Archivo diario: 17 febrero 2009

Nada que hacer por su vida

A pesar del casco, pude oír claramente a los médicos decir que no había nada que hacer por su vida. El golpe psicológico de escuchar esas palabras hizo más efecto en mí que el golpe físico que acababa de sufrir. Rompí a llorar mientras alguien me quitaba el casco con cuidado, giré la cabeza y vi el cuerpo de mi amigo cubierto con una manta. A su lado, la moto, o lo que quedaba de ella, y apoyado en un coche negro con la delantera destrozada, un hombre era atendido por un médico.

A mi alrededor, un montón de gente manipulaba mi cuerpo, me inmovilizaron la cabeza y me levantaron para meterme en la ambulancia. Yo sólo quería levantarme de allí y abrazar a mi amigo, comencé a gritar su nombre, y noté que el aire no llegaba a mis pulmones. Me quedé sin fuerzas para seguir luchando, y me dormí, por efecto de algún relajante que ya corría por mis venas.

La noche había sido larga. Habíamos tenido cena, celebrando un par de cumpleaños que quedaban pendientes. Todos teníamos ganas de romper la noche en esos primeros días del año, y después de cenar nos fuimos de bares. A lo largo de las horas, muchos se habían ido a casa, sobre todo los que tenían toque de queda. Quedábamos los que no teníamos hora, y los que estaban dispuestos a enfrentar un posible castigo por saltarse las reglas de sus padres.

5 de la madrugada, hora de irse. Mi amigo fue a por su moto y se acercó para ofrecerse a llevarme. Siempre había tenido mucho respeto por las motos, y más a una tan grande como aquella. Pero el cansancio me podía, así que cedí. Mi amigo me ofreció su casco, y yo me abracé con fuerza a su cintura mientras nos poníamos en marcha a toda velocidad por las calles vacías de la ciudad. Fue el último abrazo.

Apenas habíamos recorrido unas manzanas cuando un cochazo negro salió por una calle de nuestra derecha saltándose un semáforo en rojo. Nos lanzó contra la orilla de la carretera con fuerza, mi amigo no soltaba el manillar de la moto, y a mí me fue imposible asirme en el aire.

Cuando volví a despertar estaba en cuidados intensivos, y desde entonces, cada día echo de menos lo que aquella noche se quedó en la carretera: su mirada, su sonrisa y su imparable energía.

Próximo turno para R- Ariel Shinigami

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No iba a querer vivir sin él

Su cabeza era un torbellino que la estaba torturando.

¿Cuántas horas habían pasado desde que él la llamó? No lo recordaba, un mundo, seguro, porque había tenido tiempo de atesorar cada  minuto de felicidad, cada discusión, cada reencuentro, cada reconciliación, pero no encontró nada que la hiciera suponer que acabaría así.

Le oyó hablar pero ya no comprendía las palabras. No registraba ni una sola de las explicaciones que él intentaba hacerle llegar.

Con lentitud colgó el teléfono y cuando escuchó que él había colgado también, dejó el teléfono incomunicado. No quería escucharle de nuevo. No quería escuchar a nadie.

Su cerebro empezó a jugar con ella. Le enseñó cada error cometido. Cada fallida concesión por miedo a perderle.

Ahora veía claro que él había ido alejándose de ella, pasito a pasito. Lentamente. En silencio. Como para que ella no notara su partida, sin embargo ella había ido llenando esos huecos, con estúpidas auto-explicaciones, que la libraban de enfrentarse a algo que debería haber visto con la misma claridad meridiana que ahora tenía frente a sí.

No podía paralizar el devenir de imágenes que la tenían que haber alertado de lo que se avecinaba, como podía haber pasado por alto tanto y tanto.

Necesitaba que la cabeza se quedara vacía, que no perpetuara tanto dolor, tanta angustia, tanto sinsabor.

Pensó en llamar a alguien para desahogarse sin embargo no sería más que la letra triste de un tango lo que podría contar. Había vivido en un mundo aparte, alejada de la realidad que rodeaba aquella relación y rememorarlo no haría más que aumentar aquella desazón que la iba retorciendo las entrañas.

Se sirvió un whisky. Se lo bebió de un trago y con asco. No la gustaba pero estaba segura que aquello aliviaría o mitigaría el dolor ya que el recuerdo era imposible de paralizar.

Siguió bebiendo hasta que prácticamente no distinguía si lo que ingería era la copa o sus propias lágrimas que inundaban sus ojos y que resultaban imposibles de contener. Nunca había llorado tan amargamente y en silencio. Era un dolor que la estaba carcomiendo.

Pasaban las horas y no podía superar ese sufrimiento que se fue convirtiendo en un horror.

Cavilaba que sería de su vida, como sería capaz de levantarse por la mañana y haría todas esas tareas cotidianas, desde ducharse hasta comer o dormir.

Había puesto todo su empeño. No, no valía la pena engañarse. No había puesto todo su empeño, había malinterpretado los signos y había falseado la realidad hasta conseguir desnaturilazarla a su antojo, pero eso no había servido más que para trasladarla, mucho más rápido de lo que habría querido, a este final. A esta hecatombe.

Se dirigió al baño,  abrió el agua caliente. No añadió ni tan siquiera un poco de gel. Quería adormecerse en el agua y no pensar. Necesitaba con premura que la cabeza no siguiera enviándola imágenes que, en este momento, la llenaban de ansiedad y angustia. No quería entrar en pánico, tenía que evitar a toda costa que su mente se cerrara de tal manera que fuera imposible encontrarle sentido a su vida.

Después de ingerir varios sedantes, pocos, empezó  a notar como su cuerpo se iba ralentizando. Le costaba moverse con cierta soltura. Con la ingesta, consiguió que algunas escenas desaparecieran y dieran paso al vacío. Ahí encontró la fuerza y la solución,  a partes iguales.

Una vez en el agua que la cubría casi por completo, el cutter hizo el resto.

Al tiempo que el agua se teñía de rojo, ella seguía con una frase grabada a fuego en su cabeza: No iba a querer vivir sin él, sin embargo él había empezado otra vida sin ella.

Vio como rebosaba el agua por la bañera pero ya le resultaba imposible mantener los ojos abiertos. Oía lejanamente el chapoteo del agua que se precipitaba fuera. Y quiso no pensar en él. No lo merecía, pero aquella última vez que hicieron el amor, aquella vez que él se mostró tan frío, tan silencioso no abandonó su cabeza hasta el mismo momento que la vida terminó.

Exactamente el mismo momento en que la policía entraba en su casa y ratificaban que no había nada que hacer por su vida.

 

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