Archivo diario: 16 febrero 2009

Pulsó el timbre sin tener ni idea de lo que iba a decir o hacer.

Porque nunca me había manejado bien en esas situaciones. Me consideraba un “torpe social”. Conseguir decir los tópicos adecuados en embarazos, bodas, entierros, bautizos, cumpleaños y demás situaciones, se me hacía muy cuesta arriba. En mi mente las planteaba bien, claramente, pero la lengua luego se me tornaba torpe y terminaba balbuceando bajito y atropelladamente la mitad de lo que había planeado.

 

Una mujer desconocida, vestida de negro de la cabeza a los pies, me abrió la puerta y me cedió el paso. Me interné, a través de un largo pasillo, hacia la habitación que se abría al fondo y de la que surgía un murmullo monótono, femenino, escalofriante. Me quedé plantado en la puerta recogiendo, absorbiendo lentamente la escena. Un corro de mujeres, ataviadas de similar manera a la que me había abierto la puerta, sentadas en sillas, musitaban lo que supuso era una oración, que se veía interrumpida con frecuencia por sollozos, hipidos y ayes desgarradores. En el centro, y entre cuatro grandes velones que llenaban el aire de olor a cera, se encontraba el féretro, abierto, en cuyo interior reposaba el cuerpo de un varón como de unos ochenta años. Ataviado con traje negro -¿sería el de su boda?- camisa blanca, y corbata negra, conservando aún una buena mata de pelo todo blanco, y con una expresión adusta que desdecía el cliché de la placidez de la muerte, le habían colocado alrededor de la cabeza, como si le pudiesen doler aún las muelas, un pañuelo blanco para sujetarle la mandíbula. Miguel.

 

Rápidamente eché un vistazo buscándola y allí, semiescondida entre las plañideras, la localicé. Maruja. Pequeña, frágil, más anciana que nunca, con un pañuelo oscuro en la cabeza, era la única que no lloraba, que no rezaba. Simplemente miraba, con inmensa pena a Miguel. A su marido durante tantos años…

 

Recordé la primera vez que les vi. Hace muchos, muchísimos años. Iba yo con mis padres de visita, de esas visitas que antes se hacían los domingos,  a casa de unos familiares lejanos. Nunca conseguí ubicarme en el parentesco que supuestamente nos unía (¿he dicho ya que soy un torpe social?). A pesar de tener una edad similar  a las de mis progenitores, él, ella, eran algo así como tíos segundos de mi padre. Por aquello de las familias extensas que hace tiempo existían, él era el hermano pequeño, mi abuela la hija mayor de dos primas o no se qué. Noté alegría en mi padre al saludar a Miguel, al que para facilitarme las cosas, me dijeron que llamara simplemente tío. Mi tío Miguel. Me presentaron a Maruja, su mujer. Nunca supe cuál era realmente el nombre de Maruja. Simplemente era Maruja para todos.

 

Yo estaba convencido de que mis padres se querían. De hecho, en aquella época estaba convencido de que todos los matrimonios se querían, pues estaban casados ¿no?  Que  sencillo y claro es el mundo cuando eres pequeño… Sin embargo en esta pareja noté algo especial, algo distinto que por supuesto no supe definir. Estaban permanentemente pendientes el uno del otro. Sonreían mucho. Se sonreían mucho el uno al otro. Miguel, alto, fuerte, poderoso, con voz de trueno, le gastaba bromas continuamente a Maruja, riendo con ganas, con unas carcajadas que luego, años más tarde, cuando Papá Noel desembarcó en España, le robó. Ella, Maruja, pelirroja en una época en que ese color era desconocido, le protestaba las bromas riendo aún con más ganas. Era fácil sorprender una mirada brillante, cómplice, entre ellos.

 

Me sorprendió mucho que él se levantara para poner la mesa con ella para la merienda que íbamos a tomar. Le hablaba de una forma especial, no supe cómo explicar, pero era distinto de lo que yo veía en todas las casas. Muy dulce.

 

Él, Miguel, a pesar de tener, como he dicho, la edad de mi padre, era un estupendo compañero de juegos. Era la primera vez que encontraba a un adulto, esa rara especie incomprensible, que de verdad sabía jugar. Y lo pasé en grande. Además, tenía un palomar y me enseñó cosas muy interesantes y ¡pude coger una! Maruja nos había preparado una merienda riquísima. Y me daba conversación haciéndome participar, y sabía preguntarme, además de “¿Qué tal en el cole?”, cosas que me permitían explayarme, algo desacostumbrado en mi.

 

A lo largo de los años todas las veces que les vi saqué la misma conclusión. Eran un matrimonio feliz, les gustaban los niños, se encontraban muy a gusto el uno con el otro. Lo único que me extrañaba era que no tenían hijos en una época en que la cifra normal eran, al menos, tres.

 

Un día le pregunté a mi padre, el cual, quizá considerándome ya mayor para entender algunas cosas me explicó:

 

         Miguel y Maruja son primos. Primos carnales. Y para poder casarse han tenido que pedir un permiso especial al mismísimo Papa, que le autorizó a contraer matrimonio con la condición de no tener hijos, porque como son primos y tienen la misma sangre, pueden nacer tontos.

 

En su día aquella explicación me dejó bloqueado, ya que no dejaba de estudiar en el colegio, en Religión, que el objetivo primordial del matrimonio era criar hijos para el reino de los cielos.

 

Los años fueron pasando, todos fuimos envejeciendo, pero nunca se apagó el brillo de la mirada que se regalaban el uno al otro. Siempre haciendo las cosas juntos, con una naturalidad que hoy en día todavía perseguimos. Pasaron épocas malas pues el dinero no abundaba y la enfermedad se cebó en ellos. Miguel había trabajado en una cantera y el polvo de mármol, el maldito polvo, se había infiltrado poco a poco en sus pulmones. Pero también eso pudieron superar juntos y sin perder la sonrisa.

