Archivo diario: 2 febrero 2009

Una noche, sediento de sangre

Había llegado a la revista sobre las 11 de la mañana, tranquila y relajada porque sólo tenía que preocuparme de ir adelantando contenidos para el especial del año.

Mis artículos sobre arqueología tenían un cierto éxito entre gente amante del tema y no precisaba estar sujeta a lo que vomitara el teletipo, lo que me dejaba margen suficiente para organizar mi agenda a mi “aire”.

Normalmente, el editor jefe, Don Aspective Pérez López, hombre cuadriculado aunque de aspecto bonachón que le confería su barba blanca poblada -truco que escondía una enorme doble barbilla-, su oronda figura y aquella vieja montura, que sujetaba unos cristales muy gruesos con círculos que se cerraban hasta enmarcar la pupila, apoyada sobre las bolsas bajo unos ojos mínimos y de color indefinido, tenía por costumbre, dejarme con bastante asiduidad, ciertas noticias que pensaba podrían ser de mi interés.

El día anterior, considerándome más bien “lerda”, en cuanto a mi capacidad de estar alerta a las noticias, me había “garabateado” en un post-it: Escribe sobre Myriam Seco y excavación en Luxor.

¡Como si yo no supiera que la egiptóloga sevillana estuviera excavando en el templo funerario de Tutmosis III en Luxor!

Yo acostumbraba a devolverle el post-it, con un OK, como demostrándole que le agradecía la información y que investigaría, para no entrar en mayores disquisiciones con él. Se me antojaba imposible que a la redactora de moda le dejara un post-it con un: Ojo, escribe sobre los zapatos de Manolo Blahnik.

Entré en la redacción y me fui a mi mesa, quería ir preparando toda la documentación necesaria para escribir, con propiedad, sobre el observatorio solar más antiguo conocido, y en un estado de conservación excelente, “Las trece torres del Chankillo”, en Perú. Quería solicitar, inmediatamente, información complementaria a la secretaria de Charles Ruggles, de la Universidad de Leicester, para incluirla en el especial.

Según iba a encender mi ordenador vi que, en el borde la pantalla, había un post-it con un recadito de Don Aspective: una noche, sediento de sangre.

Me quedé de “pasta de boniato”. No tenía ni la más repajolera idea que quería que hiciera con aquella frase tan inconexa e incongruente. La frase era ¿de algún libro de vampiros?, ¿un eufemismo sobre algún dictador con hábitos nocturnos?, o quizá ¿algún rito iniciático de alguna secta satánica?.

Cogí el teléfono y marqué la extensión de Don Aspective jurando que, si era algún tipo de broma macabra, le iba a rebanar la doble papada para que hubiera sangre por arrobas y no tuviera sed en lo que quedaba de vida.

Cierto era que tenía mucho que agradecerle puesto que nadie hubiera pensado que, en aquella revista, tendría cabida mi especialidad, sin embargo el apostó por mi y dio resultado, por lo que iba a darle la oportunidad de explicarse antes de cometer la “escabechina”.

Descolgó su secretaria y me dijo que Don Aspective, se había ido de vacaciones y que me había dejado un aviso en la pantalla de mi ordenador. Intentar que aquella “bulldog” que tenía por secretaria, me aclarara algo, era como pedirle a Armani que escogiera a Don Aspective para desfilar en su próxima colección de primavera-verano, algo de todo punto imposible.

Decidí que seguiría a lo mío y le devolvería el “regalo envenenado” con algún recado original que le obligara a pensar si era conveniente seguir dejando esos “recordatorios” innecesarios, ya que en esta ocasión se había pasado tres pueblos y medio. Sin embargo mi cerebro iba por libre, lo que hacía que mi mente girara a velocidad vertiginosa buscando algo que encajara con aquello. Repasé mis conocimientos sobre incas, aztecas, egipcios, nubios y, acabando con la historia de éstos últimos, llegó la hora de comer.

Mientras tomaba un sándwich de la máquina, seguí repasando, al detalle, cada cosa que pudiera tener algo que ver con aquella enigmática frase.

