Archivo diario: 10 enero 2009

Soy… una exhibicionista

 

Estaba tranquila, aunque creo que todos esperaban que de un momento a otro, empezara a gritar como una posesa. Sin embargo el medicamento empezaba a hacer efecto y podía tratar de recordar la desagradable escena que había vivido tan sólo unas horas antes. ¿O serían días? Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí.

¿Quién podría haber imaginado aquéllo?

No, definitivamente debía esperar aún otro rato para intentar rememorar. Notaba como se aceleraban mis latidos y ahora un latido de más en mi cuerpo suponía un problema de estado.

Tantos años de trabajo, de esfuerzo, de dedicación absoluta quedaban aparcados por una mala elección de mi equipo.

¿Pero cómo podría haber averiguado eso?

Recuerdo que la secretaria general del partido, había encargado varias investigaciones, para todos los que, en el futuro si yo resultaba elegida, ocuparían puestos de relevancia en torno a mí. Serían, como tantas veces me dijo Jorge -mi último acompañante nocturno- mis ojos, mis manos y mi boca. Pues no, esta mujer ni era mis manos, ni mis ojos ni mi boca, y mucho menos me iba a poner en evidencia de nuevo.

¿Otro intento de recordar?

Creo que estoy más calmada. Voy a probar de nuevo.

Después de una campaña electoral, dura, áspera y agotadora, en las que era la candidata de mi partido para la presidencia del país, llegó el momento maravilloso en el que resulté elegida. ¡Fantástico! No podía expresar la sensación de felicidad por haber conseguido el fin perseguido. ¡Sí! Era la presidenta. La primera presidenta española. Quizás llegábamos tarde, pero lo habíamos conseguido.

Me rodeé de mujeres y algunos hombres escogidos con mimo. Quería que no desfallecieran ante ninguna adversidad y así fue. Estuvieron alerta a cualquier vicisitud que se presentara para solventarla con el mayor cuidado. Pendientes de allanarme el camino. Recomendándome hasta lo que me sería más agradable comer, dependiendo de mi agenda después del almuerzo.

Llegó el momento en que el presidente del Congreso presentara ante el Rey, una vez ganadas las elecciones, mi candidatura, y el monarca me hizo el encargo de formar gobierno.

La toma de posesión fue inolvidable. Son momentos en los que una piensa que no va a poder evitar el temblor constante en las piernas, sin embargo y a pesar de ir subida sobre ocho centímetros de tacón de aguja, conseguí estar serena y mantenerme tranquila hasta en el momento que el Rey me regaló la «Mont-Blanc» con la que firmé perfectamente.

A continuación fueron unos días ajetreados. Todos querían aconsejarme tal o cual nombre para aquella o esta cartera. Empezaba como decía mi secretaria general, la subasta. Aquella parte no me resultaba nada agradable, sobre todo porque tenía muy claro qué personas iban a ir tomando posesión en sus respectivos sitios.

Sabía quiénes iban a estar sentados conmigo en el Consejo de Ministros, y tenía una idea más o menos detallada, de los que, a su vez, iban a formar sus respectivos equipos.

Se me había informado que la reina vestiría de un tono gris antracita, para no «pisarle» el color. Yo quería estar con mi Gobierno vestida de rojo. En mi toma de posesión elegí el azul marino, ahora el contrapunto.

Fue elegido el traje pensando hasta el último detalle. Los zapatos eran de corte italiano, forrados de la misma tela que el traje de chaqueta.

Llegó el momento de la toma de posesión de los ministros y tanto ellos como ellas, habían cuidado hasta el último detalle. Me gustó mucho el traje de la Ministra de Interior, con aquellas tiras, negro sobre blanco, que perpendiculares al corte del vestido, con ese mal llamado estilo Kandinsky, estaban tan de moda.

Fueron uno por uno, jurando o prometiendo su cargo, empezando por el de Justicia que era el encargado de oficiar como notario del de todos los demás.

Todo discurrió a las mil maravillas y sentía que se me  había dibujado en la cara una sonrisa que no había forma de rebajarla. Seguro que después tendría agujetas en las mandíbulas.

Era un día único, hasta que llegó ella. La Ministra de la Igualdad. En la campaña había abogado por que el hombre debía dejar de ser algo más que un semental para volver a ocupar puestos de relevancia como si de mujeres se tratara.