 

Hoy, me parece una putada inmensa haber tenido que vivir en esa época. Haber vivido bajo el yugo de una religión que te imponía, por la fuerza, sus convicciones. Con un régimen político que te obligaba a comulgar con esa iglesia. Con una sociedad acomodaticia y miedosa que obedecía sin revelarse. Me da pena por unos niños que nunca nacieron y que hubiesen tenido unos padres maravillosos.

 

Miré de nuevo a Maruja. La única que vez que había comentado el tema con ella, me había reconocido que su vida había sido feliz, muy feliz, con Miguel y que la única pena que tenía en su vida era no haber tenido hijos. Solamente esa vez vi lágrimas en sus ojos.

 

Allí estaba. Despidiéndose de Miguel. Mirándole como siempre. Sintiéndose sola por primera vez en su vida. Me acerqué hacia ella para intentar abrazarla y musitar alguna condolencia mientras en mi fuero interno albergaba la sensación de que ella no iba a tardar en seguirle. Creo que Maruja no iba a saber, no iba a querer vivir sin él.

 

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Un mundo más seguro

Acabó de escribir el artículo que le habían encargado sobre un mundo más seguro, deseosa ya de acostarse pues había sido un largo día. Justo cuando iba a pulsar sobre “apagar” saltó el aviso de que tenía un nuevo correo electrónico. Normalmente habría pasado de ver el correo en ese momento, pero el impulso de verlo fue más fuerte.

No tenía remitente, lo cual le pareció extraño. También le pareció extraño que no hubiese ido a parar directamente a “correo no deseado“. En “asunto” ponía “urgente“. Y lo abrió. Una sola palabra, en letras grandes: “AYÚDALO. Nada más, sólo eso. Ni tan siquiera llevaba archivo adjunto. Decidió que debía haber sido algún tipo de equivocación y, finalmente, apagó el ordenador.

La noche fue inquieta y se vió acosada en sueños por una voz que le pedía ayuda. La voz de un niño asustado. Cuando despertó decidió que la causa de esa voz  pidiendo ayuda había sido el dichoso mensaje. Apartó el tema de su mente y se preparó para comenzar un nuevo día.

* * *

Caminaba por la acera, de vuelta tras haber entregado el artículo. Había decidido ir andando, pues su destino no quedaba lejos y el día invitaba a hacerlo. Le gustaba observar a la gente. De frente venían una mujer con un niño cogido de la mano. Charlaban entre sí y parecían felices. ¿Por qué, entonces, se sintió tan mal?. Contempló más detenidamente al niño; debía tener unos cuatro años, tenía el pelo encaracolado y negro, unos enormes ojos oscuros y una sonrisa traviesa pintada en su linda carita. Sintió una necesidad enorme de protegerlo, sin saber por qué. Se dió la vuelta cuando la rebasaron y se quedó mirando como se alejaban, sin saber que hacer con el sentimiento de congoja que la ahogaba.

* * *

Si el día anterior había sido un día extraño, aquel parecía que no iba a ser un día mejor. Sus ojos se habían detenido en la noticia en primera página, y de grandes titulares, en el periódico local: “DESAPARECE NIÑO de 4 AÑOS“. Justo en ese momento un sonido le avisó de que tenía un nuevo mensaje en su móvil. Lo cogió mientras contemplaba estremecida la fotografía del niño, el mismo niño que iba feliz y cogido de la mano de la que ahora sabía era su madre.

Y ahí estaba otra vez. En letras grandes. En la pantalla de su móvil. Sólo una palabra: “AYÚDALO”. Y esta vez, sin saber por qué, sí estaba segura de lo que quería decir el mensaje. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero sabía que a quien debía ayudar era a ese niño, de nombre David tal como apuntaban en el artículo. Estaba jugando en el parque, vigilado de cerca por su madre, y en nada ya no estaba… ni rastro de él.

-¿Cómo se supone que voy a ayudarlo?… ¿Qué puedo hacer yo?- las palabras salieron de su boca llenando el silencio de su pequeña cocina. ¿A quién se dirigía?. ¿Se estaba volviendo loca?.

Y volvió a oír el sonido del móvil indicando un nuevo mensaje. Se quedó mirándolo al tiempo que notaba como su corazón comenzaba a latir más fuerte. Entre asustada y curiosa abrió el mensaje. Esta vez lo que aparecía en la pantalla era una dirección. Ahora su corazón latía desbocado y el móvil se deslizó de entre sus dedos, cayendo encima de la mesa, sobre el titular del periódico.

Tenía que ir. Sentía que era urgente que acudiese a aquella dirección.

* * *

Nunca en su vida había conducido de forma más temeraria pues sentía que cada segundo era vital. Al tiempo que conducía hablaba por teléfono con la polícia, alegando ser una vecina que oía gritos y golpes en el piso de arriba.

Allí estaba el edificio. Había llegado a su destino. Entró corriendo por el portal. El ascensor estaba ocupado y, sin dudarlo un segundo, comenzó a subir las escaleras corriendo. Al llegar a la tercera planta estaba sin aliento, en parte por el esfuerzo, en parte por la tensión.

Caminó por el pasillo, leyendo las letras de las puertas, hasta que finalmente se encontró con la que buscaba. En ese preciso instante, el llanto de un niño inundaba su alma de alivio. Estaba vivo. Pulsó el timbre sin tener ni idea de lo que iba a decir o hacer.

O – Aspective – Activo

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