Después del café de las 6 de la tarde, recordé que hacía un par de años, había leído “El espejismo de Dios”, del profesor de Oxford, Richard Dawkins, que había levantado ampollas con su libro y más aún con su definición de Dios aunque yo, en “petit-comité”, recomendaba su lectura a todo aquel que quisiera hablar de la existencia, o no, de Dios y todo lo que ello conlleva, con un mínimo conocimiento de ambas opciones.

Pasé por el despacho de Don Aspective y, en su propio post-it, añadí a su frase: y sin un bocata de calamares que meterme entre pecho y espalda.

Apagué el ordenador y salí escopetada para casa. Allí, después de desmontar media estantería, di con el libro. Tuve que ir releyendo hasta llegar al capítulo 2 -mis plegarias fueron oídas y no necesité leerlo entero- donde encontré el párrafo donde recordaba, algo parecido, en la controvertida definición del dios del Antiguo Testamento: “posiblemente el personaje más desagradable de toda la ficción. Celoso y orgulloso de ello, un mezquino, injusto e implacable enloquecido fuera de control, un vengativo limpiador étnico sediento de sangre, un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista, caprichoso y malévolo matón”.

¡No podía referirse a eso! Además lo de “una noche” no tenía cabida alguna en aquel texto, so pena que el escritor hubiera tenido aquella “iluminación”, a la hora de describir a Iahvé, después de la puesta de sol. No me cuadraba nada con aquello. Algo se me estaba escapando y no era capaz de dar con ello.

En ese preciso instante, sonó el teléfono y descolgué inmediatamente. Era Don Aspective. Reía a carcajada limpia. Había querido dejarme otro recado, pero como estaba leyendo “Jara y Sedal”, en concreto un artículo escrito, soberbiamente, según Don Aspective, por Miguel Delibes sobre caza, con eufemismos como el que había dejado escrito, al referirse a la caza del jabalí y las rehalas de perros, mientras que su intención era poner: Me voy de vacaciones.

Según Don Aspective, eran malas pasadas que juega el cerebro pero sin mayor importancia. Me preguntó si había dedicado mucho tiempo a buscar sentido a aquella frase y, por restarle importancia pues no estaba dispuesta a que se colgara alguna medalla a mi costa, le dije que no, que seguía trabajando con las últimas noticias llegadas de Luxor y Myriam Seco.

Colgué, excusándome con una majadería y estuve a punto de cargarme la cristalería entera, para desahogarme. Definitivamente tendría que haberle rebanado la papada y haber hecho un estofado después.

¡¡¡9 horas perdidas por un mamarracho!!!

Próximo turno para: Q – Sara – Activo 

 

10 comentarios

Archivado bajo P - Montserratita - Activo

Por la noche, mis ositos de peluche me atacan.

Después de leer estas palabras cerró suavemente el viejo diario que, por casualidad, había encontrado perdido entre los antiguos papeles que estaba revisando. Una sonrisa, mitad irónica, mitad nostálgica, asomó a sus labios.

-Qué inocente era yo en aquella época –pensó-  ¡Mira que creer que los ositos de peluche podían atacarme…! Pero claro, era muy joven e inexperto y todavía creía que las cosas debían ser como decía mi pobre madre y llamarlas claramente por su nombre. Que todo era  nítido, con definidas líneas divisorias entre el bien y el mal, el día y la noche, lo correcto y lo incorrecto, entre lo que existe y lo que no. ¡Que poco sabía aún de la realidad…!

Había transcurrido mucho tiempo, pero aún era joven y estaba muy bien conservado. Calculó mentalmente. “Eso lo debí de escribir unos meses después de que se llevaran a mi padre… y eso fue en… luego debe de hacer unos… 120 años, más o menos”.

Apagó la luz, siempre le molestaba la luz, y bajó de nuevo al salón de la hermosa casa que habitaba. Una casa grande, espaciosa, pero curiosamente carente de muebles, electrodomésticos y adornos. Paredes vacías, habitaciones desnudas y un olor a cerrado, a aire viciado, viejo y mohoso, que cuadraba bien con la gran capa de polvo y suciedad que cubría todas las superficies. Los cristales de las ventanas, en otro tiempo transparentes, eran ahora opacos y apenas dejaban pasar una mínima claridad aún en pleno mediodía. Claro que eso él no lo sabía. A esas horas siempre se encontraba durmiendo ese sueño tan especial, tan profundo, que le inundaba cuando el primer atisbo del alba asomaba por el horizonte.

