paraba en todo el día de ingerir botanas, chicles y dulces. Con lo cual me decidí  por tener una amplia variedad de porquerías almacenadas en un cajón, lo que eventualmente me llevo a conocer a John.

Casi todo mundo pasaba por mi cubículo a comprarme de contrabando algún tentempié para matar el hambre mientras llegaba la hora oficial de comer, así que John, fotógrafo del diario se acerco a mí dispuesto a adquirir unas galletas. Simplemente coincidió con un momento donde mi jefa me enviaba por una de sus consabidas tortas de tamal, con lo que, sonriendo salí acompañado de John en búsqueda de su alimento matutino.  Al poco tiempo nos hicimos amigos.

Fue por consideración de John que la editora de sociales leyó mis notas y me dió la oportunidad de comenzar a reseñar eventos, con lo que me inicié en mi carrera de periodismo y me libere del yugo de «la gordis» quien simplemente lamentó perder al único de sus asistentes que siempre había aceptado salir a comprarle algo, lo único que extrañaré de ese puesto, era mi cajón mágico y los ingresos suplementarios que me proporcionaba.

En sociales, a pesar del trabajo que consideraba por debajo de mis capacidades, comenzó mi verdadero entrenamiento como reportero. Hice notas de muchos eventos del jet set y comencé a conocer el verdadero funcionamiento de un periódico, a lidiar con fechas de entrega, a corretear a los correctores para que revisaran mis textos y a cubrir notas acompañado de algún fotógrafo.

En este periodo de mi vida, hice además notas necrológicas, escribí horóscopos, organicé anuncios clasificados, reseñé eventos culturales,  escribí algunas notas suplementarias de opinión y contesté las cartas al editor. Me pusieron por decirlo de alguna manera en las fuerzas básicas, un poco de aquí y de allá esperando mi gran oportunidad.

Eventualmente, llego la fatídica fecha en que falleció mi padre. Sobrevivió a  mi madre un par de años más a base de pura fuerza de voluntad, dado que le habían diagnosticado un cáncer de pulmón, que lo fue consumiendo y apagando sus ansias de vivir. Durante el sepelio, lloré, si bien las lágrimas fluyeron por mi padre, me dolió más saber que nunca me vería como el reportero que siempre me alentó a ser.

Mi hermana y su esposo, se quedaron un tiempo en mi departamento, mientras pasaba el sepelio y nos ocupábamos de los asuntos pendientes de mi padre y organizar sus papeles. John trataba de enrollarme en sus interminables líos de faldas como su terapia para la depresión y mi editora, como aliento me dio la oportunidad de saltar de sociales a cubrir eventos de política.

Los días transcurrieron de manera lenta, pero enterrado entre mi forzada vida social dirigida por John y mis criticas políticas cumplí dos años en el periódico. Lo celebré de una manera poco convencional, me encerré con mi editora a presentarle una propuesta acerca de una serie de reportajes que en caso de ser aceptados, podrían impulsar mi carrera.

Pase la noche en intranquilo insomnio esperando la respuesta. Y muchas más noches. Pues durante al menos tres meses me tuvo en incertidumbre. Hasta que llegó el día en que fui llamado a la oficina del editor general, un hombre famoso por su duro carácter y sus ganas locas de hacer del periódico el mejor del país, a consta de lo que fuera.

Entre con las piernas temblorosas y la garganta seca, mi editora estaba ya en la oficina con una expresión en el rostro que hizo que la sangre se me helara.

– Solo diré esto una vez – comento el editor en jefe con una sonrisa enigmática – si sus diarios de viaje en este primer intento, no reciben ninguna carta de los lectores que apoyen su publicación, volverá a comprar tortas de tamal todas las mañanas. Escoja a su fotógrafo y salga de mi vista.

Mañana salimos John y yo a realizar nuestro primer viaje, una aventura que definirá nuestras vidas.

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