Archivo diario: 12 noviembre 2008

Quiero comprarme un lazo

Cuando era una enana mi madre me vestía con vestidos emperifollados, con mucho vuelo y tonterías que yo con el tiempo fui odiando más y más. Me hacía una coleta con mi melena y me plantaba un lazo, a cada cual más cutre. Parecía un repollo con lacito. Cuando fui creciendo, desheché de mi armario todas las faldas y vestidos, y lo llené de pantalones. La ropa, cuanto más masculina fuera, mejor. Y por supuesto, nada de zapatitos, unas buenas deportivas me llevaban hasta el fin del mundo. La colección de lazos la colgó mi madre en una especie de percha para lazos, en el baño.  Por si algún día se me antojaba alguno, o por guardar el recuerdo, no lo sé. Y bueno, ahí siguen, cogiendo polvo.

Hoy me he comprado un vestido. Es blanco y largo. ¿Me habré vuelto un repollo de nuevo? La cintura me queda muy sosa sin nada, y quiero comprarme un lazo para adornarlo un poco. Tengo una ilusión especial por ponerme vestido, lazo y zapatos. No quedaría bien casarme con chándal…

A – Codeblue – Activo

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He recurrido a los clásicos

Siguiendo el consejo de Aspective, he recurrido a los clásicos. En concreto, a uno de mis favoritos: «Doce hombres sin piedad».

Esta película fue el debut de Sidney Lumet allá por 1957, adaptando la obra de teatro de Reginald Rose. Imagino que el argumento es bien conocido por todos sin embargo, por si alguno no lo sabe, diré, intentando sintetizar, que se trata de un grupo de doce personas que tienen que decidir si condenan o no al acusado de asesinato. Dicha condena debe ser por unanimidad y, a partir de la discrepancia de uno de ellos, se crea y recrea el argumento.

Es una película que analiza en profundidad el comportamiento del grupo a partir de la disconformidad de uno de ellos, mezclando y entremezclando las vidas privadas de cada uno, con el discurrir de llegar a un veredicto. Está claro que por mucho que uno quiera tomar distancia, tratándose de ejercer como jurado, la óptica de cada uno acaba abriéndose paso.

Bien, pues eso lo traslado yo a este blog y su objetivo, y me encuentro a «quince compañeros sin piedad» que escriben de maravilla y me ponen el listón altísimo.

Cada uno, al finalizar su comentario, pone una frase y el «elegido» acaba sacando su particular prisma para que, a través de dicho prisma, su «luz personal» se descomponga en un artículo de colores.

En mi caso particular, mi comentario va dedicado a todos vosotros. A los que reflejáis situaciones de todo tipo. Temas personales o que nos afectan a todos de una u otra manera. A los que nos «abren» el mundo de la ciencia y de las matemáticas, haciendo del número «pi» protagonista de un artículo donde, en tercera persona, relata, a través de uno de vosotros y haciendo un alto en el interminable trabajo diario del número «pi», sus impresiones del género humano (nos ha quedado claro que le importamos un «pePIno»).

Algunos me encogisteis el alma, otros me perturbasteis por lo que de injusticia tenía en si vuestro relato. Unos en verso y otros en prosa. En ocasiones con fotos propias, ajenas, vídeos, artículos, etcétera, pero todos con gran interés porque los «devoré» en cuanto vi en mi blog que alguien había publicado. Eso sin contar la lógica inquietud cuando se acerca el momento de saltar al «ruedo» del comentario.

Planteáis la teoría de si merece la pena vivir o no, creando esperanza y expectativas. Habéis acercado la pintura, el mundo de la blogosfera, comentarios de escritores, poetas y personas anónimas.

Artículos incitándome, a mi y a todos, a mejorar por el puro ánimo de perfeccionar, no conformándonos con absurdos primeros puestos en algún extraño lugar que, excediendo a mi comprensión, sitúa los blogs sin tener en cuenta la categoría de los mismos. Alentasteis mi/nuestra inventiva sin que cortapisa alguna la frenara. Incluso me habéis dejado claro que «El Bloggercedario» es un arte, mejor dicho, una rama del arte llamada «transmitir» con la palabra escrita en este «papel» que quizás llegue a muchas partes, tal vez a ninguna, pero que aguarda la visita de todo aquel que pasa por este pedacito de mundo virtual, empezando por todos nosotros.

Habéis hecho incursiones en política internacional y hasta me habéis hecho sentir un terremoto, quitándole «hierro» con el refranero.

Ha habido humor, amor, desamor, clamor, horror, candor y mucho esplendor.

En definitiva, ¿qué hago yo aquí? Leer, aprender y disfrutar de vuestros comentarios, «delirando» o «desvariando» en los míos. Es lo que tiene escribir bajo el seudónimo de la «ratita de Montse», como alguno ha dicho y que me ha hecho carcajearme a «mandíbula batiente».

No ejerzo de rata, palabrita del Rey Arturo. No tengo bigotes ni rabo y mucho menos soy presumida, sin embargo quiero comprarme un lazo.

Q – Sara – Activo

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La esperanza se la comió el gato…

«Un soneto me manda hacer Violante,

que en mi vida me he visto en tal aprieto;

catorce versos dicen que es soneto:

burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando

y parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho

que voy los trece versos acabando;

contad si son catorce, y está hecho»

Este soneto, de Lope de Vega (*), que recuerdo de los lejanos días del colegio es la única salida que se me ha ocurrido. «La esperanza se la comió el gato», la esperanza de encontrar un texto mínimamente digno,  que editar después del relato que nos ha clavado, a martillazos, Sonvak. Es breve pero de una intensidad y dramatismo sobrecogedor. Me ha dejado mal cuerpo. Y bloqueado. Normalmente, me encanta escribir (independientemente del resultado)  y suele ser un placer hacerlo. Hoy no. El relato me ha dejado inquieto, desazonado y con la imperiosa sensación de que debería hacer algo. De que deberíamos todos hacer algo. Pero sinceramente, no sé el qué.

No creo, jamás he creído, que una manifestación, una recogida de firmas o expresiones testimoniales similares sirvan para algo. Pero he, hemos, de hacer algo. La vida de personas  -la muerte de personas-  que en su casa, en su hogar, en el lugar en el que deberían relajarse y gozar y disfrutar con los suyos, viven un infierno infinito a causa de aquel al que amaron,  y que convierten la cocina que alimentó su amor, el sofá sobre el que soñaron  con un mañana común, la cama que conoció su pasión, en féretros construidos día a día hasta que cae el último clavo, son responsabilidad nuestra. Hagamos lo que esté en nuestra mano, por favor. 

Y por eso, ante la futilidad de lo que pudiera escribir después del anterior relato, he recurrido a los clásicos.

(*) La Niña de Plata (comedia) .- Lope de Vega

P  –  Montserratita  –  Activo

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