-Qué inocente era yo en aquella época –se repitió- Ositos que me atacan. De todas formas, creo que hicieron bien en aparecer como ositos, porque es posible que mi mente no hubiera soportado la visión de la realidad en aquellos años. Hasta el día que mi padre regresó. Y con su apariencia real.

Se movió por la sala y, como tantas veces anteriormente, intentó ver su aspecto en el descascarillado espejo. Inútil, como siempre. El reflejo que esperaba ver algún día seguía sin aparecer. Se sintió irritado. Quería, ansiaba ver esa imagen propia, para él desconocida, pero que tanto terror insuflaba en el resto. Claro que las circunstancias en que le veían… No era de extrañar tampoco.

Su padre… ¡Que contradictorias sensaciones le traía su recuerdo! Aquel padre que, haciendo de tripas corazón, escondiendo su propio miedo le acompañaba en las noches de su infancia, tierno, protector. El padre ausente, desaparecido, al que echaba terriblemente de menos en esos días en la celda acolchada en la que le encerraron cuando se atrevió, al fin, a confesar lo que sucedía en su cuarto cuando la luz se apagaba. Tantos señores con caras serias y batas blancas, tantas pastillas y preguntas.

– Nunca les puede convencer –se dijo- Siempre creyeron que fui yo. Pero yo era normal y quería a mi hermanita. ¿Cómo pudieron pensar que el autor de aquella carnicería  había sido yo? Acudí a su habitación cuando escuché sus gritos. Sabía lo que pasaba y la intenté proteger como habría hecho mi padre. Pero no pude. Cuando llegué ya estaba así y toda la habitación estaba inundada con su sangre. Y oí las risas, sí, y quise pegar y golpear a todos esos… ¿muñecos? que la habían destrozado. Y así me encontraron: gritando, rompiendo sus juguetes, con ella deshecha en la cama y todo manchado de sangre ¡Cuánto añoré a mi padre para que pudiera explicarles lo que había pasado! Luego el encierro, la soledad, la locura, hasta que al fin regresó. No sé cómo entró, pero allí estaba él, en la celda, conmigo. No como yo lo recordaba, desde luego. Había cambiado mucho. La expresión de su ¿cara?, los puntiagudos y enormes dientes, las largas y redondeadas uñas, las manos y pies y ese olor… Pero le reconocí enseguida.

-Te voy a sacar de aquí –me dijo riendo a carcajadas- Y ya nada volverá a ser igual. Vas a ser todopoderoso. Vivirás para siempre y no tendrás miedo a nada ni nadie. El mundo va a ser tuyo. Serás el amo de la noche y todos te temerán.

Y cumplió su palabra. El tránsito reconozco que no fue agradable, al menos cuando se abalanzó sobre mi garganta y la destrozo a dentelladas sorbiendo con fruición la sangre que manaba. Perdí el sentido y de alguna forma debimos salir porque, al despertarme, estaba fuera del hospital en el que había estado tanto tiempo encerrado y me encontraba tirado en el suelo de un callejón y con la impresionante herida del cuello ya cicatrizada.

No le volví a ver. Y le hubiera necesitado, porque los comienzos fueron difíciles. Hube de seguir unos instintos nuevos, crueles, que me hacían comportarme como el más salvaje de los animales cuando se me despertaba el hambre. Un hambre atroz, dolorosa, desconocida, que me hacía perder cualquier prudencia. Y así tras sembrar de cadáveres la ciudad, dando pábulo a noticias sobre asesinos satánicos y homicidas en serie, comencé a comprender que debía racionalizar mi nuevo estado. Cambié de ciudad, y comencé a atacar a las víctimas en su casa, lejos de la vista de ojos curiosos. Aprendí que las mujeres solas eran más fáciles y exigían menos esfuerzo. Además, era un placer extraordinariamente mórbido y sensual sentirlas denudas en mis brazos. Fui llevándome sus joyas y cosas de valor y me hice rico. Poco después obtuve ciertas habilidades que me resultaron muy útiles: influir telepáticamente en la gente, incardinarme en objetos…

Comprendí el poder y la sensualidad que encierra el acto de morder la garganta a una mujer mientrpuertaas su cálida sangre se desliza, a impulsos de su corazón aún vivo, por tu boca, y notas que se va abandonando, laxa, a tu voluntad. O el morboso placer de conseguir que esos muñecos que, con cariño, llevan a su cama se conviertan en su pesadilla.