Pues bien, en vez de poner la mano sobre la Constitución, se la llevó a la cintura y al grito de: Soy una exhibicionista, dejo al aire aquel liguero negro y rojo que nos llenó a todos de estupor.

Ya no recuerdo nada más. Me desmayé y ahora me encuentro atendida por varios médicos y rodeada, junto con mis hijos y Jorge, de guardaespaldas.

No me atrevo a preguntar qué ha sucedido con la ministra. Veo a mi secretaria general constantemente hablando por su móvil y me mira con una cara que no presagia nada bueno. Al día siguiente,  la ministra y yo, seríamos portada hasta en Burkina Faso.

Espero que alguien le haya cavado un agujero tan grande que esté a punto de llegar a Nueva Zelanda en liguero.

¡Dejadme ya, por favor!

Todos se apartaron y salí a preguntar dónde estaba aquella estúpida que había convertido, lo que podría haber sido un día espléndido, en una noticia para el bochorno y el escarnio mundial:

¿Dónde está esa zorra?

Q – Sara – Activo

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Archivado bajo P - Montserratita - Activo

Quiero que poses desnudo.

-¡Por supuesto! ¡Claro que sí! Donde quieras, cuando quieras, para  lo que quieras.

-¡Hombre, gracias! Pues… creo que me vendría bien el jueves. Por la mañana. ¿Te parece a eso de las 10? ¿En mi estudio?

-Pero ¿lo estabas diciendo en serio?

-En serio totalmente. Quiero que poses desnudo par mi. ¿Tú no hablabas en serio?

– Estooo, bueno, yo… pues… sí, claro, sí.  -Me había dejado cortado. Yo la conocía por haberla visto algunas veces por la Agencia. Era una artista, ya medianamente conocida, que firmaba sus obras como Kavnos y que cada día era más solicitada (y cotizada) por las galerías de la ciudad-.

– Pero ¿Tú no eres modelo? Me habían hablado de ti en la Agencia…

– Sí, sí, trabajo de modelo, pero habitualmente me llaman para el papel de antes

-¿De antes?

– Sí. En las típicas fotos o publirreportajes de las dietas para adelgazar en las que se incluye la foto de cómo se era “antes” y como ha quedado “después” me suelen contratar para hacer de “antes”. ¡Ah! También he hecho reportajes como modelo de pies; para callicidas y eso, ya sabes. Tengo los pies muy bonitos ¿Y tú que habías pensado?

– Ya te lo he dicho: quiero que poses desnudo. ¿Te provoca algún problema? Pagaría los honorarios por jornada que tiene marcados la Agencia más una pequeña bonificación para ti por las molestias.

– Bueno, nunca lo he hecho antes. – Inmediatamente empecé a buscar alrededor a los otros dos “graciosos”. Seguro que esta tía quería pintar la versión 300px-peter_paul_rubens_026masculina del famoso cuadro de Rubens-  Pero no, no es que tenga problemas es que nunca me lo habían propuesto. Vamos que no tengo el tipo estándar que se lleva ahora. Ni el tipo ni la edad tampoco.

– No te preocupes, eres exactamente lo que buscaba –me contestó- Entonces ¿el jueves a las 10? Toma mi tarjeta, ahí está la dirección de mi estudio.

-¿Tengo que llevar algo, alguna cosa, ir vestido de alguna forma especial? –Al punto me sentí estúpido. ¡Un ramo de flores!, ¿no te jode? Para posar desnudo no me iba a hacer falta nada-

– Irónica me respondió “Con que vengas tú es suficiente”.

-Lógico. Me alejé todavía extrañado. Mi tipo, vestido, bueno, puede disimular algo esas lorzas que, no sé cómo, me han salido sobre el michelín cervecero y que se desparraman a mi alrededor. Pero en bañador, en fin, con decir que odio el verano será suficiente ¿no? ¿Y quería pintarme a mí? Bueno, ella sabría.

