Archivo diario: 3 abril 2009

La noche se volvía clara, aunque no estaba amaneciendo…

Fue nacer a la vida.

La noche se volvía clara aunque no estaba amaneciendo. Hoy es nuestro día, les dije al virar el 4×4 y descubrir allá a lo lejos el embalse de la presa.

Emiliano: «Si quieres dar de comer a un hombre una vez regálale un pez, si quieres ayudarlo para toda la vida enseñalo a pescar» susurré a su oído la noche anterior al darle el beso de buenasnoches. Sus ojitos aceitunados, rasgados de japonés me miraron curiosamente. Papá: Puedo invitar a uno de mis mejores amigos. Claro que sí –le respondí.

El señuelo y las lombrices de tierra hacían su trabajo casi a raz de agua. El movimiento de colores en la palizada y la penumbra de la madrugada iluminaban las pequeñitas siluetas de Emiliano y Agustín. Con tan solo 7 años ya conocen la emoción de enganchar y tirar del carrete de la caña de pesca. Esos cuerpecitos enfundados en gabardinas y gorra de baseball, chalecos flotantes y  guantes de protección me han dado una gran lección. Han traído a flote una lobina de 8 libras, después de casi media hora de luchar y suplicar por ayuda. Al fin, ha caído en la cesta un hermoso pez. Big fish.

El primer pez de tu vida. El que –según el proverbio– yo te regalé. El que nunca olvidarás y que pescaste… Escuchando a Cat Stevens.

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Se quedó tieso como un reloj de pared

Podía escuchar el tic, tac, tic, tac …  martillando sus oidos, oprimiendo su cabeza. La sensación era completamente nueva para él; había pasado miedo otras veces pero nunca nada semejante. Quería seguir caminando pero sus piernas no respondian. 

«Vamos», – se dijo

«No pasa nada, campeón. Inspira, expira, inspira, expira……. O era al revés? No, el médico me dijo en ese orden»

David volvía caminando sólo, por una angosta y sucia calle, de vuelta a casa, tras una larga y dura jornada de trabajo en la misma fundición en la que, año tras año, y ya iban más de 20, su salud se había ido deteriorando poco a poco, su apariencia de hombre rudo y viril se había transformado en un espejismo. 

Sólo le quedaba doblar la esquina y habría llegado a su apartamento, 60 metros cuadrados dónde año tras año, y ya iban más de 20, compartía su existencia, humilde pero feliz, con su alma gemela, su delicada compañera, la mujer que en 4 meses lo iba a hacer el hombre más feliz del mundo, su incuestionable razón de vivir.

«Odio la lluvia, y odio más caminar bajo ella. ¿Por qué la abuela Rosa me soltaría esas frases tan rotundas que sólo ella sabía entonar tan majestuosamente? Todavía parece que la estoy oyendo : – Ay, Davicete…. noche lluviosa, noche angustiosa» Y, vaya! a un niño de 5 años eso no se le olvida mientras viva. Bueno, abuelita, un beso dónde quiera que estés, pero…… ya te valió, eh!»  

Tras unos minutos controlandose el pulso y la respiración, y con la mezcla de sudor y lluvia propia del momento empapándole el cuerpo, comenzó a apurar el paso. Sólo estaba a escasos 10 metros de esa esquina, punto de referencia para llegar a su ansiado destino, a su descanso, a su alegría diaria.

«Uff, qué ganas tengo de abrazarte, mi amor. A tí y a esa criaturita que ya empieza a darte, …..qué digo darte!,…. a darnos, las primeras pataditas. Espero que no se me haya mojado el precioso paquete que me hizo la de la confitería porque, con lo que te gustan los lacitos…. Y, después de cenar, un atracón de bombones para los 3, que no se cumplen 5 meses de gestación todos los días, eh! chavalote !! Aunque con el embarazo tan bueno que le estás dando a tu madre, creo que hoy os voy a dar ración doble de caricias en la barriga».

De repente esa extraña sensación volvió a su cabeza, un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba a abajo, una interminable opresión en ese generoso, aunque débil corazón le impedía avanzar, le impedía pensar, le impedía buscar una solución a su desesperación. Sólo, y sin que lo hubiese deseado, volvía a escuchar a la abuela Rosa: ….. Ay, Davicete … 

La noche se volvía clara, aunque no estaba amaneciendo.

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