Así que ya sabes. La próxima vez que estés sola en casa, en la ducha, desnuda, piensa que al descorrer la cortina puedo estar esperándote para hacerte mía. O cuando en una noche de tormenta te acurruques debajo de la manta abrazada a tu peluche, si sientes que, de repente, te mira o escuchas un ruido debajo de la cama, puedo ser yo,  una noche, sediento de sangre.

P – Montse – Activo

16 comentarios

Archivado bajo Aspective_

A las cosas por su nombre…

Eso es lo que le decía mi mamá a mi papá, “a las cosas por su nombre“. Yo al principio no entendía que quería decir, y quizá sigo sin entenderlo. Pero, tengo un problema y no sé como contárselo a mamá, porque no sé que nombre darle a lo que me pasa.

Ocurre todas las noches, y me da miedo hasta el punto de retrasar el momento de acostarme, lo cual me vale alguna que otra riña.

Y yo me acuesto, asustado, con mi pequeña linterna en la mano. Después de que mamá me de el beso de buenas noches, rapidamente los meto a todos debajo de mi cama… pero no sirve de nada.

Ellos persiguen mis pesadillas y dominan mis noches. Yo intento no quedarme dormido, manteniendo la linterna encendida y vigilando la oscuridad, comprobando cada tres por dos que sigan debajo de la cama… pero tarde o temprano, el sueño me vence.

No sé como lo hacen. Se supone que es imposible que lo hagan, por eso no sé como contarlo. Mamá va a pensar que miento. Todos van a pensar que miento… solo papá me creería, pero él ya no está. Ellos se lo llevaron porque él sabía la verdad. Él me ayudaba a esconderlos y se quedaba vigilando conmigo y aunque papá pensaba que yo no me daba cuenta, yo sabía que él también tenía miedo.

¿Qué puedo hacer?… He comenzado a escribir este diario, por si algún día me pasa algo. Creo que ese día no tardará en llegar pues noto que empiezan a cansarse de jugar conmigo. Pronto me sustituirán.

¿Cómo puedo encontrar el valor para decírselo a mamá? ¿Cómo se lo digo?. Quizá sea tan simple como abrir la boca y pronunciar las palabras: “Por la noche, mis ositos de peluche me atacan.”

O – Aspective – Activo

9 comentarios

Archivado bajo Sonvak_

Ciertas experiencias modernas

Aún logran asombrarme, como la que he leido hoy en el suplemento del Domingo, “chica vende virginidad al  mejor postor” vaya! aunque no me resulta del todo nueva, en algún momento del pasado alguna ofreció también su preciado “bien” por decirlo así, aunque el asunto no prosperó.  El escrutinio público la habrá hecho desistir,  de obtener una buena suma por aquel asuntito de la virginidad.

Pero bien la chica de hoy,  una graduada universitaria que desea obtener un buen capital vendiendo su primera experiencia sexual, al que tenga en bien ofrecer unos cuantos dólares,  que le permitan pagarse una maestría de psicología familiar, y bueno, como es un asunto de vender  y comprar y en este mundo de Dios hay muchos afortunados que ya no encuentran en qué gastar la plata que han tenido la suerte de tener, ya hay uno o dos postores, el más fuerte un australiano que ofrece 3.1 millones de dólares! hala!      Claro, siempre y cuando la oferente entregue pruebas de que es tan virgen como pregona.

Lo dicho, aunque suene demasiado “conservadora” no sé la palabra que algunos me darán, y diré en mi favor que siendo latinoamericana, donde nuestras sociedades aún son muy tradicionales, y que voy por el mundo orgullosa de mi independencia y de ser una mujer muy actual, no deja de resultarme chocante  leer sobre esta compra-venta de virginidad, porque aunque una mujer puede hacer con la suya lo que le venga en gana,  de verdad que andarse vendiendo por ahi sin ningún escrúpulo, diciéndose liberada y autosuficiente, no es también prostitución? a las cosas por su nombre.

Próximo turno para  N – Sonvak – Activo

13 comentarios

Archivado bajo Daniela_