Según se iba aproximando el jueves, mis dudas se iban acrecentando. Tenía que reconocer que me daba vergüenza, por muy poco profesional que sonara. Además la chica, la pintora, era joven y estaba bastante buena, lo cual me cohibía aún más. Esa mañana me había examinado, de cuerpo entero, delante del espejo. Por primera vez en años con atención. Y lo que había visto me había desmoralizado bastante. Y encima tenía que reconocer que, francamente, la tenía pequeña. Pero claro, el tamaño no importa, dicen. No importa hasta que se puede comparar y encima iba a quedar inmortalizado en un cuadro a la vista de todos. ¿Sería posible hablar con la artista para que me sacara un poco más “favorecido” en el cuadro? Como los famosos con el photoshop.  La podía pedir que me quitara unos kilillos por aquí y pusiera unos centímetros por allá, que no se diera cuenta de algunas arruguitas y… ¡Pero que tonterías estaba pensando! Si quisiera un Adonis, habría llamado a otro. No sé por qué pero me quería a mí.

Y llegó el fatídico día y con más dudas que otra cosa llamé a su estudio. Enseguida me abrió la puerta. La muy jodida estaba en ropa interior. ¡Y además estaba buenísima! Creo que se dio cuenta de mi sorpresa porque rápidamente me explicó que ella siempre pintaba así. Que de hecho, se había puesto más ropa de la habitual en honor a mí.

-Mujer, no haberte molestado…

-Pasa a aquella habitación y quítate la ropa, por favor.

Mientras me desnudaba pensé en que puñetas iba a hacer con aquella erección que me había provocado su recibimiento. Sin embargo debía desechar ideas raras. Su actitud había sido absolutamente profesional, incluso algo distante. En fin, pensando en alguna cosa menos agradable e intentando reproducir mentalmente la tabla del 17 conseguí normalizarme y empecé a pensar en el corte que me producía la situación. Al rato, pude salir, envuelto en una toalla.

-Ponte allí, apóyate en ese taburete, por favor y quítate la toalla. Mientras decía esto, se aproximó y comenzó a colocarme: esa pierna así, la otra aquí, gírate un poco, este brazo descansando así…

Con tanto toqueteo, mi emoción creció otra vez.

-Vaya, no estás muerto ¿verdad? Lo dijo como si fuese el precio de las patatas.

-Perdón, es que yo…

-No te preocupes, en cuento empecemos se te pasa.

Mientras, yo intentaba guardar un poco los michelines respirando para adentro, despacito, y lograr que la postura final ocultara las vergüenzas lo más posible. Estaba realmente incómodo: desnudo, con una tía en paños menores que no me hacía el menor caso, intentando no respirar para que la grasa se mostrara contenida  e intentando que  mis escasos centímetros extras no se pudieran ver claramente.

Y empezó a pintar. Pasaron varias horas en las que, a pesar de algún pequeño descanso, los calambres me torturaron, igual que el estar empalmado tanto tiempo, tantas veces, sin desahogarme, hasta que al fin me dijo que habíamos acabado por hoy y que me esperaba mañana a la misma hora.

Al día siguiente, puntual, volví a su estudio. Había decidido hacerme caso y esta vez ya no se molestó en vestirse por mí. Me pareció que estaba buenísima y noté que internamente la homenajeaba como se merecía. Logré dominarme, la tabla del 17 es mágica -os la recomiendo-, y volví a la retorcida posición del día anterior. La rutina se repitió por tres días más, hasta que dio por finalizado el trabajo.

– ¿Quieres verlo? me preguntó.

-Por supuesto. Curioso, me aproximé hasta ver el resultado rezando para mis adentros que no me hubiera sacado demasiado tal y como soy.

– Mi sorpresa fue enorme. ¿Pero qué es esto?

– “Esto” eres el cuadro que estaba realizando. Se titula “La revolución social del XIX”. abstrait-22208

Y mientras se me lanzaba al cuello, me besaba y comenzaba a meterme mano a diestro y siniestro me susurró “y esto mi pequeña bonificación”. Me hizo el amor de manera ardiente y maravillosa. Fue mi mejor vez, sin lugar a dudas.

Fumando un cigarrillo tranquilamente al acabar la segunda vez, me atreví a preguntar. ¿Y para qué me necesitabas? Y al fin, con su explicación la entendí. Creo.

-Verás, para poder pintar, para poder plasmar mi arte, necesito sentirme sexualmente excitada, deseada. Por alguien para quien yo sea a la vez ama y patrona. Alguien normal que se excite con verme, con mirarme mientras me muevo, mientras le provoco. Entonces es cuando mejor pinto y consigo mis mejores obras. Soy… una exhibicionista.

P – Montse – Activo 

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