Archivo diario: 11 diciembre 2008

¿Algún día tendría un orgasmo?

Paseaba por las calles nevadas ataviada con un abrigo negro largo hasta los pies, un gorro de lana y una bufanda que sólo permitía ver los ojos. Sus pisadas firmes dejaban unas huellas marcadas sobre el pavimento blanco, y su mirada fría desprendía furia y rencor hacia todo aquel con el que se cruzaba.

Cuando Mateo chocó accidentalmente con ella, sintió como si un huracán le hubiera arrollado, sin recibir respuesta a las disculpas que educadamente había pedido. Antonia parecía tener prisa, y su actitud ruda y antisocial dejaron a Mateo más helado que la nieve sobre la que pisaban. Al hombre se le pasaron por la mente varios pensamientos fugaces sobre la persona que tenía delante. ¿Tendría familia? ¿De qué viviría? ¿Algún día tendría un orgasmo? Seguro que no le vendría mal para suavizar ese aire de mal genio que despedía por todos sus poros.

Tras el violento encuentro, cada uno continuó su camino. Mateo entró en su casa vacía y se preparó un té caliente mientras esperaba a la llegada de su esposa. Antonia se dirigió hacia la tienda del pueblo con una ilusión infantil, quería comprar el regalo más especial para la persona más especial. Cuando se hubo decidido, volvió a desandar el camino para regresar al calor de su hogar. Su esposo la recibió con un apasionado beso y con una taza de té. Antonia le entregó el regalo a Mateo, sonriendo mientras éste le contaba cómo se había topado con la amargura vestida de negro.

La mujer se limitó a comentar que a veces, el frío disfraza de ogros a las mejores personas.

R – Ariel Shinigami – Activo

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Era yo la que había pagado por sexo

Era yo la que había pagado por sexo y eso era incontestable. Hubiera preferido  verlo escrito en mayúsculas. No estaba dispuesta a ninguneos estúpidos de abogados.

La reunión había sido tensa. No, tensa no -me voy a dejar el tono versallesco para la próxima reunión- había sido una lucha a cara de perro, y nunca mejor dicho.¡ Todo por Sexo!.

Los abogados no daban crédito a lo que estaban viendo y oyendo pero me dio exactamente igual, yo quería a mi perro.  Porque  mi perro se llama Sexo, ¿y qué? ¿Me meto yo con el nombre del gilipuertas de mi futuro ex-marido?

Precisamente elegí ese nombre para que en mi matrimonio hubiera de todo porque hasta la llegada del perro, de sexo, lo que se dice sexo, ni del malo. ¡Valiente payaso! ¿Pues no decía que yo no le excitaba? Ja, ja y ja.

En mi vida pensé que me vería visitando tiendas de lencería para profesionales del sexo, porque la lencería de gran almacén no ejercía efecto alguno, para intentar cualquier cosa que consiguiera que aquel pingajillo adoptara una postura mínimamente decente, pero no tuve éxito.

Tampoco tuve reparo en comprar en Andorra, en aras de la buena harmonía y la conservación de las “lámparas de araña” de casa a las que me subía un día sí y el siguiente también, las famosas pastillas que me costaron un “congo”, todo sea dicho de paso, ¿para qué? Se durmió!!!!!!!!!

Mi psicoanalista trató de calmarme pero después de 15 años de matrimonio no habíamos conseguido que aquel pene, el rey de la flacidez, cumpliera su cometido ni una sola vez!!!!!

Tuve que irme a Suiza para que en una clínica discretísima, hicieran lo que aquel pellejo no había sido capaz. Perder la virginidad en un quirófano, increíble.

Había gastado una fortuna en buscar soluciones. Yo. Él, de campo y playa. No he conocido, ni conoceré, a alguien tan pusilánime como mi consorte.

Leí todo lo que se había escrito, en tres idiomas distintos, sobre la impotencia pero nunca conseguí que un urólogo pusiera cordura en aquella sinrazón, mediando entre ambos. Impensable que él enseñara aquel “tesoro”. ¿Pues no le llamaba tesoro? Si eso hubiera sido cierto los piratas se habrían dedicado a cultivar boniatos antes que acercarse a aquel “apéndice”.

Llegué a soñar con el priapismo. Qué maravilla debía ser tener un pene erecto por tiempo indefinido, como los contratos de trabajo. Ohhhh!!!! Mmmmm. Pensarlo me producía una sensación que, quiero creer, debía ser la antesala del orgasmo pero gracias al “tuercebotas” con el que me casé, aún no sabía qué se sentía con seguridad.

Muchas veces especulé con la idea de  contactar con algún profesional que me hiciera brujerías para sentirme en el séptimo cielo pero lo único que conseguí fue que, el inepto de mi marido, comprara un ático con vistas excelentes situado en una planta séptima de un céntrico edificio.

Fue durísimo (en mi vida, menos el pito de mi marido, todo había sido duro) asistir a las conversaciones de mis amigas y demostrar una frialdad ante el tema del sexo, porque si hubiera entrado en cualquier debate habrían adivinado, sin ningún género de dudas, que estaba…., como lo expresaría mejor, “a verlas venir”. Ni qué decir de los comentarios -al principio pícaros, más tarde algo jocosos hasta que cayeron en el olvido- sobre mi posible maternidad. ¡Pero qué maternidad ni que leches! Precisamente de leches andábamos escasos, por no decir alguna burrada mayor, porque no me cabe la menor duda que en estos quince largos años sin sexo, me he convertido en una auténtica verdulera cuando me dirijo al “interfecto”.

No quiero recordar cada vez que miraba una foto de Robert Downey Jr. las cosquillas que me recorrían todo el cuerpo. Era pensar en él y acababa soñando con aquel cuerpo, para despertarme sobresaltada, empapada en sudor y con una sensación de insatisfacción que no era capaz de superar hasta que mi cónyuge ponía su mano húmeda y fría, como una trucha, en mi frente y se alarmaba por la posible fiebre.  ¿Fiebre? Fiebre decía el muy cretino!!! Lo que yo tenía era un calentón del quince y él a por uvas!!!

Sin embargo y cuando menos lo esperaba, aquello terminó. Ni calentones, ni Robert Downey Jr. ni pepinillos en vinagre (si es que hasta mis expresiones de disgusto tienen forma fálica).

No hay nada que el tiempo no cure y ahí entró Sexo. Mi adorable golden retriever.

Así que ahora, al menos, quería que todo el mundo se enterara de cómo se llamaba mi perro y las razones. Y si para ello debía meterme en un pleito, no me importaba nada. Pelearía con uñas y dientes para que mi cónyuge -me gusta el sonido de la sílaba final de cónyuge, la perfecta definición de mis sentimientos por él- fuera el hazmerreir de los juzgados. El chisme que correría por multitud de despachos. Seguro que surgirían chistes, pero me daba igual, pensaba emigrar a Australia que es el país con menor índice de impotencia del mundo.

La venganza es un plato que se sirve frío y de frío tenía yo una tesis, sin embargo mi mayor preocupación era, ¿algún día tendría un orgasmo?.

Q – Sara – Activo

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